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– Meine Herren, ustedes han llegado hasta aquí para trabajar y no para perder el tiempo.

Eric recorrió el aula con la mirada en busca de un lugar donde sentarse. Apenas tardó un instante en localizarlo y, lo más silenciosamente que pudo, con los ojos clavados en el suelo, se encaminó hacia él. Hubiera jurado que se movía con el sigilo de un felino cuando aquella voz interrumpió la frase que estaba pronunciando y exclamó con ironía:

– Vaya, aquí tenemos a un alumno que seguramente llegará al día del Juicio Final durante las horas de la tarde…

Las burlonas palabras del profesor provocaron un aluvión de carcajadas y Eric no pudo evitar levantar la vista de las baldosas. Entonces descubrió horrorizado que buena parte de los presentes había clavado en él los ojos, se partía de risa e incluso le prodigaba algunas muecas rebosantes de mofa. Sí, él era el alumno al que se había referido el docente. Abrumado, enrojeció hasta la raíz del cabello mientras deseaba que la tierra se lo tragara.

– Acérquese, acérquese, jovencito -dijo el profesor, mientras hacía una seña a Eric-. Ocupe ese lugar y explíquenos el porqué de su tardanza.

Con las piernas temblando, el muchacho comenzó a bajar las escaleras que conducían a la primera fila del aula. Si no tropezó, si pudo evitar el caer todo lo largo que era por aquellos peldaños, se debió sólo a que su descenso fue realizado con una lentitud exasperante.

El profesor no realizó el menor comentario mientras Eric concluía su trabajoso itinerario hasta la primera fila. Por el contrario, cruzó los brazos y frunció los labios como si aquella escena le resultara muy divertida. Esperó tranquilamente a que su retrasado alumno tomara asiento y entonces, sólo entonces, le dijo:

– ¿Acaso tendría la bondad de indicarnos el motivo de su inexcusable tardanza, Herr…?

– Ro… Rominger… -respondió Eric, mientras se volvía a poner de pie aún más azorado.

– Bien, Herr Rominger -dijo el profesor-. ¿A qué debemos este retraso?

– No… no conozco Viena… -balbuceó Eric-. Es que no soy de aquí y… y llegué ayer…

– ¿No es usted vienes, Herr Rominger? -aparentó sorpresa el docente-. Nunca lo hubiéramos sospechado…

La última frase fue acogida por un coro de divertidas carcajadas, que prácticamente sofocó la respuesta de Eric.

– No… no lo soy.

– Bien, Herr Rominger -continuó el profesor-. ¿Debo entender que el cartapacio que lleva consigo contiene algún dibujo propio?

Eric asintió tímidamente con la cabeza mientras decía:

– Sí…

– Espléndido -exclamó el profesor, mientras descendía del estrado y se acercaba al lugar donde temblaba el estudiante-. Vamos a echar un vistazo a lo que trae ahí.

Por nada del mundo habría deseado Eric pasar por aquella prueba, pero no tenía ni fuerza ni valor para oponer resistencia. El profesor desató los nudos que sujetaban el cartapacio mientras esgrimía una sonrisa burlona. Luego, con gesto displicente, pasó las dos primeras láminas. Había esperado, desde luego, encontrarse con los trabajos inmaduros de un pueblerino, pero lo que apareció ante sus ojos fue algo muy diferente. Mientras su entrecejo se fruncía en un gesto de mal reprimida sorpresa, ante sus ojos fueron apareciendo acuarelas, dibujos a plumilla, carboncillos… No eran perfectos, desde luego, pero en todos ellos vibraba una nota de originalidad que resultaba muy poco común encontrar entre aquellas cuatro paredes. Un boceto de un árbol, seguramente un apunte del natural, mostraba una visión audaz de la perspectiva. Un retrato de una campesina parecía ser, en realidad, un rostro aprisionado en el papel, donde casi se diría que seguía respirando. Un dibujo a plumilla de una iglesia rural daba la impresión de ser una fotografía repasada con tinta negra. De repente se detuvo ante una imagen del edificio de la Sezession. Por lo que acababa de confesar, este paleto acababa de llegar a Viena, pero lo que tenía ante sus ojos parecía tomado directamente del modelo. Las rectas paredes blancas, las oquedades calculadas en los muros y, de manera muy especial, la cúpula dorada en forma de hojas, habían quedado atrapadas en el papel con una precisión impresionante, casi podría decirse mágica. Lo más posible es que hubiera recurrido a una fotografía para captar todos aquellos detalles, pero lo que tenía ante la vista era mucho más que una reproducción. Se trataba más bien de una realidad insuflada en aquella superficie otrora blanca del cuaderno.

El profesor examinó algo menos de la tercera parte del material de Eric y luego cerró el cartapacio. Para entonces las sonrisas burlonas habían desaparecido de todos los rostros y en el aula reinaba un silencio expectante.

– Le queda mucho por aprender, Herr Rominger -dijo intentando aparentar frialdad, a la vez que se daba la vuelta y regresaba al estrado-. Procure en el futuro no hacernos perder tanto tiempo.

Eric abrió la boca para asegurar que así sería, pero antes de que tuviera oportunidad de hacerlo, el profesor había reanudado la lección como si nada hubiera pasado.

A ciencia cierta, el estudiante no habría podido explicar lo sucedido, pero al menos se sentía contento porque no le habían castigado, no le habían puesto una nota mala ni tampoco le habían expulsado del aula. Decidió, por tanto, aplicarse el tiempo restante como si así pudiera agradecer lo bien parado que había salido del incidente. Transcurrió así media hora en la que tomó apuntes de las explicaciones del profesor con un especial interés y diligencia. Entonces, cuando la clase estaba a punto de concluir, sus ojos se fijaron de manera totalmente casual en una muchacha que estaba sentada al extremo de su mismo banco.

Un observador imparcial habría atribuido la atención de Eric a los cabellos castaños y ondulados de la muchacha, a su hoyo suave en el mentón o a sus ojos grandes y dulces. Sin embargo, nada de aquello había atraído al estudiante de manera especial. Se sentía seducido más bien por lo que hubiera denominado el aura que rodeaba a su compañera de curso, un aura invisible pero real, que ya desde ese mismo instante se apoderó de todo su interés.

VI

Durante las semanas siguientes, Eric atravesó por una experiencia que hasta entonces le había resultado desconocida. Mientras procuraba sacar el mayor provecho de las clases, aprendía a orientarse por Viena, conseguía aparecer a la hora en las comidas de la pensión y escribía cada sábado a la tía Gretel, se fue enamorando de la muchacha que había visto sentada en su banco el día que llegó tarde a clase. Naturalmente, el estudiante no era del todo consciente de ello y si alguien le hubiera preguntado por sus sentimientos en relación con aquella joven, habría respondido que no abrigaba ninguno en especial. Sí, hasta es posible que lo hubiera dicho convencido. Sin embargo, la realidad era bien diferente.

Por las mañanas, apresuraba el paso para llegar a su aula y, una vez allí, mientras dibujaba, observaba de soslayo la puerta a la espera de que la desconocida hiciera acto de presencia. Luego, mientras duraba la lección, no perdía posibilidad de lanzarle miradas fugaces, que concluían en cuanto que ella realizaba el menor ademán que le hubiera permitido descubrirle. Finalmente, cuando el timbre anunciaba el final de las clases, Eric se ponía en pie con la intención de hablar con aquella chica. Deseos, a decir verdad, no le faltaban, pero jamás llegaba a hacerlo. Un par de veces había estado a unos pasos de ella y podría haberla saludado o haberle dirigido la palabra, sin que pareciera que forzaba la situación. Sin embargo, en las dos ocasiones, la timidez -esa timidez que tanto le mortificaba- se había apoderado de él, impidiéndole articular el menor sonido.

Como es lógico comprender, el estudiante no se sentía en absoluto satisfecho con aquel temor que lo paralizaba. De hecho, mientras regresaba a la pensión se dedicaba a mascullar en voz baja reprensiones que sólo le tenían a él como objetivo. Se decía con acento airado que era un estúpido, que no podía esperar nada en esta vida si se comportaba de esa manera, que estaba perdiendo el tiempo tontamente y que, antes de que pudiera darse cuenta, habrían llegado las Navidades sin haberle dicho una sola palabra. Todo eso se lo repetía una y otra vez, causándose un profundo pesar, pero sin llegar a infundirse la suficiente valentía como para quebrar el hielo de su timidez.

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