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Parecerás Príapo -dijo Demetrio al legionario, convencido de que le encantaría asemejarse al dios de la fertilidad-. No me cabe la menor duda.

El veterano contempló dubitativo el ungüento que sostenía en la diestra el esclavo de Arnufis. ¿De verdad podía suceder lo que le había dicho aquel egipcio? ¿Cabía la posibilidad de corregir aquella deficiencia que le provocaba un enorme sufrimiento? ¿Sería cierto que…?

– ¿Cuánto? -preguntó con un hilo de voz que casaba mal con su estatura.

– Por ser tú, y teniendo en cuenta que tendrás que comprar alguna dosis más… quince denarios.

– ¡Quince denarios! -exclamó el legionario echandose hacia atrás y llevándose las manos a la cabeza-. Pero… pero eso es más de la paga de medio mes.

– Si no quieres comprarlo… -musitó Demetrio simulando dar media vuelta.

– No, no… -dijo con angustia el veterano-. Yo no he dicho eso. A lo que me refiero es a que… bueno, resulta muy caro. Eso es todo.

– ¡Dioses! ¡Dioses! -exclamó Demetrio imprimiendo a sus palabras un tono lastimero, como si estuviera a punto de romper a llorar-. ¿Es posible lo que acabo de escuchar? A este hombre se le ofrece la solución total para su… su defecto. Vosotros se lo dais por una minucia, por una futesa, por una insignificancia y ¿cómo responde? Con ingratitud, con quejas, con tacañeríaaaaa… ¡Oh, dioses! ¿Por qué no lo fulmináis aquí mismo? Nada se perdería con este necio.

El legionario se rascó inquieto la señal en forma de moneda que tenía en la frente. La verdad es que aquellas palabras le provocaban mucha inquietud, pero quince denarios…

– Es que… -comenzó a decir con la mirada fija en el suelo-. Bueno, verás, ¿no me podrías dar eso por cinco denarios?

– Doce -respondió con gesto de profundo desprecio el esclavo griego.

– Diez… -susurró amedrentado el legionario.

Demetrio extendió la mano con displicencia acercando el remedio objeto del regateo al veterano. Sin embargo, cuando éste acercó sus dedos codiciosos, el esclavo apartó aquel deseado ungüento de su alcance y dijo imperioso:

– Primero, los denarios.

El legionario, contento de haber logrado lo que consideraba un bálsamo prodigioso, contó rápidamente el dinero y lo dejó caer, moneda tras moneda, `obre la palma de la mano del esclavo. Sólo cuando éste hubo comprobado la cantidad, estiró a su vez la mano y entregó la causa de la discusión. Luego, reprimiendo una sonrisa de alegría, abandonó la tienda. Sin embargo, el disimulo no era su fuerte. Apenas llegó al exterior, dio un salto y golpeó el aire con la mano libre, como si deseara reafirmar lo que consideraba un triunfo.

– ¿Cuánto ha pagado al final? -preguntó Arnufis cuando Demetrio penetró en la parte de la tienda donde se encontraba.

– Diez denarios -respondió con apenas oculta satisfacción el esclavo.

– ¿Diez? -repitió el egipcio-. Creo recordar que te dije que le pidieras siete.

– Kyrie, recuerdas correctamente -asintió Demetrio-, pero, créeme, estaba ansioso por entregar el dinero. -¿De verdad?

– Por supuesto -respondió el esclavo-. Quizá no era consciente de ello, pero así era. No había nada en el mundo que ansiara más que hacerse con vuestro remedio.

Remedio. Arnufis reprimió una sonrisa. No pasaba de ser una mezcla de hierbas que provocaba prurito y que acumulaba la sangre en el lugar en que se frotaba. Y eso era todo. Sin embargo, una persona tan desesperada como para pagar esos sextercios interpretaría la circunstancia como un indicio prometedor. Por supuesto, volvería a protestar al cabo de unos días. Llegado ese momento, bastaba con decirle que la dosis tenía que aumentarse so pena de perderse los buenos efectos ya visibles. Todos, absolutamente todos, reincidían una segunda, una tercera e incluso una cuarta vez. A partir de ese momento, las cosas cambiaban. O mucho se equivocaba o aquel legionario crédulo tan sólo estaba empezando a darle dinero.

Se mirara como se mirase, los deseos de los hombres siempre eran los mismos. Ansiaban poseer una capacidad de disfrute en el ayuntamiento con hembras que ni siquiera las bestias más vigorosas poseían; deseaban asegurarse un porvenir en el que lo más importante era el acumular cosas no siempre atractivas; se angustiaban ante la posibilidad de que la mujer que les interesaba en esos momentos -y que podía dejar de interesarles en el momento siguiente- no les fuera fiel y pretendían que algún poder superior les garantizara la venganza que ellos mismos no podían perpetrar. En suma, concupiscencia, miedo, falta de confianza en sí mismos y resentimiento. Ése era el cuadro total de la inmensa mayoría de los hombres. En las mujeres, no se producían muchas variantes. El temor a la infidelidad y el deseo de venganza resultaban muy similares, pero la búsqueda insensata de una incontenible potencia y la acumulación de cosas se veían habitualmente sustituidas por la seguridad de poder quedar embarazadas -o no quedar- cuando les resultara conveniente y la capacidad para provocar la envidia de otras mujeres. Partiendo de esos mimbres, no había que ser excesivamente hábil para conseguir un buen cesto. Desde luego, no podía quejarse de lo que estaba sucediendo en las últimas semanas en aquel castra. No en cuanto a lo que éxito se refería porque la vida difícilmente podía resultar más incómoda, el vino difícilmente podía resultar más agrio y la comida difícilmente podía resultar más repugnante. Sin embargo, no era pesimista. Si todo seguía como hasta ahora, quizá podría plantearse la marcha antes del verano. Ésa podía ser la época ideal para buscar un nuevo lugar en el que asentarse. A fin de cuentas, el imperio era grande.

Rode se inclinó sobre el cuerpecillo inmóvil de Plácida. Su respiración era entrecortada y trabajosa, pero, al menos, no se interrumpía. De hecho, todo parecía indicar que aquella masa escuálida de piel amarillenta, huesos finos y escurridos músculos estaba absorbiendo los efectos de la paliza con una rapidez inusitada. Desde luego, no habían sido escasos. El rostro, deformado por quemaduras, parecía estar ahora cubierto por una gigantesca mancha amarillenta que, en algunos lugares, como el ojo y el pómulo derechos, pasaba al tono cárdeno como si se tratara de una extraña dolencia. No tenía nada roto, pero a Rode le había parecido apreciar que la nariz de su compañera estaba torcida, deformando aún más un rostro ya demasiado golpeado por la desdicha. Peor era el aspecto que presentaba la espalda de Plácida. El pisotón que le había propinado el veterano de Germania le había dejado una mancha morada a la altura de los riñones. No parecía tampoco que le hubiera quebrado algún hueso, pero la meretrix no había dejado de orinar sangre desde el día de la paliza. Al principio, expulsaba un líquido sucio y rojizo que, poco a poco, fue transformándose en orina surcada por hebras sanguinolentas. Hasta ahí había llegado y, por lo menos de momento, nada parecía indicar que fuera a producirse mejoría alguna.

Una tosecilla repentina se apoderó del cuerpo de Plácida provocándole una sensación de ahogo. Rode se inclinó rápidamente sobre ella, le pasó el brazo izquierdo por detrás de la espalda y la incorporó. Había llevado a cabo ese mismo movimiento docenas de veces y nunca dejaba de sorprenderla la extremada delgadez de su amiga.

En aquel momento le pareció similar a un pajarito frágil y desvalido.

– Toma un poco de agua -le dijo mientras le acercaba un tazón a los labios.

La meretrix sorbió con ansia, aunque sin abrir los ojos ni, seguramente, recuperar la conciencia. Sólo cuando su rostro pareció serenarse un poco, volvió a depositarla Rode sobre el lecho. Sí, ahora parecía más sosegada, pero ¿a qué se debían aquellos accesos de tos? ¿Tenía remedio el que no dejara de expulsar sangre por la orina? ¿Había posibilidad de que se recuperara? Todas aquellas preguntas le provocaban una inmensa congoja porque deseaba de todo corazón que Plácida se curara y, para propiciar tan benigno proceso, había colocado incluso su imagen de Glykon cerca de la cabecera. Quería creer que la presencia del dios con cuerpo de serpiente, y orejas y cabellos de hombre alejaría a las Parcas, e incluso, si así le complacía, le devolvería la salud. Precisamente cuando llegaba a esa reflexión, intentaba consolarse pensando que, a fin de cuentas, de momento, vivía. Porque el legionario podía haberla dejado lisiada, o ciega o incluso haber causado su muerte.

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