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Cornelio abrió la boca para responder a aquella alegación, pero el legado alzó la mano derecha imponiéndole silencio.

– Una vez fuera del vallum, de los muros de este castra -dijo Pompeyano-, debes tener siempre en cuenta que la menor indisciplina, el menor desorden, la menor falta de armonía pueden pagarla decenas de hombres. Nunca dudes a la hora de aplicarla. Sé que un bastonazo bien dado por un optio o un centurión, una orden de flagelación pronunciada por ti o incluso el hecho de diezmar a las tropas en caso de que retrocedan injustificadamente ante los hostes pueden parecer castigos demasiado severos. Pero créeme si te digo que de ellos dependen tu vida y la de tus hombres. Jamás, escúchame bien, jamás dudes al aplicar una sanción. Hay demasiado en juego como para que te puedas permitir ese lujo. ¿Lo has entendido?

– Sí, domine -respondió el tribuno, que sentía el escozor de los calificativos que su superior había empleado para referirse a la manera en que había juzgado el asunto del legionario Celio.

Una última cosa -continuó el legado-. Desearía plantearte un problema práctico. ¿Tienes algún inconveniente?

– En absoluto -respondió el tribuno, sorprendido por aquella muestra de deferencia.

– Bien. Imaginemos que te acercas a una aldea y que desconoces cuál será el comportamiento que sus habitantes manifestarán para con tus tropas. Podría ser amistoso, pero también hostil. Entonces, contemplas en una colina cercana a unos hombres apostados. Quizá sean pastores o labradores… o arqueros. ¿Qué deberías hacer?

– Comprobar de quién se trata -respondió un tanto confuso el tribuno-. Enviaría exploradores.

– No. No es posible -cortó Pompeyano-. Al acercarse, podrían ser asaeteados antes de lograr descubrir nada.

– Pero si son pastores…

– ¿Y si son arqueros, tribuno?

Cornelio guardó silencio. Resultaba obvio que su superior pretendía enseñarle algo y carecía de sentido que fuera él quien planteara posibilidad tras posibilidad.

– No -dijo Pompeyano-. Jamás, me oyes bien, jamás te permitas una duda así. Si existe alguna posibilidad, la menor incluso, de que se trate de enemigos, golpéalos antes de que ellos lo hagan.

Cornelio guardó silencio durante un instante. Tenía la sensación de que se le escapaba algo en aquel razonamiento, de que, como sucede con los trucos de los magos, había alguna circunstancia que no llegaba a percibir y de donde pendía, al fin y a la postre, todo.

– Entiendo -señaló al fin-, pero, si me permites, domine, desearía plantearte una cuestión.

Pompeyano abrió la diestra invitándolo a formular, su pregunta.

– Sigamos con el ejemplo anterior -comenzó a decir Cornelio-. Ante la duda, no arriesgo a, pongamos, dos o tres de mis hombres y ordenó la muerte de los bárbaros. Pero poco después descubro que el poblado era amigo. ¿No sería una gran pérdida?

El legado guardó silencio por un instante y luego, de manera incontenible, dejó escapar una estrepitosa carcajada, la misma que le habría provocado el comentario inocente de un niño convencido, por ejemplo, de que puede taparse la luna con la ayuda de tan sólo un dedo.

– ¡Ah, tribuno! ¡Tribuno! -dijo al fin con una sonrisa que casi partía su rostro en dos mitades-. Tu misión no consiste en proteger a los poblados bárbaros por muy amistosos que puedan resultar. No, tu deber es salvaguardar a tus hombres del peligro. Recuerda siempre este principio y nunca, nunca te equivocarás. Si en algún momento te asalta alguna duda, la que sea, resuélvela siempre en favor de tus hombres. Eso es lo que caracteriza a un buen oficial. Lo demás son meramente las palabras inútiles de alguien que nunca ha tenido que pelear para salvar la vida.

Durante los días siguientes, Rode no consiguió quitarse de la cabeza lo que le había acontecido con el centurión. Cuando pensaba que estaba a punto de despojarse de sus ropas y de agradecerle lo que había hecho y que aquel hombre extraño se había marchado, le asaltaba una desagradable mezcla de sentimientos. Por un lado, se hallaba el desconcierto de encontrarse, por primera vez en su vida, con un hombre que no sólo no había pretendido yacer con ella, sino que ni siquiera la había mirado con lascivia. La vida de Rode no era fácil, de eso no cabía duda, pero, al menos, resultaba llevadera sobre la base de que no se produjeran imprevistos, de que todos se comportaran de una manera acostumbrada, de que no apareciera gente actuando de forma inesperada y rara como aquel centurión. Pero a la confusión, casi estupefacción, que sentía se sumaba otro sentimiento aún más hiriente. Por mucho que lo intentara, Rode no podía evitar la sensación de haber sido despreciada, de que aquel hombre la había tenido en tan poco que ni siquiera había considerado una perspectiva atrayente la de poseerla. Llegar a esa conclusión y dejarse sumergir en la pena fue todo uno. De repente, la meretrix empezó a preguntarse si no habría perdido la juventud, si no habría comenzado el descenso unido a la desaparición de los encantos carnales, si no estaría ya en el camino de una vejez que intuía pavorosa. Precisamente al llegar a ese punto, sus pensamientos se tornaban sombríos. ¿Qué sucedería con una meretrix como ella cuando envejeciera? De momento, la habían ido vendiendo de lupanar en lupanar, hasta acabar en la canaba de una guarnición situada en el limes. ¿Y después? ¿Qué vendría luego? ¿El concubinato con un legionario que no dudaría en golpearla cuando no se sintiera satisfecho? ¿Una caída, poco a poco, paso a paso, hasta verse abandonada al borde del arroyo por el amo que ya no consiguiera sacar de ella lo bastante como para alimentarla?

Acarició con la mirada a Plácida. Sobre su rostro, apenas iluminado por la luz trémula de una tea, arrojaba su sombra el dios serpentino de cabellos y orejas de hombre. De momento, Glykon parecía protegerla, pero ¿cuánto tiempo lograría seguir viviendo sumida en aquel sueño del que apenas emergía para trasegar unos sorbos de agua? Quizá… quizá hasta sería mejor que nunca despertara.

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Rode nunca lo hubiera imaginado, pero la visita de aquel centurión se repitió. Sucedió incluso con una curiosa regularidad. Por la mañana, en los momentos inmediatamente previos a que los legionarios se pusieran en pie y proporcionaran vida por un día más al castra. La primera vez que lo vio reaparecer, Rode suspiró aliviada. Se dijo que, al fin y a la postre, tan sólo había decidido retrasar el cobro de su ayuda por unos días. Era un gesto de delicadeza que, ciertamente, cabía estimar en lo que valía. Sin embargo, no tardó en captar que aquel hombre, con una experiencia incomparable en batallas, no deseaba nada. Simplemente se interesaba por la recuperación de su amiga. A veces, incluso traía algo de comida. Se trataba de cosas modestas, sin lujos, pero buenas. Tanto que casi se hubiera podido pensar que las escogía con un cuidado especial de entre los productos que se vendían en la canaba. Lo que más lamentaba la meretrix era que un hombre tan atento -tan atento como no había conocido nunca a otro- no sintiera interés por ella. Y pensando en esa circunstancia, Rode comenzó a imaginar las posibles causas que no hirieran su amor propio. Así, se imaginó que quizá un proyectil bárbaro le había convertido en eunuco, o que alguna enfermedad le había privado del deseo hacia las mujeres o que incluso podía sentirse atraído hacia los jovencitos. Rechazó de inmediato esta última posibilidad porque nada en aquel legionario parecía indicar que abrigara concupiscencia alguna por otros hombres. Ni en sus miradas, ni en sus gestos, ni en sus ademanes le pareció percibir señal alguna de aquel comportamiento que, a decir verdad, Rode nunca había llegado a contemplar, pero del que había escuchado en alguna ocasión hablar a sus compañeras de oficio.

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