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– Si lo que tú dices es verdad, no digo que lo sea, pero si lo fuera, de ser así, ¿qué habría que hacer para escapar de ese juicio? Quiero decir que, según dices, tu dios no habita en templos ni exige sacrificios de animales…

– Ese Dios único envió a Su Hijo al mundo para que todo el que cree en Él no se pierda, no sea condenado, sino que tenga la vida eterna. Fue ese Hijo el que pagó el precio de nuestra desobediencia, el que sufrió en nuestro lugar el castigo que merecemos.

– ¿Cómo lo hizo? -indagó sorprendido Valerio.

– Fue crucificado.

Crucificado. Valerio había podido ver crucifixiones en más de una ocasión y sabía que era la forma más horrible de morir. El cuerpo, clavado, expuesto a los insectos, a las alimañas y a las inclemencias del tiempo, se iba tensando hasta provocar en el reo la sensación de que moriría asfixiado. Pero nunca moría. Cada vez que esperaba la llegada de un final ansiado, el condenado se levantaba sobre el sedile, la almohadilla de madera que tenía bajo los pies, y aspiraba una bocanada de aire que tan sólo servía para prolongar una dolorosa agonía. En algunos casos, apiadado, el oficial ordenaba que se practicara el crurifragium, la fractura de las piernas a bastonazos. Incapaz de incorporarse, el reo acababa ahogándose por falta de aire.

– Como un criminal entonces -dijo el optio.

– Sí -reconoció el cristiano-. Como un criminal, a pesar de que era inocente. El único hombre sin pecado que ha vivido sobre la faz de la tierra. Pero murió como un delincuente para que nosotros no tuviéramos que hacerlo. Ahora sólo tienes que recibir lo que hizo por ti o dejarlo de lado.

– ¿Qué me costará? -preguntó Valerio-. ¿Cuánto tendré que pagar?

– Valerio, Valerio… -dijo con un tono divertido el cristiano-. No tienes que pagar nada. ¿Quién podría pagar algo así? Tan sólo puedes rechazarlo o recibirlo con gratitud y comenzar una nueva vida, una vida que tendrá sentido, una vida de virtud, de una virtud que va más allá de lo que jamás hayan podido enseñar los filósofos. El optio guardó silencio. Lo que había escuchado en los instantes anteriores había provocado una vorágine de sentimientos en su interior. No estaba seguro de haber entendido lo que el cristiano le había dicho. En realidad, le parecía demasiado complicado y amplio como para asimilarlo en su totalidad, pero, en medio de su confusión, había una pregunta que continuaba latiendo en su interior.

– Lo… lo que me has dicho… -comenzó a decir titubeante-. Todo eso… ¿tiene algo que ver con la manera en que me habéis tratado?

– Es la causa de ello -respondió el hombre-. Si el Dios único nos amó de esa manera, la virtud máxima tiene que estar en amar de manera semejante. Por eso aten-, demos a los que nadie quiere y servimos a los que nadie se atrevería siquiera a tocar, aquellos de los que huyen los médicos y que son abandonados por sus familias; aquellos que, al nacer, son arrojados al arroyo simplemente porque sus padres no los deseaban; aquellos que, como los esclavos, ni siquiera son considerados hombres.

– ¿También atendéis a esclavos? -preguntó sorprendido el optio.

– Valerio, el hombre que duerme a tu lado en la sala es un esclavo abandonado por sus amos. Cuando se recupere no sólo tendrá la salud, sino también la libertad.

El optio no lo sabía entonces -ni siquiera podía sospecharlo-, pero antes de que concluyera el año, descendería a las aguas del bautismo, para simbolizar su fe en el único Dios.

2

E1 legionario espoleó los flancos abultados del caballo. No estaba seguro, pero le había parecido percibir un movimiento extraño al otro lado de aquella parda mancha de arbolitos canijos. Apenas había avanzado unas decenas de pasos cuando tiró de las riendas. La calma, la inmovilidad, el silencio resultaban absolutos. Incluso excesivos. Ni siquiera se veían perturbados por el canto de un pájaro, por el chasquido de una ramita o por el correteo de alguna alimaña insignificante. No, nada. Quizá, a fin de cuentas, lo que había percibido no era un cuerpo. Podía haber sido una sombra proyectada contra el tronco de uno de los árboles o una luz recortada contra las ramas irregulares y las hojas tersas. Acarició suavemente el flanco del caballo. El animal parecía nervioso, inquieto, desasosegado. Pero eso no significaba demasiado. Lo mismo podía deberse a alguna presencia humana que estuviera cercana que al olor del agua o al sonido de un reptil. En cualquier caso, la experiencia le decía que no debía jugar con la Fortuna. La diosa no se lo tomaba a bien y castigaba las faltas de piedad con terribles sanciones.

Tiró de las riendas y obligó al caballo a dar la vuelta. Sí, lo mejor sería regresar hasta el lugar donde se encontraba el tribuno y avisarle de lo sucedido. A fin de cuentas, era él quien tenía que tomar una decisión. La montura comenzó a desplazarse hacia occidente con un trotecillo más satisfecho, como si se apartara de algún lugar temido. El legionario mantuvo, sin embargo, la mirada en la zona donde había percibido el movimiento. No, definitivamente, no había nada. Giró el cuello para mirar hacia el frente. No lo consiguió. Antes de que la cabeza regresara a su posición normal, se vio separada del tronco por un certero hachazo.

El corcel cabeceó, pero no pudo galopar. Dos cuados, brotados de algún lugar sumido en espesas sombras, sujetaron las riendas y el pescuezo del animal. Lo calmaron con facilidad. Desde niños eran jinetes y el bruto no les planteó ningún problema.

En apenas unos instantes, una docena de compañeros salieron de entre los árboles y se reunieron con ellos. Desnudar al legionario decapitado y repartir sus armas fue sencillo. Más dificultad representó que uno de los cuados se pusiera su uniforme y montara en el caballo. Fue imposible colocarse la lorica segmentata. Decididamente, se trataba de una armadura demasiado complicada como para aprovecharla. No importaba. De un salto, montó en el caballo y se envolvió en la capa para ocultar que ni era un legionario ni llevaba el armamento completo.

Llegó a la salida de la arboleda en apenas unos instantes. A un millar de pasos, se dibujaba un grupo de exploradores. Detrás, a una distancia como mínimo doble, estaba la cohorte. Marchaba en orden correcto, con algunos jinetes en los flancos. Volvió la cabeza hacia el lugar de donde había salido e hizo una seña con la cabeza. Sí. Los romanos estaban formados de acuerdo con lo que se esperaba de ellos. Un cuado pequeño, con el rostro cruzado por una cicatriz de hacha, asintió. Era la señal esperada. El jinete alzó la mano derecha para llamar la atención de los exploradores de la cohorte e hizo un gesto para que acudieran a la arboleda.

Tito Vero, el jefe de los exploradores, captó la señal. Bien. Estaba empezando a hartarse del ritmo de avance que estaban soportando desde que habían salido del castra. Se hubiera podido decir que en lugar de formar la tortuga, caminaban a paso de tortuga.

– Avisa al tribuno de que no existe riesgo -dijo a uno de sus hombres.

– Ya era hora -pensó en voz alta el legionario que acababa de recibir la orden. Caminó con rapidez una decena de pasos y luego echó a correr.

Cuando llegó a la altura de la primera línea de la cohorte, aún conservaba el resuello. Se detuvo y buscó con la mirada al tribuno. No le costó localizarlo. Montaba un caballo fuerte, de pobre estampa, pero remos robustos y seguros.

– Domine -dijo al llegar a su altura-. El jefe de los exploradores te informa de que la cohorte puede cruzar la arboleda sin peligro.

– ¿La habéis examinado bien? -indagó Cornelio. -Mandó a un jinete para recorrerla. Ya nos ha indicado que no hay riesgo alguno -respondió el explorador con entusiasmo-. Podemos seguir avanzando sin problemas.

– Está bien -dijo el tribuno.

– Domine, ¿debo transmitir alguna orden a mi superior?

Cornelio dudó por un instante. Lo más prudente hubiera sido decirle que cruzara aquella mancha de árboles raquíticos y volviera para informarle. Pero estaban avanzando con demasiada lentitud. Tanta como para que hasta ese momento no hubieran logrado trabar combate con el enemigo.

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