ЛитМир - Электронная Библиотека

– Sí, pero no sé qué tiene que ver conmigo todo esto.

– No, nada. Lo que pasa es que nos ha extrañado que Migue tuviera una cosa así.

– Pues yo no le veo nada de particular. Al fin y al cabo es un broche muy bonito, se lo ha podido dar cualquiera, ¿no?

– No, Queti, cualquiera no… Cualquiera no, eso es lo extraño.

– Déjalo, Rosa, seguramente lo habrá encontrado en el jardín. Acuérdate de la historia del incendio, tú misma me la contaste, puede que sea verdad, después de todo…

– Sí, no sé, tal vez me estoy pasando… Es raro, pero, bueno, en un sitio como éste siempre ocurren cosas raras. Vale, Queti, ya puedes irte, muchas gracias.

– De nada, doctora. Adiós, doctor Salgado, que está usted cada día más guapo.

– Gracias, lo mismo digo.

– ¡Uy, qué va! Si ya no soy ni una mala sombra de lo que fui. Me tendría que haber visto usted en mis buenos tiempos, la princesa de Vitoria, me llamaban, divina, era yo, una mujer divina…

– Un momentito, Queti.

– ¿Sí?

– Perdona, pero me acabo de acordar, sólo una cosa más. Te he oído antes decirle a Miguela algo así como «a él no le vas a gustar, estarás fea». Y quisiera saber… ¿quién es él?

– ¿Él…? Sí, él… Bueno, él… Verá, es que no sé cómo contárselo, pero… Le va a parecer una tontería… Bueno, sí, él… ¡Él es el póster de Rambo que tiene la cocinera, eso es, el póster de Rambo es él! Siempre le estoy tomando el pelo a Miguela a propósito del bruto ese. Le digo que es su novio y la pobre se ríe mucho, angelito, qué sabrá ella. ¡Qué pena!, ¿verdad?, que el seso no le llegue a Migue ni para enamorarse siquiera…

¡La madre que parió al fundador del partido revolucionario ese y a toda su parentela…! Ya le podía haber regalado la medalla de la Primera Comunión, vamos, digo yo, que hay que ver lo que tiene que hacer una, desde luego… Y mira que no me gusta mentir, eh, que no me gusta ni pizca, porque me estoy quedando sin memoria, y cuando suelto un embuste luego no me acuerdo, y la doctora me pilla siempre. Menos mal que lo del póster me salió así, como muy natural, y es que yo siempre he tenido muchas dotes de actriz, a eso habría tenido que dedicarme yo, al teatro, con la voz tan bonita y tan elegante que he tenido siempre, y esa cinturita que a mi padre se le juntaban las yemas de los dedos cuando me abrazaba… En fin, que gracias a Dios, la cosa no fue a mayores. Migue lo pasó mal unos días, eso sí, llorando todo el tiempo, no le daba la gana de levantarse por las mañanas, se tiraba los días enteros en la cama, con el embozo de la sábana a la altura de los ojos, hasta que una tarde, así, por las buenas, se echó a reír, y no con esa risa tonta, desbocada, que le da otras veces, que entonces es cuando te das cuenta de que en el fondo no es más que una criatura, no, así no, sino con una risa de persona lista, como de mujer de mundo, no sé cómo explicarlo, pero el caso es que aquella tarde se puso en pie de un salto y salió al pasillo descalza, en camisón, que hay que ver, con lo friolera que es ella siempre, entonces yo empecé a sospechar y salí detrás, con sus zapatillas en la mano, para tener una excusa si me encontraba con alguien, aunque yo ya sabía lo que iba a pasar, ya sabía yo adónde iba… Me quedé apoyada en el quicio de la puerta, eso sí, para no asustarla como la otra vez, y allí estaba él, sentado en el alféizar, igualito que la primera vez que le vi, igualito menos por la estrella roja, que ya no la llevaba prendida en el pecho, claro, riéndose él también, riéndose a carcajadas para que ella se riera, y me pareció más guapo, hasta más limpio, porque a Migue le volvió a cambiar la cara, y las mejillas se le afinaron, y los ojos se le agrandaron, y cuando alargó la mano para enseñarle las cinco heridas que todavía le marcaban la palma, sus gestos eran ágiles, y sus dedos se habían hecho más largos, más delgados, era otra mujer, Migue, y él tomó su mano y luego su cintura, tan fina de repente, y la besó, y aunque sus mejillas, la barba a medio crecer, no llegaban a ocultar la cara de ella, aunque podía seguir viendo el cuerpo de Migue, tan hermoso ahora, a través de la carne transparente de su pobre amante, me corrió un escalofrío por la espalda y se me saltaron las lágrimas, como si todo aquello estuviera pasando de verdad… Entonces se me ocurrió, lo que son las cosas, se me ocurrió que quizás, aquel hombre, el novio de Migue, conociera a mi niño, que, a lo mejor, los dos estaban en el mismo sitio, vete a saber, porque Rafa también había estado liado con el rojerío, de jovencito, que por eso sabía yo de sobra lo que era una estrella roja cuando le mentí a la doctora, que debí de quedar como una imbécil con eso de que si era un brochecito muy mono, si lo sabía, yo lo sabía todo por mi hijo, que contaba una historia muy rara y muy bonita de un chino que se subió a un monte a ver el amanecer y dijo entonces que el Este era rojo, me lo contó muchas veces Rafa, antes de enfermar, cuando se puso tan malo con la diabetes esa, que tuvo que andar pinchándose insulina todos los días hasta que murió, veintidós años tenía solamente, si no era más que un niño, pero se me murió, y ya no lo tengo…

– Dáselo tú, Fernando. Al fin y al cabo has sido tú quien te has ocupado de encargarlo, y has ido a Madrid a por ella…

– No. Se lo tienes que dar tú. La idea fue tuya.

– Bueno. ¡Queti, corre, ven aquí…! Toma, Migue, y feliz cumpleaños.

– Regalo.

– Sí, Migue, es un regalo… Te lo han dado los doctores, que te quieren mucho, igual que yo, lo que pasa es que como a mí el cabrón de mi marido me ha robado las tierras, pues…

– ¡Queti!

– ¡Pero si es verdad, doctora! Si no me ha dejado ni dos perras para comprarle bombones a esta infeliz. Trae, Migue, ¿quieres que te ayude yo a quitar el papel? Así… ¡Anda, mira qué chulo! Joyería Martínez. Abre tú la caja, por delante, levanta la tapa… Muy bien.

– Est… rella.

– Sí, Migue, es la estrella, pero ya no te pincharás con ella nunca más.

– Est…rella. Es mía, la estrella. Gracias.

– Claro que es tuya, si es la misma… Lo que pasa es que, ahora, como está metida dentro de este aro, las puntas no te pueden hacer daño. En cambio, si pasamos esta cadena por el agujerito de arriba… A ver… Ya está. Hemos mandado que le quiten el remache de atrás, ahora pesa mucho menos, y puedes llevarla colgada del cuello, ¿ves?, como si fuera un collar. Si no quieres, no tienes que quitártela ni para dormir. ¿Te gusta?

– Sí. La estrella… Es mía. Gracias, gracias.

– No te me irás a echar ahora a llorar otra vez, ¿verdad, Miguela?

– Sí. Gracias, gracias, gracias.

– Vamos, mujer, si era tuya, tuya desde el principio. Y en los cumpleaños se hacen regalos a las personas, ¿no? Venga, deja de llorar, Migue… Y no me des tanto las gracias. Tienes que aprender a no dar las gracias cuando no hace falta, ¿en…? Ven, Queti, quédate con ella, os he reunido aquí a todos porque tengo que daros una buena noticia… A ver, los del fondo, ¿se me oye bien? Vale. Lo que tenemos que deciros el doctor Salgado y yo es que por fin hemos conseguido dinero para convertir el jardín, que está todo requemado y hecho un rastrojal, en un patio. La semana que viene vendrá Matías el constructor, el de la Majada, ese que ya nos ha echado una mano otras veces, y empezará a trabajar con su cuadrilla. Me ha dicho que dentro de un mes habrán terminado, y tendremos un patio nuevo completamente liso donde sacar las sillas para tomar el sol, pasear, hacer fiestas y hasta comer al aire libre, cuando haga bueno. Plantaremos algunos árboles grandes para que den sombra, y dejaremos una praderita con césped. La parte de atrás no la vamos a tocar de momento, porque, aparte de que no nos llega el dinero, hemos pensado en sanear el terreno e intentar hacer un huerto, si os parece bien. Lo digo porque tendréis que ayudarnos, ¿alguno de vosotros sabe algo de huertos? Fernando y yo, ni a cultivar geranios en una maceta llegamos… Menos risas que estoy hablando en serio. Muy bien, Eusebio, tú que eres de La Rioja, ¿alguien más…? Los voluntarios, que levanten la mano.

6
{"b":"125216","o":1}