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Alquilaron un coche, y aunque Georgiana pasó el resto del día dentro del habitáculo pequeño, el viaje pasó más deprisa que el realizado desde su casa de campo a Bath; esa misma noche los viajeros fueron recibidos con mucho entusiasmo por Silas.

No fue hasta después de la tardía cena, con Bertrand dando cabezadas en un sillón, al estilo de su padre, cuando Georgiana al fin pudo confiarle a su tío abuelo la naturaleza de su visita.

– Necesito repasar tus periódicos -indicó mientras él se movía por el acogedor salón lleno de libros y papeles de todo tipo buscando sus gafas-. Las tienes en la cabeza, tío -señaló Georgiana.

– Ah, sí, desde luego -se las puso sobre los ojos y se dejó caer en un sillón gastado pero cómodo y mullido-. ¿Por dónde íbamos?

– Tus periódicos -le recordó.

– Ah, desde luego, desde luego -sonrió-. Bueno, están en el desván, años de ejemplares del Morning Post, el Times y la Gazette, aunque será mejor que esperes hasta la mañana para examinarlos. ¿Buscas algo en particular? -preguntó con mirada astuta.

– Sí. Trabajo en un caso nuevo.

– Eso pensaba.

– Puede que incluso apareciera mencionado en los periódicos. El famoso collar de esmeraldas de lady Culpepper fue robado, ¡y yo estaba presente! Por supuesto, se trata de mi investigación más importante. Cuento con ella para garantizar mi éxito.

Morcombe frunció el ceño y repitió el nombre de la víctima.

– Culpepper, Culpepper. Ah, sí, he oído hablar de ella -aunque no se movía en los círculos más elevados, Silas siempre sabía algo de todo el mundo-. Su problema es el juego, pequeña, algo que ya ha sucedido con gente mejor que lady Culpepper -indicó.

– ¡Oh! ¿Quieres decir que ha estado perdiendo su fortuna en las mesas? -preguntó sorprendida. Recordó la acusación del vicario de que las esmeraldas jamás fueron robadas, sino desmontadas y vendidas por su propietaria. Aunque había descartado la posibilidad, parecía regresar como un penique falso.

– No creo que corra peligro de ir a la cárcel por sus deudas, pero es una jugadora empedernida y han corrido rumores de la peor clase al respecto -explicó Silas.

– ¿Te refieres a que… hace trampas? -inquirió espantada. Su tío rió entre dientes ante su expresión de horror.

– Ciertamente no puedo garantizar su veracidad, pero es lo que ha llegado a mis oídos. Y es un hecho que gana grandes cantidades de dinero con frecuencia, en particular de mujeres inexpertas que jamás podrían reconocer si ha manipulado las cartas.

– ¡Oh! ¡Pero eso es una vergüenza! -se preguntó si la información podía afectar al caso. Al parecer lady Culpepper carecía de escrúpulos, al menos en el juego. ¿Llegaría tan lejos como para robar su propio collar? ¿Qué papel desempeñaría Savonierre en el asunto? ¿Y El Gato?

– Quizá una de las jóvenes damas decidió vengarse robándole el collar -sugirió Silas.

– Quizá -reconoció con renuencia. Aunque no podía imaginar a ninguna mujer de la nobleza perpetrando ese hurto osado, en particular alguien que era incapaz de reconocer cuando su oponente hacía trampas-. No cabe duda de que el caso empieza a resultar mucho más complicado de lo que en un principio pensé -musitó con pesar.

– Un reto mayor par ti, querida -Silas sonrió y alargó la mano hacia su pipa.

– Si -convino.

Hacía tiempo que deseaba una prueba para su intelecto, y al fin la había encontrado, aunque tal vez habría deseado un contrincante distinto del peligroso Savonierre. De algún modo, había experimentado una afinidad y admiración por el ladrón que no había podido trasladar bien a ninguno de sus sospechosos.

Resultaba un poco decepcionante, pero no había muchas elecciones cuando se trataba con criminales. Sabía que debía centrarse en las posibles recompensas de sus esfuerzos. Durante el largo trayecto en coche, había estado imaginando, siempre que no la distraían los pensamientos del marqués, su éxito, en particular si lograba desenmascarar a El Gato.

Al día siguiente repasaría los periódicos y acopiaría más información. Y si esta conducía a la identidad del famoso ladrón, mejor. De momento, sin embargo, comenzaba a sentir los efectos de un día largo al tiempo que distintos fragmentos remolineaban en su cabeza.

– Todo es muy curios -murmuró-. Muy curioso, en verdad.

Trece

A pesar de su nuevo entorno, descubrió que le costaba desterrar a Ashdowne de la cabeza. Ni siquiera dormida podía escapar de él, ya que pasó la noche soñando con el marqués… visiones encendidas y de anhelo, entremezcladas con extrañas pesadillas en las que tanto él como Savonierre se convertía en bestias.

Después de abandonar toda intención de descansar, subió al desván, sonde pasó un día fructífero repasando los viejos montones de periódicos. No le costó encontrar menciones de Savonierre, ya que era un favorito de las columnas de sociedad.

“El señor Savonierre celebró una fiesta elegante anoche”, leyó en voz alta. Tomó nota de la fecha y pasó por alto los detalles de la comida que se sirvió y de las diversas personalidades que asistieron. Luego recogió el siguiente diario.

“El rico y famoso señor S fue visto escoltando a la casada lady B anoche en la ópera”, informaba otra historia sin mencionar abiertamente sus nombres. La mayoría de los artículos no se ocupaba de la supuesta influencia que tenía Savonierre en los círculos del gobierno, sino de su afición a ir con atractivas acompañantes. Georgiana frunció el ceño con desaprobación.

Pero Savonierre no era el único en aparecer en los diarios. “El hermano menor del marqués de A sigue dejando huella en la ciudad. Anoche fue visto nada menos que en cuatro fiestas”, exponía una narración. Y aunque se dijo que no le importaba, Georgiana sintió un nudo en el estómago.

“Johnathon Everett Saxton, hermano menor del marqués de Ashdowne, fue visto en la gala de lord Graham, rodeado de damas. Su ingenio y encanto son bien conocidos como para convertirlo en uno de los centros de atracción”, leyó. A pesar de que intentó soslayar la frecuente mención de Ashdowne cuando era el hermano menor del marqués, su nombre no dejaba de aparecer en las páginas, llamando su atención como con vida propia. Por desgracia, parecía que tanto Savonierre como él tenían agendas similares, lo cual no resultaba extraño, considerando que ambos pertenecían a los círculos más selectos.

De no conocerlo mejor, habría pensado que él era El Gato. Rió incómoda.

Mientras tanto, hizo una lista de los lugares a los que iba Savonierre, para poder rastrear con mayor facilidad su presencia, y otra con los lugares donde había atacado El Gato. Le interesó comprobar que el ladrón jamás había robado nada de Savonierre, lo cual confirmó sus sospechas.

En un principio, había pensado estudiar los periódicos de los años en los que la infamia del Gato estaba en su apogeo, pero una vez empezada, la tarea mantuvo su atención tres días. En las ediciones más recientes, buscó cualquier mención de un delito fuera de la ciudad que empleara métodos parecidos a los de El Gato, pero sin encontrar nada en absoluto. Era como si el maestro ladrón hubiera desaparecido de la faz de la tierra.

Por desgracia, su concentración era rota a menudo por un aburrido Bertrand que exigía que regresaran a Bath, pero se negó a prestarle atención. Sin embargo, su hermano debió reclutar la ayuda de su tío abuelo, porque al tercer día de su reclusión en el desván el caballero mayor le llevó una bandeja con el almuerzo. Apartó una pila de diarios y se sentó de cara a ella, obligándola a dejar su trabajo.

– ¿Estás encontrando lo que buscabas? -inquirió Silas, quitándose las gafas para limpiar los cristales con el extremo de su chaqueta.

– Sí. Tengo listas y mapas, y en un examen superficial da la impresión de que mis sospechas eran correctas. No puedo recalcarte la ayuda que me ha prestado poder inspeccionar tu colección de periódicos -añadió con auténtico agradecimiento.

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