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Hubo un breve silencio, tras el cual ella dijo:

– No viajo con nadie. Voy de vuelta a Inglaterra, en cuanto consiga transporte para ir al norte.

S.T. perdió su baza.

– ¡Pero no hace falta que busquéis transporte! -exclamó el conde-. Se ve que sois un joven caballero que está solo. Puede que hayáis padecido algún contratiempo. No, no, no puedo consentir que viajéis de cualquier manera. -Tiró las cartas cuando estaban a medio repartir y se puso en pie-. No, es del todo imposible. Debéis venir con nosotros. Nos dirigimos a Grenoble, si es que el inútil de mi criado consigue que saquen nuestro carruaje de ahí abajo. ¿Qué noticias hay de la calle, Latour? Ya me he cansado del piquet.

Mazan se apartó de la mesa. S.T. contempló la baraja a medio repartir que tenía en la mano y la dejó al tiempo que miraba a los demás con el ceño fruncido.

– ¿Ya está? -preguntó-. ¿Lo dejáis?

El conde hizo un movimiento de mano con el que descartaba seguir jugando.

– Bah, olvidémonos de las cartas. No os importará no conseguir las libras, ¿verdad, amigo mío? Por supuesto los luises son vuestros -dijo mientras se sentaba en el diván-. Prefiero hablar con monsieur Strachan. Hemos de discutir nuestros planes de viaje. ¿Vendréis con nosotros?

– Sois muy amable -dijo ella sin mucho interés-. Iré, si no es mucha molestia.

El conde sonrió y se inclinó hacia Leigh.

– Lo estoy deseando. Así podremos hablar. Siento mucha curiosidad por los ingleses. -Cerró la mano en el antebrazo de ella y su voz se elevó con una nota de ansiedad-. ¿Sabéis qué es el vicio inglés?

S.T. se volvió bruscamente hacia el conde y lo miró con expresión hosca al tiempo que sentía un repentino mareo. Justo en ese momento se oyó un coro de gritos entusiastas procedente de abajo. El conde se puso en pie de un salto y salió al balcón.

– Vive le diable! -bramó-. Somos libres al fin. Venez, Latour, coge su baúl y marchémonos.

Antes de salir de la estancia, el conde se detuvo ante Leigh y se inclinó ante ella para, a continuación, cogerla de la muñeca y, tirando de ella, levantarla de su asiento. La joven no opuso ninguna resistencia a esa sorprendente muestra de familiaridad; tan solo se limitó a informarle de que no llevaba ningún baúl, únicamente su bolsa de viaje.

– Un momento -dijo S.T. mientras se incorporaba, pero ella salió de la habitación sin mirarlo-. ¡Esperad -gritó-, no podéis marcharos con…

El ayuda de cámara le hizo una leve reverencia y, tras coger el bastón y el sombrero del conde, los siguió.

– … unos extraños! -terminó de exclamar S.T.

Dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo y volvió a sentarse. Cogió las cartas y las barajó, cortó y apiló una y otra vez mientras escuchaba los ruidos procedentes de la calle adoquinada que indicaban la partida del carruaje. El sonido de una puerta que se cerraba de un portazo, los gritos del cochero a los caballos, los consejos y advertencias de los lugareños entre el ruido metálico de las herraduras de los animales y el chirrido de las ruedas sobre las piedras, fueron desapareciendo para dar paso a la conversación de los congregados en la calle mientras el vehículo salía de debajo de la reja de la puerta. S.T. arqueó la baraja y la lanzó volando sobre la mesa al tiempo que profería una maldición. Se levantó y se sirvió otra copa mientras contemplaba el montón desperdigado de cartas. Justo cuando el jaleo de abajo comenzaba a disminuir, la calle volvió a llenarse del ruido de cascos de caballos. S.T. se volvió hacia el balcón para escuchar con su oído bueno. No consiguió sacar nada en claro de los nuevos gritos y chillidos de las mujeres así que, olvidando al fin su orgullo, salió al balcón para ver si eran ellos que volvían.

Pero no era el carruaje del conde. La empinada calle se llenó de soldados de caballería que procedían de la dirección opuesta, del lado francés de la frontera. Los caballos daban vueltas y se empinaban ante la multitud de lugareños reunidos. S.T. reconoció de pronto al teniente francés del puesto fronterizo, que apuntaba con su mosquete al carruaje del conde. El sonido del disparo resonó por el estrecho abismo de la calle; a continuación, la tropa se abrió paso entre la gente y partió al galope por el puente en la misma dirección que había tomado el vehículo. Marc entró corriendo en el salón.

– ¡Se os ha escapado! -exclamó mientras se dirigía a toda prisa al balcón. Se asomó por la baranda agitando el puño al último de los soldados a caballo-. ¡Zopencos borrachos! ¡Se os ha escapado por un pelo! -Marc lanzó un resoplido de rabia y se apartó del balcón mientras miraba a S.T. y negaba con la cabeza-. Zut! Por lo menos nosotros hemos hecho todo lo que hemos podido, vos y yo. Lo de las cartas ha sido una gran inspiración, mon ami. Pero nunca podrán cogerlo a este lado de la frontera. Y ese pobre idiota, el anglais, ¿por qué no habéis evitado que se fuera con ellos? ¡Ay, esos cachorrillos que quieren ser héroes! A saber qué será de él.

– ¿Qué será de él? -repitió S.T.-. Pero ¿qué ocurre? ¿Persiguen a Mazan por algo?

Marc lo miró, asombrado.

– ¿Es que no lo sabéis?

– ¿Saber qué? -exclamó S.T.

– ¡El conde de Mazan, dice que es! ¡Menudo pájaro! Monsieur, él y su sirviente, Latour, fueron condenados a la hoguera hace un mes en Marsella. Por blasfemia y… -Marc bajó el tono de voz hasta hablar en susurros-, sodomía. -Negó con la cabeza mientras disfrutaba con lo que estaba contando-. Y también por el intento de asesinato de dos chicas jóvenes. No es ningún conde, amigo mío. Es Sade. El marqués de Sade.

Capítulo 5

S.T. llevaba horas caminando por la montaña en busca de Nemo. Había subido y subido por la ladera hasta casi llegar al otro lado mientras silbaba y llamaba al lobo. Ahora estaba sentado bajo la luna en la solitaria cima de una colina mientras maldecía a Leigh.

Y a sí mismo. A sus propios instintos, que siempre lo traicionaban, que nunca le habían reportado nada bueno, salvo tristeza y fugaces momentos de intensa excitación y emoción que nunca duraban; llegaban y desaparecían como las ganancias del juego.

Esta vez será distinto, había pensado. Pero no lo era.

Nunca tendría que haber enviado a Nemo; nunca tendría que haber tomado esa medida desesperada por una mujer. La gloria de esos grandes gestos suyos nunca duraba, y entonces había que volver a comenzar otra partida y jugar hasta ganarla.

O hasta perderla. En esta última había perdido al único amigo que le quedaba. Aunque seguía recorriendo la montaña buscando a Nemo, S.T. ya había recibido la noticia que tanto temía. Se había encontrado con un gitano que estaba cortando leña y que le había puesto al tanto de todo. Dos niños habían visto a un monstruo en las laderas de Le Grand Coyer, una terrible criatura sobrenatural con cabeza de hombre y cuerpo de bestia. Incluso llevaron a casa la peluca que se le había enganchado en un arbusto; después, los gitanos hicieron conjuros y pócimas y salieron a intentar atraer a la bestia a una trampa. Finalmente, tras caer en ella, una bruja lo devolvió a su aspecto normal de lobo antes de matarlo. A cambio de un pequeño donativo, podía ir a ver la piel y la destrozada peluca de aquella monstruosidad del diablo si quería, pues estaba expuesta en la iglesia de Colmars.

No fue. No podía. Echó a andar por la montaña engañándose pensando que debía de tratarse de algún error, que solo era un sueño del que despertaría; encontraría a Nemo durmiendo, acurrucado y despreocupado, a los pies de la cama.

Y en cuanto a ella, se lo merecía; tenía lo que se había buscado por abandonar su protección, que aunque no fuese lo que había sido en otros tiempos, al menos superaba con creces la capacidad de una presuntuosa en paños menores. Tenía justo lo que iba pidiendo a gritos al ir por ahí sola llevando pantalones: un aristócrata asesino con gustos aberrantes que abusaría de ella y echaría su cuerpo a la carroña.

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