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Una desesperada mañana de invierno descubrió las admirables bibliotecas que Augusto había hecho construir junto al templo del dios que, según los sacerdotes y los poetas, le había dado la victoria. Dos inmensas salas acabadas en ábside, con la estructura de columnas de una basílica y ventanas de fino y claro alabastro, contenían, en dos filas de nichos en las paredes, los armarios de cedro de Líbano inmunes a la carcoma, donde depositaban volumina y códices. Sobre los nichos se alineaban, dentro de redondos marcos de estuco, los retratos de los grandes escritores de cada disciplina, como una teoría de soberanos.

No le prohibieron cruzar aquellas puertas, y para él fue como atracar en una isla. Todo el saber del mundo conocido había sido recogido allí por voluntad de Augusto; unos pocos pasos fuera de su habitación mal enlucida se transformaban en una ilimitada evasión mental. Sus silenciosos controladores observaron, con sorpresa que pronto se convirtió en alivio, su insaciable pasión por la lectura; dijeron que se parecía al célebre tío Claudio, literato, etruscólogo, estudioso de la lengua latina de seis siglos antes y -por sentido común- el inofensivo tonto de la familia.

El bibliotecario latino -se llamaba julio Higinio- había sido escogido por el propio Augusto hacía no sé cuántas décadas: viejísimo, fiel depositario de las decisiones políticas imperiales, de las predilecciones y de las censuras, había consumido la vida y los ojos, verano e invierno, en aquella penumbra; y quizá ya estaba casi ciego, porque se movía con rapidez a lo largo de los nichos, abría sin vacilar la puerta elegida y a continuación, con sus manos delgadas e inseguras, buscaba a tientas, sin leer, la obra buscada y la sacaba.

Toda la biblioteca -los antiguos volumina, es decir, los rollos, y los más actuales códices, o sea, los antepasados de los modernos libros- vivía grandiosamente, en perfecto orden, dentro de su cerebro. No consultaba nunca los indices, escritos con letra clara en la finísima charta augusta. Bastaba pedirle una información, aunque fuese genérica, preguntarle por un personaje, una cita, un suceso, y su memoria caminaba entre los estantes, soberana, hasta encontrar el dato solicitado, como se saluda a una persona que descansa en otra estancia.

Pero al día siguiente, cuando vio de nuevo a Cayo, le dijo de repente, con la volubilidad de los viejos, que se parecía a los nietos de Augusto.

– Los dos hermanos mayores de tu madre, para ser claro. Ellos también venían todos los días, querían conocer deprisa todo el saber del mundo. -Su mano estaba recorriendo un estante y se detuvo-. No tenían muchos más años que tú cuando murieron. Y fue lejos de Roma -dijo pérfidamente, pero Cayo no reaccionó, como si esa historia no tuviese nada que ver con él.

La biblioteca latina era severa y oscura; para Cayo, en el frío de aquel invierno, reservaron una sala pequeña y templada. Lo único que le molestaba, como una cadena sujeta al pie, era que no le permitían estar solo. Dos esclavos, dos hombres de confianza de Livia, permanecían aburridísimos a su lado. Mientras él leía y tomaba notas, ellos estaban sentados en sendos taburetes, callados. Por turno, para romper el aburrimiento, le preguntaban si deseaba más hojas o un calamus, o algo de beber; y enseguida llamaban a alguien que, obsesivamente también, esperaba fuera.

– Tú lees el pasado -dijo un día Julio Higinio riendo-, pero ¿sabes dónde está escondido el futuro? Está guardado dentro del pedestal de la estatua de Apolo, a dos pasos de aquí, en su templo. ¿Has oído hablar alguna vez de los Libros Sibilinos?

– Claro que sí -contestó Cayo.

– Pero no sabes que los originales se habían quemado hacía más de un siglo y que desde entonces, en los momentos de peligro, Roma era invadida por las más confusas profecías que llegaban desde todas partes de la tierra. Al final, el divino Augusto se cansó y ordenó destruirlas todas. Yo mismo conté más de quinientos volumina mientras caían al fuego. Los romanos estaban desesperados: ¿cómo sabremos el futuro? Pero Augusto descubrió que se había salvado una copia de los Libros Sibilinos y la guardó bajo la estatua de Apolo. Quizá -dijo con ambigüedad- aparezcas escrito tú.

Cayo pensó -un pensamiento de fuego- que tal vez su nombre estaba realmente escrito dentro del pedestal de la estatua. Y si estaba escrito, no podía cambiar. ¿Existía un destino? Y si existía, ¿qué era? Pero aquel pensamiento abrasador se desvaneció como humo, y él se dijo que las palabras de Higinio eran una trampa para descubrir sus proyectos y que aquellos libros habían sido una refinadísima invención de Augusto. ¿Quién podía examinarlos, estando encerrados allí adentro? Solo los consultaban los sacerdotes adeptos, de modo que, en resumidas cuentas, leían en ellos lo que se les antojaba. Pero ¿por qué Augusto, tan terriblemente racional, había interrogado tan a menudo al astrólogo Teógenes? ¿Por qué había acuñado en las monedas su constelación, Capricornio? ¿Por qué había publicado su horóscopo triunfal? ¿De verdad creía esas cosas? ¿O quizá, desde lo alto de su talento, quería que las creyesen los demás y pensaran que era inútil luchar contra él?

Aunque pensaba estas cosas, el joven Cayo confesó con voz soñadora:

– A mí me gustaría viajar por mar, ir a Rodas, a las Cícladas, a las Espóradas, al Ponto Euxino… Si pudiera saber que lo haré…

– Lo conoces -replicó el viejo, irritado-. Has estado con tu padre.

– Por eso -explicó Cayo-, me gustaría dirigir una nave e ir de puerto en puerto.

Sonreía, y el viejo se alejó disgustado porque la máxima esperanza de aquel adolescente, nieto de emperadores, era un sueño tan pequeño.

Los autógrafos

En los días grises de febrero el joven Cayo descubrió que en la estantería central, encerrados detrás de una reja corno valiosas reliquias, estaban los escritos autógrafos de Octaviano Augusto. Fue un momento emocionante, como si aquella obra inmensa hubiera entrado en la sala. Había oído hablar de ella con reverencia, orgullo, admiración mítica y, por otra parte, con desesperado, dolorosísimo rencor familiar. Fue como cuando, en el puerto de Alejandría, con su padre, había visto en el agua turbia la cabeza marcada de Marco Antonio en basalto negro.

Corrió a llamar al viejo julio Higinio, quien -dueño y señor de cuanto albergaba la biblioteca-, al oír la petición, permaneció en silencio. Luego le iluminó el rostro un orgullo feliz, casi amor por el joven que pedía. Inmediatamente después se sintió frenado por una desconfiada contención, el sufrimiento del avaro que tiene que abrir un joyero. Al final, el orgullo y la alegría se impusieron a la prudencia y dijo, acariciando la reja:

– El divino Augusto tenía setenta y cinco años cuando me entregó, aquí dentro, estos escritos. Había hecho dos copias, las dos de su puño y letra: una está aquí, la otra en el templo de las vestales, las custodias de lo más sagrado que hay en Roma. Cuando hayas leído esto, ninguna otra lectura, ni griega ni romana, te servirá.

Augusto lo había escrito todo solo, en secreto, en un claro y ordenado latín corrosivo, las líneas absolutamente rectas, los caracteres de una altura y una inclinación constantes. Parecía el trabajo de un hábil amanuense, pero era, en cambio, el producto final de un cerebro que había pensado con lucidez el conjunto, palabra por palabra.

Eran cuatro documentos. En el primero indicaba las espartanas pero solemnes disposiciones para sus exequias. En el segundo describía minuciosamente su rígido y estricto control de la situación militar, administrativa y financiera del imperio, y lo había titulado Breviarium totius imperii. De todo el imperio, a fin de que su sucesor pudiera orientarse rápidamente sin depender de dudosas ayudas. El tercer documento contenía consejos o, mejor dicho, disposiciones de obligado cumplimiento sobre cómo gobernar en el interior y cómo actuar con los vecinos, vasallos, aliados o enemigos. Lo había llamado De administranda Republica. Y Tiberio, dijo Higinio, había recibido inmediatamente las copias de los tres.

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