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Y ahora era imposible evitar las trampas que la astucia de los optimates tendía a lo largo del recorrido del joven emperador. Todos mucho mayores que él, y mucho más cómodos en los laberintos del poder, habían visto y combatido días de los que a él solo le habían hablado. Les precedían familias antiguas, batallas famosas, negocios, procesos, estudios legales, largas y secretas discusiones. Hombres orgullosos, tradicionalistas e independientes, con una elevada conciencia de sí mismos. Y que incluso se odiaban entre sí.

En su época, Tiberio había declarado con cinismo que las rebeliones de los senadores eran como las patadas al aire que da un mulo si se cae mientras camina. «Peligrosísimas si vas a su lado. Pero, si tú no te mueves, ese mulo no volverá a levantarse.» Dicho esto, se había retirado a Capri.

El joven emperador, en cambio, estaba en Roma; y los escuchaba cuando intervenían, proponían modificaciones, supresiones, sutiles ajustes. Descubrió, decepcionado, que intereses de grupo o luchas personales suscitaban continuamente conflictos sin fundamento.

– Tantis discriminíbus objectus -dijo, y esa frase llegó a los libros de historia, aunque más adelante pocos se fijarían en ella.

Sin embargo, fueron las últimas palabras nacidas de un dolor casi ingenuo. Aquel sentimiento muy pronto se transformó en ira. «Tengo un proyecto inmenso, para todo el imperio, lo he pagado, día tras día, durante toda mi juventud -pensaba-, y vosotros no me detendréis.» Se despertaba a media noche y no volvía a conciliar el sueño hasta el amanecer. Una noche se dijo: «Julio César también tomó medidas similares, y después de ser asesinado las anularon todas». Se sentía como atado físicamente con cuerdas. Pero poco a poco se iba haciendo más experto en aquellos vastos poderes que el Senado le había otorgado en el entusiasmo inicial, y los utilizó cada vez más a menudo, por sorpresa y en serio.

Muchos senadores se asustaron:

– Le hemos concedido un poder demasiado amplio.

Desde los tiempos más antiguos, los magistrados eran elegidos en los comicios, en los que participaban todos los ciudadanos. Pero, en medio de las turbulencias de las guerras civiles, los senadores habían descubierto el peligro de aquellas votaciones libres y, dando un golpe de mano, las habían restringido en gran parte a ellos mismos. Más tarde, Tiberio las había abolido.

El joven emperador pensó en Clutorio Prisco, que había perdido la vida por decir: «En los comicios, en lugar de votaciones se hacen espectáculos», y sin andarse con rodeos anunció a Sertorio Macro:

– Es justo restituir el derecho de voto a los romanos, y he decidido hacerlo.

No dijo que, con esa medida, quitaba a los senadores una de sus armas más sutiles: el control total sobre los mecanismos que administraban Roma.

– Esas ideas no gustarán -repuso Sertorio Macro con una mezcla de miedo y brutalidad militar-. Los senadores creían que no usarías tus poderes de este modo. Y tú -se atrevió a añadir con rabia- no me escuchas. -Hablaba con dureza porque, en los platos de la balanza, el peso mayor parecía el suyo.

El emperador no contestó. «Tiberio creía haber conquistado Roma con ocho cohortes -pensó-, pero la dejó en manos de estos. -Miró a Sertorio Macro, que estaba hablando con sus oficiales-. No debo olvidar que lo eligió Tiberio.»

Entretanto, los optimates no encontraban la manera de encauzar sus decisiones. Y la ley sobre el derecho de voto fue promulgada.

– Es más fácil verter agua que recogerla -dijo el cremonés Lucio Arrutio, el senador que había votado en contra, concediéndose su primer desagravio.

En recuerdo de esa ley, el emperador hizo acuñar una extraña moneda de bronce que en la historia de las revoluciones inspiraría a muchos imitadores, porque en ella estaba grabado el pileus -una especie de gorro frigio, el que llevaba la diosa Diana Libertas, la diosa de los esclavos, en su templo del Aventino- y porque era precisamente el símbolo del esclavo transformado en hombre libre. El pueblo comprendió inmediatamente la imagen y le gustó. Pero a otros les contrarió profundamente.

– Hay gente que se niega a aceptar esa moneda -anunció sombríamente Sertorio Macro-. Y eso es una pésima señal.

Para el tercer emperador de Roma, el hecho de dejar de sí mismo, diseminados por el azar, los casi incorruptibles recuerdos grabados en bronce, plata u oro nacía de un sentimiento de preocupación por el futuro. «En las guerras y en las revueltas se destruyen bibliotecas, placas y estatuas. Luego, los historiadores interpretan, reescriben, censuran los acontecimientos. Pero la gente recoge, conserva y esconde las monedas.»

Libertus imperiale

– En estos palacios están sucediendo cosas nunca vistas -dijo un alto funcionario de la familia Caesaris-. Este joven emperador está más rodeado de antiguos esclavos extranjeros que de nombres de sangre romana, familias que estaban aquí desde los tiempos de Julio César e incluso antes.

Por primera vez se oía abiertamente un tono de rebeldía, y cuantos lo advirtieron fingieron con prudencia no haberlo oído. Pero era como haber rajado un cristal: nada seguiría siendo como antes.

Mientas tanto, entre los miles de integrantes de la familia Caesaris destacaba el esclavo Calixto, aquel griego tolemaico de madre egipcia, de treinta años, que en Capri había facilitado a Cayo las más inesperadas y casi siempre trágicas informaciones. El joven emperador no habría podido olvidarlo; se lo señaló a Sertorio Macro y este propuso enseguida colocarlo, «por sus méritos», en la secretaría imperial.

El emperador vio de nuevo, con un destello de desconfianza, a Sertorio Macro esperando sentado en el pórtico de Villa Jovis y a Calixto pasando rápidamente por allí. «Nadie ha comprobando las aptitudes de Calixto mejor que Macro», se dijo. Luego lo olvidó.

Mientras, Calixto se introducía ágilmente en aquellos reservadísimos despachos, no solo por ser un culto amanuense políglota, sino un sutil y cada vez más experto intérprete de lo que debía transmitir. Cada vez con más frecuencia, el emperador lo quería a él cuando dictaba y se dirigía a él en medio del equipo de rapidísimos escribanos. Y nadie se daba cuenta de que él estaba atento a los engranajes del poder, desde los más elementales hasta los rincones más secretos.

La atención del emperador volvió a sentirse atraída por él un día que, cuando estaba dictando, hizo una pausa para reflexionar y Calixto se atrevió a susurrar el final de la frase. Una audacia jamás vista. Pero las palabras que le habían salido en un susurro, mientras esperaba con el calamus suspendido en el aire, eran exactamente aquellas, calculadas e insidiosas, que el emperador estaba buscando.

A fin de satisfacer la curiosidad del emperador, al igual que habían hecho para Tiberio, los informadores imperiales investigaron la procedencia del enigmático Calixto, y pareció realmente la historia de una familia de terratenientes muy rica, arruinada por las expoliaciones de la conquista, una historia anónima, como tantas otras.

– Por último -dijeron-, lo llevaron al gran mercado de esclavos de la isla de Delos y allí algún senador se fijó en él.

Sin embargo, cuando el emperador le preguntó por su pasado, Calixto respondió con cautela:

– Las desgracias de la insurrección destrozaron también a mi familia.

El emperador le preguntó dónde había sucedido.

– En Hait-ka-ptah, la Ciudad del Espíritu, que los romanos llaman Menfis -dijo concisamente-. Pero ahora los dioses me han resarcido por todo lo que he sufrido -añadió.

El hecho de nombrar Menfis distrajo al emperador y le produje emociones nostálgicas. Las cartas dirigidas a la preciosa provincia de Egipto -en la práctica un inmenso feudo personal desde Alejandría hasta File- empezaron a caer en manos de Calixto; y poco a poco también las misivas que llegaban de allí fueron leídas v cada vez más a menudo interpretadas por él, que esperaba con secreta ansiedad, día tras días, la manumissio, la liberación, la poderosísima posición de liberto imperial.

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