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– Lo haré -dijo Manlio, pensando en cuántos centenares de hombres tendría que llevar a aquella pendiente para transformar en piedra las líneas que la mano del emperador trazaba en el aire-. Lo haré -repitió con orgullo-. En Roma nunca se ha edificado nada parecido.

Testigos de la época escribirían que aquella sala tetrástila se había construido según unas normas de construcción desconocidas hasta entonces en Roma.

– Manlio -dijo el emperador-, debes estudiar aquellos edificios abandonados que están junto al Panteón, los jardines que fueron de Marco Antonio.

Aunque Manlio siempre ejecutaba inmediatamente las órdenes imperiales, en esta ocasión se sintió dominado por la sorpresa v por cierto miedo confuso.

– Augusto, ¿te refieres a ese viejo templo egipcio que demolió Tiberio?

– Exacto.

El emperador sonrió.

– A la gente no le gusta pasar por allí -se atrevió a decir Manlio-. Se habla de hechizos, de ruidos que se oyen por la noche…

Aquel pequeño templo isíaco había sido abandonado y reabierto cuatro veces, siguiendo la suerte del poder. Luego, durante la guerra en Egipto, el pueblo ingenuo, los desencantados senadores y los despiadados tribunos militares -por una vez todos de acuerdo- habían dicho que Marco Antonio había perdido el juicio el día que había regalado sus terrenos a los dioses egipcios, cuando Cleopatra estaba protegida por expertos en magia y provocadores de fuerzas ocultas que la hacían invencible.

Augusto, para acallar rápidamente esas habladurías y animar a los ciudadanos a participar en la guerra, había cerrado el templo y recuperado un rito mágico antiquísimo, largo y complicado, celebrado por veinte sacerdotes, los fetiales, heraldos espirituales de la guerra. Augusto había asegurado con resuelto cinismo que de ese modo neutralizaría los maleficios egipcios, y el cabeza de los fetiales había declarado: «Los hechizos de Cleopatra están disolviéndose como la niebla». Por suerte para Augusto y para los sacerdotes, los acontecimientos les habían dado la razón. Unos años más tarde, Tiberio, para más seguridad, había hecho quemar los muebles que se apolillaban en el templo vacío, y una hermosísima estatua de la diosa había sido arrojada al río desde la orilla más próxima.

Recordando esos errores, Manlio masculló:

– No le hará gracia a casi nadie que nos pongamos a remover esas ruinas.

En realidad, ni siquiera a él le hacía gracia. El emperador sonrió.

– Nosotros no construiremos un templo para visitar a los dioses, suponiendo que exista un lugar donde visitarlos. -No se acordaba de qué filósofo antiguo era el autor de esas palabras; apenas recordaba que se las había oído pronunciar al pobre Zaleucos. Pero quizá la errática técnica de enseñanza aplicada en los tiempos del castrum había producido resultados más útiles que muchos ampulosos métodos didácticos posteriores-. Nosotros, Manlio, traeremos a Roma tres mil años de un mundo que Roma no conoce.

«Solo mi padre comprendió ese mundo -pensó-, porque no lo miró con los ojos ardientes de la guerra.» Trató de explicar a

Manlio que Iunit Tentor, y Sais, y Ab-du no eran solo lugares de incomprensibles y tal vez maléficos ritos; durante milenios, entre sus muros infranqueables se había refugiado la obra más frágil de la humanidad: la cultura. Música, matemáticas, medicina, astronomía, arquitectura, todo había nacido allí dentro.

– Tendrás que proyectar grandes espacios, pórticos y salas -dijo. Pensó, pero era pronto para decirlo, que reuniría allí dentro todo cuanto fuera posible encontrar en materia de obras concebidas y escritas en los cuatro mil años anteriores a ellos, que ahora se desintegraban entre la arena del desierto-. Construiremos el centro del pensamiento nuevo -declaró.

Manlio, que pese a ser rico vivía en las obras, como el último de sus peones, compartiendo con ellos sopa de farro, carne de oveja y vino aguado, se dio cuenta por aquellas palabras de que el edificio debía ser inmenso. Sus dudas desaparecieron. Lo único que sabía de Egipto era que estaba al otro lado del peligroso mar Tirreno, por el que él no había navegado, pero tantos años de guerra le sugerían la idea de tremendas masas de piedra, y eso le atrajo apasionadamente. Se preguntó qué querría decir el emperador cuando hablaba de depositar allí dentro «el pensamiento nuevo», pero llegó a la conclusión de que el problema lo resolverían otros.

– Mañana por la mañana iré a mirar bien esas ruinas -prometió-. Luego…

El emperador sonrió.

– Escucharás los consejos del arquitecto Imhotep; acaba de llegar de Alejandría. Traerán de Egipto las estatuas de los animales sagrados, esfinges y leones de diorita, granito rojo y basalto negro. Haré esculpir los símbolos de los ríos sagrados, el Nilo y el Tíber, hermanos. Tendremos un paseo flanqueado por obeliscos, tendremos el jem, con la estatua de la diosa en mármol blanco. Y la mensa de las ofrendas, sin víctimas y sin sangre.

En ese momento apareció Trifiodoro, el joven y caprichoso decorador de Alejandría. Iba con la cabeza afeitada, y en la sien derecha se veía una fina cicatriz en forma de tau, signo de la iniciación isíaca. Llevaba el rollo de los dibujos bajo el brazo, y dijo al emperador:

– Mira, Augusto, he trabajado toda la noche para hacer lo que querías. Me ordenaste que, sobre la sagrada mensa del templo, en la que todos los días serán depositados perfumes, flores y luces ante la estatua divina, tenía que representar el significado de ese rito, porque muchos no lo entienden.

Manlio abrió los ojos con asombro. Como de costumbre, el emperador, sin decírselo a nadie, había llevado su proyecto mucho más allá de lo que los demás creían.

– Me ordenaste que representara el rito de forma que nada pueda destruirlo a lo largo del tiempo -dijo Trifiodoro-. Creo haberte obedecido, Augusto.

Extendió el rollo de papiro, lo estiró con los dedos nerviosamente. El rollo se convirtió en un gran rectángulo. Pacientes y limpias líneas trazadas con tinta de colores formaban una compleja composición de imágenes misteriosas distribuidas en recuadros. El emperador se inclinó para mirarla.

– He pensado -dijo Trifiodoro- que la mensa isíaca no será ni de piedra ni de mármol. Será de pesado bronce. Y no describiremos los ritos con palabras. Los grabaremos en imágenes damasquinadas en oro y plata, indestructibles. Reproduciremos, para la eternidad, el aspecto visible del rito y su significado secreto, lo que los ojos humanos no pueden ver. -Miró al emperador y le sonrió con juvenil complicidad-. Solo los iniciados comprenderán.

El «limes» oriental

Pero el Hado, que mueve los destinos de los hombres, inspiró al joven emperador construir un suntuoso criptopórtico, una larga y vasta galería revestida de mármol, para unir la nueva domus y la misteriosa sala de la Música con los antiguos palacios augustales. Y él enseguida adquirió la costumbre de pasear por allí los días de lluvia, mientras mantenía conversaciones de gobierno confidenciales. En una pared hizo esculpir en la piedra una copia de la Forma Imperii , el grandioso mapa de Marco Agripa, junto a cuyo frágil original en papiro se había dormido de pequeño cuando vivía en casa de Livia. En el mapa trazado en piedra -gracias a la precisión de los surcos y a la refinada aplicación del color-, las tierras y los mares, las ciudades, las vías, los confines del imperio destacaban con fuerza. Los ojos del emperador recorrían el extenso y neurálgico limes oriental, la frontera que desde el Ponto Euxino, el mar Negro, rozando el enemigo e indoblegable imperio parto, a través de Siria, Judea y Arabia Nabatea, llegaba hasta Egipto. «Las tierras que le costaron la vida a mi padre.»

Augusto, en la soledad de su vejez, casi justificando ante sí mismo las interminables matanzas, había escrito: «Las armas romanas, venciendo, han causado la paz por doquier» («Per totum imperium, Romanorum parta víctoriis pax»). Un concepto espléndido hasta el absurdo, que los conquistadores futuros más desaprensivos le copiarían con entusiasmo. Pero, para terminar, Augusto había escrito: «Es necesario frenar la codicia de seguir ampliando el imperio», la «cupido proferendi imperii».

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