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Por último había llegado el emperador, con vestiduras relucientes de gemas y filigranas pero tan insólitas que si lo habían reconocido era porque alguien había conseguido verle la cara. Junto a él caminaba esa sacerdotisa extranjera de cabellos del color de la noche, de la que ya hablaba toda Roma. El emperador había puesto la mano sobre aquel enorme timón (ningún marinero, por cierto, había visto nunca uno igual) y la proa de la nave había girado hacia la luna, que estaba saliendo, mientras los remos de la segunda nave apenas golpeaban el agua.

Así pues, el senador Lucio Vitelio, que poseía una grandiosa villa en el vecino monte Albano, se encontró asistiendo, aquel resplandeciente plenilunio de marzo, al primer rito isíaco a bordo de las naves sagradas en el lacus Nemorensis. Y a la noche siguiente se aventuró a preguntar al emperador el significado de aquella ceremonia.

El emperador sonrió.

– Por primera vez se ha celebrado un rito sin víctimas inocentes y sin sangre.

Y como precisamente ese misterio suscitaba en muchos siniestros recelos e inquietudes, Vitelio preguntó:

– ¿Un rito a qué dios?

El emperador se quedó un momento pensativo y respondió:

– Quisiera ponerte un ejemplo. Mira esa luz lunar: no sabemos qué es, pero nos ilumina a todos por igual.

Vitelio miró la luna sin comprender, y su sonrisa obsequiosa se transformó en una mueca irónica.

Mientras tanto, el emperador continuaba:

– Mi padre dijo un día: «Nuestros ojos ven poco, nuestros oídos no oyen, pero nuestra mente va mucho más lejos. Y los hombres no saben que, por más que luchen ferozmente, por más que hablen, discutan, recen con infinidad de palabras distintas, en realidad todos buscan, de la misma forma y en su alma, Aquello que sus ojos no consiguen ver».

El severo Vitelio escuchaba, y como lo movía una tremenda ambición de poder, pensó que el imperio había caído en manos de un extraño filósofo, pero que quizá eso permitiría desembarazarse de él sin desencadenar revueltas populares. A él, la frontera entre filosofía y locura le parecía reducidísima. Seguía sin decir nada.

– Este lago -dijo el emperador- es un monumento al sueño por el que mi padre dio la vida: la difícil paz entre los hombres. Y como ves, hoy tenemos paz en todas nuestras fronteras.

Era verdad. Durante su gobierno, desde el limes del Rin hasta el del Danubio, las orillas del Ponto Euxino, los desiertos nabateos, el sur de Egipto y de Mauritania, no hubo un solo día de guerra. Pero Vitelio se dijo que entre la idea de la gloria y la de la paz había tanta armonía como entre un lobo y una oveja encerrados en el mismo recinto. Y cuando fue a Roma sintetizó sus razonamientos contando que el emperador, vestido de forma extraña, «conversaba con la luna».

El correo caído en un precipicio

– Así ha sido -dijo en Roma Calixto, con su voz metálica, al senador Anio Viniciano- como ha decidido divorciarse. Por carta, como Marco Antonio con la hermana de Augusto: «Tuas res tibi agito», coge tus cosas. Parece increíble que la mujer más bella del imperio haya terminado siendo expulsada del palacio como una sierva. Y por esa otra, que tiene tres años más que él.

El ambicioso senador Viniciano había estado secretamente implicado en la conjura de Sertorio Macro, pero había aconsejado, prevenido, frenado y disuadido sucesivamente a sus cómplices con tal arte que, si ellos vencían, él era el jefe, mientras que si eran descubiertos él salvaba al emperador. Aun así, estaba lógicamente muy preocupado y preguntó, como una mujer en el mercado:

– Pero ¿es algo serio? ¿Es verdad que está embarazada?

No era una pregunta hecha con ánimo de chismorrear, porque él también tenía una hija joven y, pese a todo, habría cambiado con entusiasmo de política si el emperador hubiera puesto los ojos en ella.

– Esos dos no dicen nada. -Calixto sonrió-. Como los campesinos egipcios, temen que el espíritu con cabeza de chacal rapte a su primogénito. Pero, viéndola a ella -concluyó, consciente de que iba a desilusionar irreparablemente al orgulloso senador-, yo creo que no esperaremos mucho.

Viniciano se alejó, pensando con rabia que la odiada familia Julia estaba destinada a continuar.

Pocos días más tarde, al amanecer -la hora en que el emperador, saliendo del insomnio, convocaba a sus colaboradores de más confianza-, un informador, uno de esos speculatores anónimos que estaban quitando la paz a muchos poderosos de Roma, recorrió un discreto pasaje de servicio y, escoltado por dos mudos guardias germánicos, pidió audiencia.

El emperador escuchaba ya a sus informadores personalmente y no quería testigos.

Este entró sin que lo vieran, y se alegró de demostrar que valía el dinero recibido: llevaba, anunció, las fragmentarias pero alarmantes noticias de un complot, un terrible plan de asesinato.

– No son solo rumores, Augusto -dijo-, son dos documentos escritos, pruebas. Ha llegado a nuestras manos una imprudente correspondencia entre un tribuno que está en el Rin, en Maguncia, y alguien de Roma. Vimos partir a un correo de Maguncia con demasiada prisa y de un modo extraño. Lo seguimos a distancia. Se cayó del caballo en un lugar desierto de los Alpes.

El espía sonrió despiadadamente. El emperador lo escuchó, y cada palabra intensificaba su alarma. El hombre que había escrito el mensaje, y lo había confiado a aquel incauto correo, se hallaba peligrosamente en el interior de las legiones, estaba al mando de miles de hombres. El espía desplegó la hoja y la dejó, como si fuera un objeto precioso, sobre la mesa. El emperador leyó: era una promesa clara de entrar en Roma y, en cuanto lo hubieran matado a él, conquistar el voto del Senado con la fuerza de las legiones. Para dar mayor peso a la operación, el autor enumeraba a sus cómplices: otros cinco tribunos. Al final destacaba su firma: «Lentulo Getúlico, dux de las legiones de la frontera renana», el limes del imperio. Su poder militar era teóricamente enorme.

El emperador notó una sacudida física, como si la mesa se hubiera tambaleado. «Un cobarde inútil -pensó, furioso-, una familia que ha vivido de conspiraciones y conjuras desde los tiempos de Catilina. Algún traidor lo ha avisado de que estaba a punto de destituirlo y él planea un golpe de Estado con esas legiones mal dirigidas.» Contempló la firma de aquel hombre, contempló los nombres de los otros cinco, y era como ver sobre la mesa sus cabezas ya cortadas.

El espía esperó a que él valorase lo que había leído y luego continuó:

– No sabemos a quién debía entregar el correo el mensaje en Roma. La dirección solo estaba en su cabeza. Pero hemos tenido suerte. -Sonrió-. Getúlico, quizá para garantizar que era él quien había escrito la carta, mandó de vuelta, junto a su mensaje…, mira, Augusto…, la carta que había recibido de Roma. -Le tendió una fina y elegante hoja de papiro-. No sabemos quién la ha escrito porque no está firmada; solo lleva una inicial. Quizá tú puedas descubrirlo.

El emperador cogió la hoja, pero decidió reservársela para más tarde y la dobló: ese nombre romano debía permanecer más oculto que ningún otro. Elogió con calma la empresa del informador y este lo tranquilizó:

– El correo y su caballo cayeron a un profundo barranco.

El instinto sugirió al emperador recompensarlo él mismo de sus fondos privados. Y experimentó un leve malestar, porque hacía más de tres años que no manejaba dinero.

Después se encerró en la habitación, mientras el irreprochable espía se marchaba sin hacer ruido. Se sentó, cogió aquella arrugada hoja anónima que había llegado a Maguncia procedente de Roma y que volvía a Roma de un modo sin duda no deseado por su autor. Sonrió. «Ahora estás despertándote y esperas qué llegue el correo.»

Mientras sonreía y estiraba la hoja, sus ojos descendieron hasta la inicial de la última línea: una complicada rúbrica en torno a la letra L escrita en cursiva, tan estrambótica que cualquiera que la hubiese visto una vez no podía olvidarla. Y él la había visto al final del contrato de matrimonio entre su difunta hermana Drusila y ese vil patricio al que ella había amado: Emilio Lépido. Sus pensamientos se interrumpieron.

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