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– No molestes, Picardito -amonestó el doctor.

– Yo no hincho -protestó Picardo-. ¿A que no sabe, doctor, qué le pasa al pobre sujeto? En contubernio con un alemán que enseña a los perros metió a la señora en el loquero y ahora está arrepentido.

El doctor me pidió sinceramente:

– Tómelo como de quien viene. Usted sabe, además, que Picardito no es malintencionado.

– Mire -le contesté-, no hago caso, porque lo conozco a Picardo; pero de que es malintencionado no le quepa duda.

– La mala entraña le sale del alma -me apoyó el mozo, mientras ofrecía otra vuelta de guiso.

Picardo insistió:

– Ahora anda como alma en pena, porque se arrepintió y quiere sacarla del loquero.

¿Cómo se habrá enterado? Mi eterna prédica: en el pasaje toda noticia de algún modo se filtra.

– Perdone que me inmiscuya -dijo Rivaroli- ¿Puedo preguntar algo?

Francamente, yo no quería que el individuo se mezclara en mis asuntos. Por no encontrar la manera de decir que no, dije que sí.

– Nadie mejor para darte una mano, si realmente querés sacar a la señora -observó Picardo.

Yo debía de estar bastante nervioso, porque fue una enormidad lo que esa noche comí de guiso y de pan, sin contar que me pasé con el Semillón.

– Motivaciones de ética profesional me inducen a someterle una pregunta -aclaró el doctor-. ¿Usted recuerda si ha extendido la autorización pertinente?

– ¿Pertinente?

– Para la internación de su cónyuge.

– Yo no firmé nada -contesté.

– Se portó -me dijo-. Nunca se firma nada. ¿Sabe si la señora dio su autorización por escrito?

– No, eso no sé.

– Si no la dio, tenemos el punto de apoyo y actuamos. Trajeron la cuenta.

– Yo pago -dijo el doctor.

– No, yo pago -repliqué- lo de Aldini y lo mío. Con entusiasmo comentó Picardo:

– Ya verás cómo el doctor los hace bailar en la cuerda floja. No aclaró a quiénes.

– Estoy a su entera disposición -me aseguró el doctor mientras salíamos-. En el momento competente me lo despacha a Picardito, para que me avise. Le garanto que le salgo más barato que la internación con la ventaja de tener a la señora en casa.

Como había empezado a lloviznar, el doctor se ofreció para llevarnos en el coche. Aldini y yo no le permitimos que se moleste porque después de tanta sociabilidad estar a solas entre amigos es verdadero descanso. Nos encaminamos al pasaje. La llovizna se convertía en aguacero, la renguera de Aldini demoraba la marcha, la ropa se empapaba y llegué a preguntarme si más no hubiera valido aceptar la invitación de Rivaroli. Debajo de una cornisa esperamos que pasara el chubasco. Aldini, de pronto, me dijo:

– No te metas con abogados. Te van a sacar hasta las plumas.

– Hay que ser justo -contesté-. En un punto le doy la razón a Picardo. Si quiero que me la devuelvan a Diana, no debo poner dificultades.

– Me pregunto si la conversación de esta noche no te compromete. Es una pregunta.

– No le dije que sí.

– Ni que no. A un bicho como ése, mejor no tenerlo como enemigo. Tampoco a los del loquero.

– Bueno, che, hay que elegir. Si quiero sacarla, con alguien voy a quedar mal.

– ¿Vos creés que tu señora le habrá dado la autorización al alemán?

– ¿Por qué iba a dársela?

– No sé. Pregunto.

– Preguntás por algo.

La lluvia paró un poco, así que seguimos la marcha, Aldini resuelto a caminar despacio, yo tirándolo de un brazo, lo que era increíblemente cansador. Cuando cruzamos la calle, el rengo se negó a saltar el agua, o no pudo, y se mojó hasta las pantorrillas. Observó reflexivo:

– Si después resulta que la firmó, quién sabe las complicaciones en que te mete el abogado.

– ¿Vos creés?

– Calumnia o lo que sea -tras un silencio, agregó-: No me gustaría tener de enemigos a los del loquero.

Habíamos llegado al pasaje. Las cavilaciones de Aldini me habían aburrido.

– Y, che, con alguien voy a quedar mal -comenté-. Ahora me voy a la cucha, porque me caigo de sueño.

– Feliz de vos. Yo todavía tengo que pasear a Malandrín, amén del tecito que habrá que prepararle a Elvira.

En casa todo el mundo estaba con la luz apagada. Por culpa del guiso pasé la noche soñando pesadillas y disparates.

XIX

Si le cuento que a la otra mañana Ceferina me trató con notable consideración a lo mejor no me cree. Sin embargo le digo la pura verdad. Por algo repite don Martín que el humor de la mujer es tan variable como el clima de Buenos Aires.

Estábamos mateando cuando le dije a Ceferina:

– Si viene algún cliente, hasta la tarde no estoy en el taller.

Ceferina comentó con mi cuñada:

– Como lo oíste: ahora se pasa la mañana afuera.

Hacía de cuenta que yo no estaba ahí, pero usted no vaya a suponer que habló con desprecio. A la legua se le notaba el tonito de admiración y desconcierto. Juraría, además, que las dos mujeres no estaban tan enemistadas como de costumbre. ¿Quién las entiende?

– ¿Dónde vas? -preguntó Adriana María.

– Vuelvo a almorzar -contesté.

Se miraron. Casi les tuve lástima.

Como el tiempo había cambiado, caminé con ganas, de modo que llegué bastante pronto a las inmediaciones del Instituto Frenopático. Le confieso que me recosté contra la verja de la Clínica de Animales Pequeños, porque a la vista del Instituto el coraje empezó a flaquear; yo no temía por mí. Desconfiaba de mi habilidad para argumentar y para convencer y me preguntaba si con la visita al director no empeoraría la situación de Diana; si todavía la pobre no pagaría mis torpezas y desplantes.

Es claro que al temer por Diana, temía por mí, porque no puedo vivir sin ella. Creo que la misma Diana me dijo una vez que todo amor, y sobre todo el mío, es egoísta. Por otra parte, si yo no le hablaba a Samaniego, me exponía a que el día de mañana Diana me reprochara: "No sacaste la cara por mí".

Como pude, templé el ánimo, crucé la Baigorria y llamé a la puerta del Instituto. Un enfermero me hizo pasar al despacho del doctor Reger Samaniego, donde, después de esperar un rato, me recibió personalmente su ayudante, el doctor Campolongo. Se trata de un individuo de cara afeitada, muy pálida y redonda, tan peinado que usted supone que echó mano a compás y regla para distribuir los pelos.

Primer detalle que no me gustó: en cuanto me tuvo ahí, cerró la puerta con llave. Había otra puerta que daba adentro.

Le podría inventariar ese despacho que mientras viva no olvidaré. A la derecha descubrí uno de esos relojes de pie, de madera oscura, marca T Dereme, que si usted les brinda la atención que merece toda máquina son, por lo general, puntuales. El del Instituto estaba parado a la una y trece, desde quién sabe cuándo. A la izquierda había un fichero metálico y una pileta de lavar, con su repisa, donde divisé varias jeringas para inyecciones. En el centro estaba el escritorio, con un recetario, algunos libros, un teléfono, un timbre en forma de tortuga con el caparazón de bronce. El escritorio era un mueble de madera negra, muy labrada, con una guarda de cabecitas con expresión y todo, un trabajo de mérito, pero que me repelía un poco, porque debía de traer mala suerte. Había también sillones, con el respaldo y el asiento en cuero repujado, muy oscuro y con las mismas cabecitas de la mala suerte. En la pared del fondo, entre diplomas, había un cuadro con personajes trajeados con túnica y casco.

Me dijo Campolongo:

– Va a tener que perdonar al doctor Regel Samaniego. No puede atenderlo. Está en el quinto.

– ¿En el quinto?

– Sí, en el quinto piso. En cirugía.

– No sabía -le contesté, para ocultar mi contrariedad- que ustedes hicieran operaciones.

– La cirugía -me explicó satisfecho- hoy por hoy enriquece el arsenal de la terapéutica psiquiátrica de avanzada. ¿En qué puedo serle útil, señor Bordenave?

– Venía por noticias de mi señora.

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