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Mientras tanto, Plinio el Viejo, la autoridad en animales del Mundo Antiguo, ubicó a los unicornios, basiliscos y manticoras entre los rinocerontes y los lobos, y ofreció su propio relato acerca de la forma en que los huevos de gallina podían predecir el sexo de un bebé nonato. Me bastó con mirar diez días seguidos el acertijo para sentirme como uno de los delfines descritos por Plinio, hechizado por la música humana pero incapaz de hacer mi propia música. Sin lugar a dudas, Colonna estaba pensando en algo muy ingenioso cuando escribió este acertijo; yo, simplemente, resulté ser sordo a sus encantos.

Tres días después incumplí la primera fecha de entrega. Me di cuenta, medio hundido en una pila de fotocopias de Aldrovandi, de que encima de mi escritorio estaba el borrador incompleto del último capítulo de mi tesina sobre Frakenstein. Mi asesor de tesina, el profesor Montrose, un catedrático de Literatura Inglesa viejo y ladino, notó mi aspecto agotado y supo que estaba tramando algo. Sin sospechar siquiera que no era Mary Shelley quien me robaba el sueño, pasó por alto mi incumplimiento. Pero también incumplí la siguiente fecha límite, y así, calladamente, comenzó el peor periodo de mi último año, una secuencia de semanas en las que nadie parecía percatarse de mi lento alejamiento de mi propia vida.

Me quedaba dormido en las clases de la mañana y me pasaban las conferencias de la tarde resolviendo acertijos mentalmente.

Más de una noche observé a Paul darse un descanso más temprano que de costumbre, apenas pasadas las once, para ir con Charlie a comer un bocadillo tardío al Hoagie Heaven. Siempre me invitaban a ir con ellos, luego preguntaban si quería que me trajeran algo, pero siempre me negué, al principio porque me enorgullecía del rigor monástico con que vivía, y después porque noté un cierto abandono en la manera en que parecían ignorar su trabajo. La noche en que Paul fue con Gil a buscar helado en lugar de seguir investigando sobre la Hypnerotomachia , se me ocurrió por primera vez que no estaba haciendo su parte del trato.

– Has perdido el norte -le dije. Mis ojos empeoraban de tanto leer en la oscuridad, y aquello no hubiera podido llegar en peor momento.

– ¿Que he perdido qué? -dijo Paul, dándose la vuelta antes de subir a su litera. Pensó que había oído mal.

– ¿Cuántas horas al día estás invirtiendo en esto?

– No lo sé. Tal vez ocho.

– Yo he trabajado diez horas al día durante toda esta semana. ¿Y encima te vas a comprar helado?

– He estado diez minutos fuera, Tom. Y esta noche he hechos muchos progresos. ¿Qué problema hay?

– Ya casi estamos en marzo. Tenemos que entregar el trabajo dentro de un mes.

Paul ignoró la persona del verbo.

– Pediré un aplazamiento.

– Quizás debieras trabajar más.

Probablemente era la primera vez que alguien había pronunciado esas palabras en presencia de Paul. Yo sólo lo había visto enfadado un par de veces, pero nunca como entonces.

– Estoy trabajando mucho. ¿Con quién te crees que estás hablando?

– Estoy a punto de resolver el acertijo. ¿Y tú? ¿Dónde estás tú?

– ¿A punto? -Paul sacudió la cabeza-. No me estás diciendo esto porque estés a punto. Sino porque estás perdido. Estás tardando mucho en resolver este acertijo. No tiene por qué ser tan difícil. Simplemente has perdido la paciencia.

Lo miré intensamente.

– Así es -dijo, como si hubiera esperado días para decirlo-. Yo casi he resuelto el siguiente acertijo, y tú todavía estás trabajando en el último. Pero he intentado mantenerme al margen. Cada uno trabaja a su ritmo, y tú ni siquiera has querido que te eche una mano. Pues muy bien, hazlo por tu cuenta. Pero no trates de echarme la culpa. Aquella noche no volvimos a hablar.

Si le hubiera escuchado, tal vez habría aprendido antes la lección. En cambio, hice lo indecible para demostrar que estaba equivocado. Empecé a trabajar hasta más tarde y a levantarme más temprano, cada día ponía el despertador quince minutos antes, con la esperanza de que Paul notara la continua imposición de disciplina en los aspectos más descuidados de mi vida. Cada día encontraba una nueva forma de pasar más tiempo con Colonna, y cada noche llevaba la cuenta de las horas como un pordiosero que cuenta monedas. Ocho el lunes; nueve el martes; diez el miércoles y el jueves; casi doce el viernes.

«¿Qué tienen en común un escarabajo ciego, una lechuza y un águila de pico curvo?» A los niños se les colgaban del cuello escarabajos cornudos para prevenir enfermedades, escribió Plinio; los escarabajos dorados producen una miel venenosa, y son incapaces de sobrevivir en una localidad cercana a Tracia llamada Cantaroletus; los escarabajos negros se congregan en las esquinas oscuras, y se encuentran sobre todo en los baños. Pero ¿los escarabajos ciegos?

Pude dedicar más tiempo al estudio renunciando a comer en el Cloister: tardaba media hora en ir y volver, y otra media en comer en compañía en lugar de solo. Dejé de trabajar en el Salón Presidencial del Ivy, tanto para evitar encontrarme con Paul como para ahorrar los minutos que habría tardado en hacer el trayecto. Reduje las llamadas telefónicas al mínimo, me afeitaba y duchaba sólo cuando era necesario, dejaba que Charlie y Gil se ocuparan de abrir la puerta, y transformé en verdadera ciencia el ahorro mediante la supresión de mis modestas costumbres.

«¿Qué tienen en común un escarabajo ciego, una lechuza y un águila de pico curvo?» De las criaturas que pueden volar y carecen de sangre, escribió Aristóteles, algunas son coleópteros, que tienen las alas cubiertas como los escarabajos; de los pájaros que vuelan de noche, algunos tienen el talón torcido, como el cuervo nocturno y la lechuza; y en la vejez, el pico superior del águila se vuelve cada vez más largo y más curvo, de tal manera que el pájaro muere lentamente de inanición. Pero ¿qué tienen en común los tres?

Katie -decidí- era una causa perdida. No importaba qué hubiera representado para mí; ahora sería otra cosa para Donald Morgan. El hecho de que los viera con tanta frecuencia a pesar de que salía de mi habitación con muy poca se debía a mis pensamientos y mis sueños, en los cuales ellos dos aparecían constantemente, siempre haciendo el ridículo. Los veía en esquinas y en callejones, en las sombras y en las nubes: cogidos de la mano, besándose y hablándose cariñosamente, y todo eso en mi favor, para alardear de que un corazón frívolo se cura con la misma facilidad con que se rompe. En mi habitación había un sujetador negro que Katie se había dejado tiempo atrás y que nunca me había acordado de devolverle, y se convirtió en una especie de trofeo para mí, un símbolo de la parte de Katie que se había quedado conmigo y que Donald nunca podría poseer.

Tenía visiones de Katie desnuda en mi habitación, recuerdos del día en que disfrutamos tanto de nuestra compañía que ella se olvidó de sí misma, olvidó que yo era otra persona y abandonó todas sus inhibiciones. Se quedaron conmigo todos los detalles de su anatomía, todas las graduaciones de la sombra bajo sus senos. Bailó con la música que salió de mi reloj despertador, pasándose una mano por el pelo, manteniendo la otra sobre el micrófono invisible que había frente a su boca, y yo era su único espectador.

«¿Qué tienen en común un escarabajo ciego, una lechuza y un águila de pico curvo?» Todos vuelan, pero Plinio dice que algunas veces los escarabajos cavan. Todos respiran, pero Aristóteles dice que los insectos no inhalan. Nunca aprenden de sus errores, pues Aristóteles dice que muchos animales tienen memoria… pero ninguna criatura, salvo el hombre, puede recordar el pasado a voluntad. Pero también los hombres pueden ser incapaces de aprender del pasado. Según esos parámetros, todos somos escarabajos ciegos y lechuzas nocturnas.

El jueves, 4 de marzo, alcancé el récord de horas dedicadas a la Hypnerotomachia. Ese día pasé catorce horas releyendo pasajes de seis historiadores naturales del Renacimiento y redactando veintiuna páginas de notas (a espacio sencillo). No fui a ninguna clase, hice las tres comidas en mi escritorio y aquella noche dormí exactamente tres horas y media. No había puesto un ojo sobre Frankenstein en varias semanas. Los otros pensamientos que me cruzaron por la mente estaban relacionados con Katie, y sólo me compelían a seguir haciendo de mi vida un caos. Mi dominio de mí mismo era adictivo. Algo de eso había, en todo caso, porque no lograba avanzar en lo más mínimo con el acertijo.

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