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– Nunca te pregunté: ¿Qué hicisteis esa noche?

– Puedo contártela hora por hora: Fuimos al depósito a dejar nuestro equipaje. Pasamos el puente, atravesamos la Plaza de la Concordia. Nos sentamos a una mesa en Weber. Allí empecé mi extorsión.

– ¿Una extorsión? ¿Qué extorsión? ¿El suicidio?

– ¿El suicidio? Sí, al principio…, pero no creyó, entonces le tendí esta trampa: "Haré cualquier cosa que usted me mande". Y él contestó en seguida lo que yo esperaba: "Vuelva junto a su muier". No protesté. Le aseguré que podía contar con mi palabra, con esta sola condición: él mismo me llevaría a Larjuzon y se quedaría hasta que me sintiera curado. Se indignó de que pudiera creerlo capaz de retardar su entrada en el Seminario por una causa tan fútil. Yo me indigné a mi vez de que se atreviera a decidir mi destino con tanta ligereza. Se turbó, pues se trataba de ti, en ese momento, Michéle. Tú sola lo interesabas entonces…

– No por mucho tiempo.

Ella reía. Él estuvo a punto de gritar: "No rías", y se apartó de ella. Pero la mujer volvió a acurrucarse. Jean insistió:

– Te había visto en el andén. Había comprendido que sufrías. Yo le interesaba sólo por ti. ¿No lo sabías?

– Me habló dos o tres veces del traje sastre de brin negro y blanco que llevaba puesto aquel día. Recuerdo haberle dicho riendo que tendría que esperar al mes de mayo para ponérmelo de nuevo y correr el albur de que le gustara otra vez. No recuerdo lo que contestó… Nada, sin duda. No escuchaba, ni siquiera oía ciertas cosas.

– Es que en ese momento habías entrado a tu vez en la zona de sombra. Un solo ser existía para él, por entero, en cuerpo y alma, y después pasaba a otro, como si hubiera buscado a aquel por quien debía morir.

Se interrumpió y suspiró:

– Michéle, me doy cuenta de pronto, era eso lo que me volvía celoso hasta la locura: necesitaba esa víctima para mí solo, ¿comprendes? No quería compartirla con nadie. No era demasiado esa joven vida para rescatar la mía.

– ¡Pero no, qué locura! ¡Qué buscas!

Escucharon un instante una lluvia débil y suave que quizá no hubieran oído si el olor de la noche no la hubiera revelado.

– Ese Xavier, ¡ qué imagen -falsificada de Dios amaba! Ser todo entero de todos y de cada uno: tú, al principio, luego yo, después todas las demás personas que encontramos en Larjuzon al llegar, ¡y hasta ese mocoso! Me sentía capaz de ahogarlo como a un gatito. ¡ Ah, Dios mío!

Ella le tomó la cabeza con las manos, repitiendo: "Se acabó, ya no lo odias, estás curado, se acabó", y con el pañuelo enjugaba el rostro que no podía ver.

– No pienses más en Roland. Contéstame, mejor: ¿adonde fuisteis al salir del Weber? ¿Al hotel?

– No, no nos acostamos. Fuimos a Montmartre a pie, yo llevándolo sin cesar hacia ti, a tu destino que dependía de él, que pendía de su decisión. Él se irritaba, se debatía. Yo sabía que lo tenía atrapado.

– ¿Durante la noche no os separasteis en ningún momento?

– Claro que sí, por supuesto. Él entró en el Sagrado Corazón por una puerta lateral. Había una noche de adoración por no sé qué cosa. Lo cité en la estación de Orsay media hora antes de la partida del primer tren para Burdeos. Me juró que no lo encontraría, pero yo estaba tranquilo.

– ¿Por dónde te arrastraste hasta el alba?

No contestó, se alejó un poco de ella, volvió la cabeza hacia la pared. La mujer murmuró: "He comprendido". Él dijo con la cabeza siempre vuelta hacia el otro lado: -Escucha: yo quería probarme a mí mismo que con otra todo volvía a ser posible. ¿Ahora ya no te hiere? Ya no existe ninguna razón para que te sientas ofendida…

La atrajo hacia sí. Era el olor de la lluvia en el cuarto, o el olor de sus rostros mofados. Eran sus suspiros y sus quejas o el estremecimiento de las ramas. Unos gatos furiosos maullaron al lado de los cuartos de la servidumbre.

Ella dijo en voz baja: "Pienso en su pobre cuerpo en este momento". Él no contesto. La mujer preguntó:

– Cuando lo encontraste por la mañana en la estación, ¿qué hicisteis?

– Fui a telefonear a Larjuzon. No contestaste tú, sino Dominique. Así me enteré de que no estabas sola aquí, que nos esperaba un montón de gente. ¡Qué idea haber invitado a Brigitte Pian!

– Por primera vez prefería cualquier presencia, aun odiosa.

– Oculté esa presencia a Xavier por temor a que le sirviera de pretexto para no venir.

– ¿No se oponía?

– No, acababa de escribir sobre la mesa de un café dos cartas, al superior del Seminario y a su director espiritual, para advertirles que a último momento se echaba atrás. Creo que no les daba ninguna razón, salvo el deseo de reflexionar un poco más. Sabía que todo había terminado. Me lo dijo en el tren como si se tratara de la cosa más sencilla.

– ¿Qué te dijo? Recuerda las palabras que empleó.

– Esto, sencillamente: "Que todo iba a terminar para él". Ella preguntó:

– ¿Crees que sabía de antemano…? -Callaron un instante. Michéle agregó-: Recuerdo la noche en que llegasteis, después de haber dado una vuelta por el parque, cuando entramos en el salón, él estaba de pie frente a Brigitte inmóvil, vieja parca tallada en piedra, como sueles decir. Y él semejante a un cordero, con las patas atadas.

II

– Haria mejor en irse a dormir, señor, sin esperar el regreso de su amigo. Cuando su mujer y él dan una vuelta por el parque para explicarse, como dicen, créame que puede durar horas.

Xavier estaba de pie en medio del cuarto, como fascinado por los anteojos negros de Brigitte Pian. En aquella semitiniebla sólo podían servir para disimular la mirada. El gran rostro fofo y pálido, bajo unos mechones blancos amarillentos que hinchaban un crespón, lo intrigaba menos, sin embargo, que la muchacha un poco apartada, en el sofá, que le mostraba a un chico endeble las imágenes de un gran libro cuya encuademación dorada brillaba. La señora Pian le había dicho a Xavier señalándola: "Mi secretaria…" Pero ¿quién era el niño?

Los acontecimientos nunca adquieren el ritmo previsto. Xavier no había dudado de que en Larjuzon encontraría a Michéle sola. Y he aquí que había invitado a la vieja Brigitte Pian, la segunda mujer de su padre, a quien había aborrecido siendo niña, según aseguraba Mirbel. Eran las diez de la noche cuando el auto alquilado en Burdeos había dejado a los viajeros en el umbral. En un escritorio, a la derecha de la entrada, tronaba la vieja Pian, con las manos deformadas descansando sobre el estómago y, detrás de ella, esa muchacha y ese chico. Una mueca que debía de ser una sonrisa le torció la boca cuando Mirbel le presentó a Xavier:

– ¿Usted es el hijo de Emma Dartigelongue? La conozco mucho: nos encontramos siempre en el comité de Damas de la Caridad.

Michéle, después de un breve saludo a Xavier (sin tenderle la mano), había arrastrado a su marido al vestíbulo. Susurraron. Mirbel alzó la voz para preguntar en tono enfurecido:

– ¿Por qué Roland está aquí? Te dije que no quería verlo más.

– Como si no fueras tú quien…

El ruido de sus pasos sobre la grava del sendero cubrió las últimas réplicas. Xavier sólo oyó el crujido de las páginas que la joven volvía y al chico que respiraba ruidosamente. Ella le dijo: "¿Quieres sonarte?" Xavier reconoció de lejos las imágenes de Alphonse de Neuville: era la Historia de Francia contada a mis nietos.

– Preferiría esperar a que vuelvan…

– No, créame, señor, temo que no se dé cuenta, pero si conociera a Michéle… La posición de usted es delicada, es lo menos que puede decirse. Será más juicioso que se vaya a su cuarto, Jean irá a verlo dentro de un rato. No me parece prudente que se enfrente con Michéle esta misma noche: déme tiempo para prepararla. Pero primeramente debemos tener usted y yo una conversación seria. Cada cosa a su tiempo -agregó con aire goloso, como una persona hambrienta resuelta a cuidar el alimento del que acaban de proveerla. Después de un silencio agregó-: Creo que mañana mismo tendré que escribirle a su madre: se sentirá tranquila de saberlo aquí, bajo mi ala.

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