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– ?se es el falaz argumento que siempre se esgrime despu?s de los duelos.

– Pero no siempre con igual justicia. Y en un caso, al menos, tuvo ?xito.

– ??xito? Explicaos mejor…

– Hace diez a?os, en el Delfinado. Me estoy refiriendo al caso del se?or de Gesvres, un caballero de aquella provincia que oblig? a batirse en duelo al se?or de La Roche Jeannine, y lo mat?. El se?or Jeannine pertenec?a a una familia poderosa, que se empe?? en obtener justicia apelando al mismo argumento que ahora presento contra el marqu?s de La Tour d'Azyr. Como recordar?is, los jueces declararon que hab?a habido provocaci?n intencionada por parte del se?or de Gesvres, y le hallaron culpable de asesinato premeditado, y lo ahorcaron.

El procurador del rey salt? en su asiento y ladr?:

– ?Mal rayo me parta! ?Ten?is la desfachatez de sugerir que el se?or marqu?s debe ser ahorcado?

– ?Por qu? no, se?or, si la ley lo ordena, y m?s a?n si existe un precedente como el que os acabo de referir, y que se puede verificar sin dificultad?

– ?Me pregunt?is por qu? no? ?Ten?is la temeridad de pregunt?rmelo?

– S?, se?or, la tengo; ?pod?is contestarme? Si no pod?is, pensar? que para una poderosa familia como la de La Roche Jeannine es posible hacer cumplir la ley, esa misma ley que permanece muda e inerte cuando se trata de un pobre hombre desconocido que ha sido brutalmente asesinado por un noble. El se?or de Lesdigui?res comprendi? que con argumentos no conseguir?a convencer al decidido joven y decidi? amenazarle.

– Os dar? un ?ltimo consejo, que os march?is enseguida, y ya pod?is dar gracias de que os deje salir de aqu? sin castigo.

– ?Debo entender, caballero, que os neg?is a emprender la investigaci?n del caso que he presentado? ?Nada de lo que os he dicho ha podido conmoveros?

– Lo que deb?is entender es que si dentro de dos minutos no est?is fuera de aqu? tendr?is que ateneros a las consecuencias. El procurador del rey hizo sonar la campanilla de plata. Pero Andr?-Louis no se call?:

– Os he informado de que ha tenido lugar un as? llamado «duelo» en el transcurso del cual ha muerto un hombre. Resulta extra?o que tenga que recordaros a vos, encargado de administrar la justicia del rey, que los duelos est?n prohibidos por la ley y que es vuestro deber abrir una investigaci?n. Estoy aqu? como abogado de la atribulada madre de Philippe de Vilmorin para exigiros esa investigaci?n que deb?is a su familia.

Detr?s del joven abogado se abri? suavemente una puerta. El procurador, p?lido de furia, apenas pod?a contenerse:

– ?Quer?is provocarme, insolente truh?n? -bram?-. ?Cre?is que la justicia del rey debe actuar s?lo porque as? lo quiere un desvergonzado plebeyo? Estoy asombrado de mi paciencia con vos. Pero os dar? un ?ltimo aviso, se?or abogado: refrenad esa lengua o tendr?is que arrepentiros de su ligereza. ?Sacad a este hombre de aqu?! -levant? despreciativamente su enjoyada mano dirigi?ndose al ujier que estaba detr?s de Andr?-Louis.

El joven abogado titube? un instante. Entonces, encogi?ndose de hombros, se volvi? hacia la puerta. Aqu?l era el molino de viento; y ?l, el caballero andante de la triste figura. Atacarlo m?s de cerca ser?a exponerse a ser despedazado. No obstante, antes de salir, Andr?-Louis se volvi?:

– Se?or de Lesdigui?res -dijo-, ?puedo citaros un ejemplo curioso de la Historia Natural ? El tigre fue durante siglos el rey de la selva y aterrorizaba a todos los animales, incluyendo a los lobos. Pero el lobo, cazador tambi?n, un d?a se cans? de ser cazado. Se uni? con otros lobos, y todos juntos, formando manadas para protegerse, descubrieron la fuerza del grupo, o sea, de la asociaci?n, y se lanzaron a la caza del tigre con resultados desastrosos para ?ste. Deber?a estudiar a Buffon, se?or de Lesdigui?res.

– Ya esta ma?ana he tenido ocasi?n de estudiar a un buf?n -replic? con una sonrisa de sarcasmo el procurador del rey. De no ser porque estaba convencido de que su retru?cano era muy ingenioso, probablemente no se hubiera dignado responderle-. Y no os entiendo -a?adi?.

– Ya me entender?, se?or de Lesdigui?res. Ya me entender? -dijo Andr?-Louis y sali?.

CAP?TULO VII El viento

Andr?-Louis acababa de romper su in?til lanza contra el poderoso molino de viento. La imagen quijotesca sugerida por el se?or Kercadiou persist?a en su mente, y ahora comprend?a que s?lo gracias a su buena suerte hab?a escapado indemne de aquella entrevista. Ahora le quedaba s?lo el viento, el torbellino. Y lo que estaba ocurriendo en Rennes, reflejo de los graves sucesos de Nantes, hac?a soplar aquel viento a su favor.

Volvi? casi corriendo a la Plaza Real, donde la aglomeraci?n del populacho era mayor. Seg?n su opini?n, all? estaba el coraz?n y el cerebro de aquella conmoci?n que excitaba a la ciudad.

Pero la conmoci?n que Andr?-Louis hab?a presenciado all? antes no era nada comparada con la que encontr? a su regreso. La primera vez hab?a un cierto silencio en torno a la voz del orador que denunciaba al Primer y al Segundo Estado desde el pedestal de la estatua de Luis XV. Ahora el aire vibraba con la voz de la multitud que se levantaba furiosa. Aqu? y all? los hombres alzaban sus pu?os y garrotes, y por doquier se desencadenaba la m?s fiera anarqu?a mientras los gendarmes, enviados por el procurador del rey, no lograban restablecer el orden en medio de aquella tempestuosa marea humana.

De todas partes brotaban los gritos de: «?A palacio! ?A palacio! ?Mueran los asesinos! ?Mueran los nobles! ?A palacio!».

Un artesano que estaba junto a Andr?-Louis le explic? el motivo de la creciente excitaci?n:

– ?Le han matado! Su cuerpo est? a?n al pie de la estatua, y hace menos de una hora que asesinaron a otro estudiante cerca de las obras de la catedral. ?Claro, lo que no consiguen por una v?a, lo intentan por otra!

El artesano estaba enardecido:

– Nada los detendr?. ?C?mo no pueden intimidarnos, por Dios que est?n dispuestos a asesinarnos! Est?n decididos a que los Estados de Breta?a hagan lo que ellos quieran. Lo ?nico que les importa es defender sus intereses.

Andr?-Louis lo dej? con la palabra en la boca y trat? de abrirse paso a trav?s de aquella avalancha humana.

Al pie de la estatua se encontr? con un grupo de estudiantes que, rodeando el cuerpo del muchacho asesinado, expresaban su temor y su rabia.

– ?Qu? haces t? aqu?, Moreau? -dijo una voz.

Andr?-Louis mir? a su alrededor y se encontr? con un hombre peque?o, de unos treinta a?os, que le miraba con cierta impertinencia. Era Le Chapelier, un abogado de Rennes, un prominente miembro del Casino Literario de esa ciudad, hombre de ideas revolucionarias y con excepcionales dotes de orador.

– ?Ah, eres t?, Le Chapelier! ?Por qu? no te diriges a la gente? ?Por qu? no les dices lo que tienen que hacer? ?Vamos, hombre, sube! -dijo Andr?-Louis se?al?ndole el pedestal.

Le Chapelier escudri?? el rostro impasible de Andr?-Louis tratando de detectar la iron?a que sospechaba en sus palabras. Ambos eran polos opuestos en sus puntos de vista pol?ticos y, como todos los miembros del Casino Literario de Rennes, aquel vigoroso republicano desconfiaba de Andr?-Louis. De haber prevalecido la opini?n de Le Chapelier contra la influencia de Vilmorin, Andr?-Louis hubiera sido expulsado mucho antes de aquella tertulia intelectual de Rennes, cuyos miembros estaban exasperados por las burlas que ?l hac?a de sus ideales.

Por eso ahora Le Chapelier sospechaba que la invitaci?n de Andr?-Louis era otra de sus burlas, y aunque no encontr? en su rostro ninguna se?al de iron?a, sab?a por experiencia que aquella cara nunca sol?a delatar los pensamientos que tras ella se ocultaban. -Nuestras opiniones no pueden coincidir en esto -dijo Le Chapelier.

– Pero ?puede haber aqu? dos opiniones? -repuso Andr?-Louis.

– Dondequiera que nos encontremos siempre habr? dos opiniones, Moreau, sobre todo ahora que eres delegado de un noble. Ya puedes ver con tus propios ojos lo que hacen tus amigos. No me cabe la menor duda de que est?s de acuerdo con sus m?todos -dijo con fr?a hostilidad Le Chapelier.

Andr?-Louis le mir? sin sorprenderse. Despu?s de todo, si siempre estaban enfrentados en los debates acad?micos, ?c?mo no iba a sospechar Le Chapelier ahora de sus intenciones?

– Si no te diriges a las gentes para decirles lo que deben hacer, lo har? yo -declar? Andr?-Louis.

– ?Caramba! Si quieres que te atraviesen con una bala, no ser? yo quien lo impida. Quiz?s as? quedemos en tablas.

Apenas dijo esto, Le Chapelier se arrepinti?, pues por toda respuesta, Andr?-Louis subi? de un salto al pedestal. Ahora estaba alarmado, pues s?lo pod?a suponer que la intenci?n de Andr?-Louis era hablar en favor del Privilegio, es decir de los nobles a quienes representaba. Le Chapelier lo cogi? por una pierna para obligarlo a bajar.

– ?Eso no! -grit?-. ?Baja de ah?, loco! ?No permitiremos que lo eches todo a perder con tus payasadas! ?Baja de ah?!

Pero Andr?-Louis, agarrado a una de las patas de bronce del caballo, lanz? al aire su voz que, como las notas de un clar?n, sobrevol? las cabezas de la muchedumbre: «?Ciudadanos de Rennes, la patria est? en peligro!».

El efecto fue inmediato. Una vibraci?n semejante a las peque?as olas que forma el viento en el mar recorri? aquellas cabezas, seguida del m?s absoluto silencio. Todos contemplaron al esbelto joven que les arengaba, descubierto, con largas mechas de cabello negro sobre la frente, su tirilla medio deshecha, el rostro p?lido y la mirada febril.

Andr?-Louis sinti? una s?bita oleada de gozo cuando advirti? instintivamente que se hab?a apoderado de aquella multitud pendiente de su grito y de su audacia.

Incluso Le Chapelier, aunque segu?a aferrado a su tobillo, ya no tiraba tratando de bajarlo del pedestal. A pesar de que segu?a desconfiando de las intenciones de Andr?-Louis, aquella primera frase hab?a conseguido confundirlo y atraer su atenci?n.

Entonces, lenta, impresionantemente, con una voz tan clara que llegaba a toda la plaza, el joven abogado de Gavrillac empez? su discurso:

– Temblando de horror ante el vil asesinato perpetrado aqu?, mi voz reclama vuestra atenci?n. Ante vuestros ojos se ha cometido este crimen: el asesinato de quien noblemente, lleno de altruismo, alz? su voz contra la garra que nos oprime a todos. Por temor a esa voz y a la luz que pod?a arrojar, nuestros opresores enviaron a sus gendarmes para silenciarla con la muerte.

Le Chapelier solt? el tobillo de Andr?-Louis y se lo qued? mirando boquiabierto. No s?lo parec?a hablar en serio por primera vez en su vida, sino que lo hac?a a favor del camino correcto. ?Qu? le hab?a pasado?

– ?Qu? otra cosa pod?is esperar de los asesinos sino el asesinato? -prosigui? Andr?-Louis-. Yo tengo algo que contaros, algo que os demostrar? que esto que ha ocurrido aqu? no es nada nuevo; algo que os revelar? cu?les son las fuerzas a las que os enfrent?is. Ayer…

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