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El experimento de R?don sali? a pedir de boca. Estimulado por ese ?xito, Andr?-Louis trabaj? d?a y noche durante el mes que pasaron en aquella industriosa y peque?a ciudad. Era una buena temporada, ya que el comercio de casta?as, cuyo centro est? en R?don, se hallaba a la saz?n en todo su apogeo. Cada tarde el peque?o teatro se llenaba, pues los casta?eros divulgaban la fama de la compa??a por toda la comarca, y el p?blico se renovaba con gente de las cercan?as y de pueblos m?s lejanos. Para evitar que las ganancias disminuyeran, Andr?-Louis escrib?a una nueva comedia cada semana. Adem?s de las dos que ya hab?a estrenado, escribi? tres cuyos t?tulos eran El matrimonio de Pantalone, El amante t?mido y El terrible capit?n. Sobre todo, esta ?ltima auguraba un ?xito rotundo. Inspirada en el Miles gloriosus de Plauto, permit?a que Rhodomont y Scaramouche se lucieran, aqu?l como capit?n y ?ste como su ayudante. Parte de este logro se debi? a la habilidad de Andr?-Louis al ampliar los argumentos indicando minuciosamente las l?neas que seguir?an el di?logo y repartiendo algunos trozos de estos parlamentos, aunque sin exigir que los actores los siguieran al pie de la letra.

Simult?neamente, mientras el negocio iba viento en popa, tambi?n se ocupaba de los sastres y decoradores, mejorando el vestuario de la compa??a, que tanto lo necesitaba. Encontr? una pareja de actores en apuros econ?micos, y los contrat? para papeles secundarios, como los de boticarios o notarios, haciendo que en sus ratos de ocio pintaran el nuevo decorado, que deb?a estar listo para la conquista de Nantes, a principios de a?o. Andr?-Louis nunca hab?a trabajado tanto. Su impetuoso entusiasmo era tan inagotable como su buen humor. Iba y ven?a, actuaba, escrib?a, creaba, dirig?a, planeaba y ejecutaba mientras Binet se ocupaba de descansar, beber Borgo?a todas las noches, comer pan blanco y otros manjares exquisitos, sin dejar de felicitarse por su astucia al asociarse con aquel joven infatigable. Tras descubrir cuan vanos eran sus temores a actuar en R?don, ahora empezaba a perderle el miedo a entrar con su compa??a en Nantes.

Ese optimismo se reflejaba en todos los miembros de la compa??a, menos en Clim?ne. La joven ya no miraba con desd?n a Scaramouche, pues comprend?a que sus desaires no lograban zaherirlo. Pero a medida que se reprim?a, aumentaba su resentimiento, y buscaba a toda costa alg?n desahogo.

Un buen d?a, despu?s de terminada la funci?n, Clim?ne busc? la manera de encontrarse con Andr?-Louis cuando ?ste saliera del teatro. Los dem?s se hab?an ido ya y ella volvi? con el pretexto de haber dejado olvidada alguna cosa.

– ?Puede saberse qu? te he hecho yo? -le pregunt? ella sin ambages.

– ?Hacerme t? a m?? -se sorprendi? Andr?-Louis.

La joven gesticul? impaciente.

– ?Por qu? me odias?

– ?Odiarte, yo? No odio a nadie. Es la m?s est?pida de las emociones. Nunca he odiado a nadie… ni siquiera a mis enemigos.

– ?Qu? cristiano tan resignado!

– ?Por qu? iba a odiarte?… ?Si te considero adorable! No me canso de envidiar a L?andre. Hasta he pensado seriamente en ponerle a hacer el papel de Scaramouche y pasar yo al de gal?n.

– No creo que tuvieras ?xito -dijo ella.

– Eso es lo ?nico que me detiene. Y sin embargo, considerando la inspiraci?n de L?andre en su papel, no parece dif?cil triunfar…

– ?A qu? inspiraci?n te refieres?

– A la de actuar con una Clim?ne tan adorable.

Los ojos de la actriz escudri?aron el rostro de Andr?-Louis.

– ?Me est?s tomando el pelo! -dijo y entr? en el teatro en busca del objeto supuestamente olvidado. No hab?a nada que hacer con aquel joven. No ten?a sentimientos. No era como los dem?s.

Cinco minutos despu?s, cuando la muchacha sali? del teatro, lo encontr? donde mismo lo hab?a dejado, junto a la puerta.

– ?Todav?a est?s aqu?? -pregunt? con aire de suficiencia.

– Te estaba esperando. Supongo que vas a la posada. Si me permites que te acompa?e…

– ?Cu?nta galanter?a! ?Cu?nta condescendencia!

– ?Acaso prefieres que no te acompa?e?

– ?C?mo voy a preferir eso, se?or Scaramouche? Sabes muy bien que ambos seguimos el mismo camino y la calle es libre para todos. Lo que me confunde es el raro honor que me haces.

?l mir? atentamente el rostro de la damisela, y advirti? una sombra de dignidad ofendida. Se ech? a re?r.

– Tal vez tem?a que ese honor no fuera de tu agrado.

– ?Ah! Ahora lo entiendo -exclam? ella-. Quiz? pensaste que yo deb?a ped?rtelo. Que soy yo quien deber?a cortejar a un hombre, y no al rev?s como yo cre?a. Te pido excusas por mi ignorancia.

– Te diviertes siendo cruel conmigo -dijo Scaramouche-. Pero no importa. ?Caminamos?

Salieron juntos y anduvieron deprisa para protegerse contra el aire fr?o de la noche. Caminaron un rato en silencio, aunque mir?ndose mutuamente a hurtadillas.

– ?Dec?as que soy cruel? -dijo ella al fin, pues la acusaci?n le hab?a dolido. ?l la mir? sonriendo.

– ?Puedes negarlo?

– Eres el primer hombre que me acusa de eso.

– Pero supongo que no soy el primero con el que eres cruel. Ser?a un halago demasiado grande para m?. Prefiero pensar que los otros han sufrido en silencio.

– ?Dios m?o! Ahora resulta que tambi?n sufres -dijo ella medio en broma y medio en serio.

– Coloco esa confesi?n en el altar de tu vanidad.

– Jam?s lo hubiera sospechado.

– ?C?mo pod?as hacerlo? ?No soy lo que tu padre llama un actor nato? He estado actuando desde mucho antes de convertirme en Scaramouche. Por eso he re?do y sigo haci?ndolo cuando algo me hiere. Cuando me tratabas con desd?n, yo tambi?n fing?a desd?n.

– Tu actuaci?n era muy buena -dijo ella sin reflexionar.

– Por supuesto, soy un excelente actor.

– ?Y por qu? ahora este s?bito cambio?

– Es la respuesta al cambio que he notado en ti. Te has cansado de interpretar el papel de damisela cruel, en mi opini?n un papel demasiado aburrido e indigno de tu talento. Si yo fuera una mujer con tu gracia y tu belleza, no necesitar?a recurrir a esas armas.

– ?Mi gracia y mi belleza! -dijo como un eco afectando sorpresa. Pero su vanidad halagada la hab?a apaciguado-. ?Y cu?ndo descubriste esa gracia y esa belleza en m??

?l la mir? un momento, contemplando sus encantos, la adorable femineidad que desde el primer d?a le hab?a atra?do irresistiblemente.

– Cierta ma?ana, mientras ensayabas una escena amorosa con L?andre.

El joven sorprendi? el asombro que destell? en los ojos de la muchacha.

– Eso fue la primera vez que me viste -dijo ella.

– Antes no tuve ocasi?n de reparar en tus encantos.

– Me pides que crea demasiado -dijo poniendo en sus palabras una tersura que ?l nunca hab?a sentido en ella.

– Entonces, ?te niegas a creerme si te confieso que fueron esa gracia y esa belleza las que decidieron mi destino aquel mismo d?a, oblig?ndome a unirme a la compa??a de la legua de tu padre?

Ella se qued? sin aliento. Ya no quer?a desahogar su rencor. Eso estaba definitivamente olvidado.

– Pero ?por qu?? ?Con qu? prop?sito?

– Con el prop?sito de pedirte un d?a que fueras mi esposa.

La joven se volvi? y mir? con osad?a a Scaramouche. En sus pupilas hab?a un brillo met?lico, y un leve rubor encend?a sus mejillas. Clim?ne crey? barruntar una broma de mal gusto.

– Vas demasiado deprisa -dijo.

– Siempre voy deprisa. F?jate en lo que he hecho con la compa??a en menos de dos meses. Otra persona, trabajando todo un a?o, no hubiera conseguido ni la mitad. ?Por qu? voy a ser m?s lento en el amor que en el trabajo? Bastante me he reprimido para no asustarte con mi precipitaci?n. Bastante me he refrenado para imitar tu fr?a t?ctica. He esperado pacientemente hasta que te cansaras de mostrarte cruel.

– Eres un hombre desconcertante -dijo ella completamente p?lida.

– Es verdad -admiti? ?l-. S?lo la convicci?n de que no soy como los dem?s me ha permitido esperar lo que he esperado.

Maquinalmente, como de com?n acuerdo, los dos siguieron andando.

– Ya que seg?n t? voy tan r?pido -dijo ?l-, piensa que, despu?s de todo, hasta ahora no te he pedido nada.

– ?C?mo? -dijo ella mir?ndole asombrada.

– Me he limitado a contarte mis esperanzas. No soy tan audaz como para preguntarte si he de verlas realizadas enseguida.

– As? es como tiene que ser.

– Por supuesto.

A ella le exasperaba el aplomo que demostraba Andr?-Louis. Por eso anduvo el resto del camino sin hablar y, de momento, no volvieron a tocar el tema.

Pero aquella noche, despu?s de cenar, cuando ya Clim?ne estaba a punto de retirarse a su alcoba, coincidieron solos en la habitaci?n que Binet hab?a alquilado como sal?n de reuniones de la compa??a.

Cuando ella se levant? para irse, Scaramouche tambi?n se puso en pie, se acerc? a Clim?ne y encendi? la vela de su palmatoria. La joven le tendi? una mano blanca y de finos dedos, alargando un brazo deliciosamente torneado y desnudo hasta el codo.

– Buenas noches, Scaramouche -dijo con tanta ternura que Andr?-Louis se qued? sin respiraci?n, mir?ndola con ardor.

Pero su turbaci?n s?lo dur? un instante. Tom? las puntas de los dedos que ella le ofrec?a, e inclin?ndose, los bes?. Despu?s volvi? a mirarla. La intensa femineidad de aquella mujer le seduc?a hasta dejarlo desarmado. Ten?a el rostro muy p?lido, los ojos brillantes, los labios entreabiertos en una sensual sonrisa y, bajo el chal, palpitaban unos pechos que completaban el cuadro de sus encantos.

Tirando suavemente de su mano, Andr?-Louis la atrajo hacia s?, y ella le dej? hacer. Entonces Scaramouche le quit? la palmatoria y la puso sobre el mueble m?s cercano. Acto seguido la estrech? entre sus brazos, y el leve cuerpo de Clim?ne se estremeci? mientras ?l la besaba murmurando su nombre como una plegaria.

– ?Ahora soy cruel? -suspir? ella. Por toda respuesta, ?l volvi? a besarla-. Me cre?as cruel porque no eras capaz de ver -murmur? Clim?ne.

En eso se abri? la puerta y entr? el se?or Binet, quien no pudo dar cr?dito a sus ojos. Se qued? estupefacto mientras los dos j?venes, lentamente y con demasiado aplomo para ser natural, se separaban.

– ?Qu? sucede aqu?? -pregunt? el se?or Binet alterado.

– ?No es evidente? -respondi? Scaramouche-. Clim?ne y yo hemos decidido casarnos.

– ?Y mi opini?n no os importa?

– Claro que s?. Pero no puedes ser tan desalmado ni tener tan mal gusto para negarnos tu consentimiento.

– ?Ah! Es decir, que ya lo das por hecho, como es costumbre en ti. Pero no creas que voy a entregarte mi hija as? como as?. Tengo planes para ella. Esto es una fechor?a, Scaramouche. Has traicionado mi confianza y estoy muy disgustado.

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