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Por la noche, la enorme multitud que flu?a a lo largo de los Champs Elys?es y los jardines de las Tuller?as, contemplaba alarmada aquellos preparativos de guerra. Hubo algunos insultos a los mercenarios extranjeros y se arrojaron algunas piedras.

Enloquecido o cumpliendo instrucciones, Besenval orden? a sus dragones que dispersaran a la gente. Pero aquella masa era demasiado compacta para dispersarla tan f?cilmente y los dragones s?lo pod?an moverse atropellando a la gente. Varias personas murieron aplastadas, y en consecuencia, cuando los dragones, capitaneados por el pr?ncipe de L?mbese, penetraron en los jardines de las Tuller?as, el populacho ultrajado los recibi? con un diluvio de piedras y botellas.

L?mbese orden? abrir fuego.

El pueblo retrocedi? impetuosamente, en una estampida que se extendi? desde las Tuller?as a trav?s de toda la ciudad divulgando la noticia de c?mo la caballer?a alemana arremet?a contra mujeres y ni?os, y ahora todos coreaban la consigna «?A las armas!» lanzada al mediod?a por Desmoulins en el Palais Royal.

Cuando recogieron las v?ctimas, entre ellas estaba Bertrand des Amis que -como todos los que viv?an de la espada- hab?a sido un ardiente defensor de la nobleza y muri? bajo los cascos de los caballos de los soldados extranjeros, capitaneados por un noble, y lanzados contra el pueblo por la aristocracia.

As? pues, Andr?-Louis, que aguardaba en la academia el regreso de su amigo y maestro, recibi? de manos de cuatro hombres del pueblo el cuerpo sin vida de una de las primeras v?ctimas de la Revoluci?n, que ahora hab?a empezado en serio.

CAP?TULO III El presidente Le Chapelier

Las convulsiones que agitaban Par?s y que durante los dos d?as siguientes convirtieron la ciudad en un campo de batalla retrasaron el entierro de Bertrand des Amis hasta el mi?rcoles de aquella semana. En medio de acontecimientos que estaban sacudiendo los cimientos de la naci?n, la muerte de un maestro de esgrima pas? casi inadvertida, incluso para sus disc?pulos, la mayor?a de los cuales no acudieron a la academia durante los dos d?as que el cuerpo del maestro permaneci? all?. Sin embargo, unos pocos se presentaron y ?stos llevaron la noticia a los dem?s, de manera que el f?retro del maestro fue llevado al cementerio de P?re La Chaise por una veintena de j?venes, a la cabeza de los cuales iba Andr?-Louis.

?l no sab?a a qu? familiares ten?a que avisar, pero una semana despu?s de la muerte de Bertrand, lleg? de Passy una hermana suya reclamando la herencia. El patrimonio era considerable, pues el maestro hab?a ahorrado bastante, invirtiendo la mayor parte del dinero en la Compa??a del Agua y en la deuda p?blica. Andr?-Louis le indic? a la hermana de Bertrand que fuera a ver a los abogados del finado y no la vio nunca m?s.

La muerte de Bertrand lo dej? tan desolado que no cay? en la cuenta de la s?bita fortuna que autom?ticamente hab?a dejado en sus manos. La hermana del maestro heredaba la riqueza que el difunto hab?a reunido, pero a Andr?-Louis le correspond?a la mina de donde hab?a salido aquella riqueza: la escuela de esgrima, pues ahora su prestigio era tal que los disc?pulos le consideraban capaz de continuar con el trabajo de Bertrand des Amis. Para mayor fortuna, en aquellos tiempos tan convulsos las academias de esgrima experimentaron una enorme prosperidad, pues todos los hombres afilaban sus espadas y se adiestraban en su manejo.

Tuvieron que transcurrir quince d?as para que Andr?-Louis comprendiera lo que realmente le hab?a sucedido, pues su agotamiento era tan grande que advirti? que llevaba dos semanas haciendo el trabajo de dos hombres. Afortunadamente se le ocurri? poner a sus disc?pulos m?s aventajados a practicar entre ellos, pues de otro modo, no hubiera podido seguir adelante con su tarea. De todas maneras, ten?a que esgrimir durante seis horas diarias, y era tal el cansancio que arrastraba, que a punto estuvo de caer enfermo. Al final, tuvo que contratar a un ayudante para que instruyera a los novatos, que eran los que m?s trabajo daban. Por suerte lo hall? enseguida en Le Due, uno de sus disc?pulos. Como el verano avanzaba y el n?mero de alumnos segu?a aumentando, tuvo que contratar otro ayudante -un joven muy h?bil llamado Galoche- y alquil? otra habitaci?n en el piso de arriba.

Nunca en su vida Andr?-Louis hab?a trabajado tanto, ni siquiera en los tiempos en que organizaba la Compa??a Binet, as? que tambi?n eran d?as de extraordinaria prosperidad. En sus Confesiones, lamenta el hecho de que su amigo Bertrand des Amis tuviera la mala suerte de morir la v?spera de ponerse de moda la esgrima.

El escudo de armas de la Academia del Rey, al que Andr?-Louis no ten?a derecho, segu?a en la puerta de la escuela.

A la manera de Scaramouche, Andr?-Louis resolvi? ese problema.

Dej? el escudo y el r?tulo «Academia de Bertrand des Amis, maestro de esgrima de la Academia del rey», pero le a?adi? esta leyenda: «Dirigida por Andr?-Louis».

Ya no ten?a tiempo para pasear, as? que se enteraba por sus disc?pulos y por los peri?dicos -que ahora se multiplicaban en Par?s gracias al establecimiento de la libertad de prensa- de los procesos revolucionarios que siguieron a la toma de la Bas tilla.

Este suceso hab?a tenido lugar cuando el cad?ver de Bertrand des Amis yac?a de cuerpo presente, la v?spera de su sepelio, y fue precisamente lo que motiv? su retraso.

En parte, aquel acontecimiento hab?a sido el resultado de la temeraria carga del pr?ncipe de L?mbese, en la cual hab?a muerto el maestro de esgrima.

El pueblo ultrajado hab?a acudido al Hotel de Ville 1 para pedirles a los electores armas con que defenderse de los asesinos extranjeros pagados por el despotismo. Al fin los electores consintieron en darles armas, o mejor dicho -pues no las hab?a-, en permitirles que se armaran ellos mismos como pudieran. Tambi?n les dieron una nueva escarapela, roja y azul, los colores de Par?s. Pero como ?stos eran tambi?n los colores de la librea del duque de Orleans, se a?adi? el blanco -el del antiguo estandarte de Francia- y as? naci? la bandera tricolor. M?s tarde, formaron un Comit? Permanente de Electores para velar por el orden p?blico.

Ahora que estaba autorizado, el pueblo trabaj? tanto que en treinta y seis horas se hab?an forjado sesenta mil picas, y a las nueve de la ma?ana del martes hab?a treinta mil hombres ante Les Invalides. A las once, hab?an saqueado el dep?sito de armas, sacando de all? unos treinta mil mosquetes, mientras otros se apoderaban del arsenal y del polvor?n.

Ahora estaban preparados para resistir el ataque que aquella misma tarde sufrir?a la ciudad en siete puntos distintos. Pero Par?s no esper? a que la atacaran. Tom? la iniciativa. En su arrebato, los parisienses concibieron el loco prop?sito de apoderarse de la imponente y amenazadora fortaleza de la Bastilla, y, como es sabido, la tomaron antes de las cinco de aquella tarde, ayudados por los ca?ones de la misma guardia francesa.

La noticia lleg? a Versalles gracias a L?mbese, que huy? con sus dragones ante aquella vasta fuerza armada que parec?a haber brotado del adoquinado de Par?s. El hecho aterroriz? a la corte. El pueblo estaba en posesi?n del armamento capturado en la Bastilla, estaban levantando barricadas en las calles y emplazando su artiller?a. El ataque se hab?a retrasado demasiado. Ahora hab?a que desistir de ?l, pues ser?a infructuoso y perjudicar?a el ya deteriorado prestigio de la realeza.

As? las cosas, la corte, acicateada por un miedo que aconsejaba prudencia, prefiri? contemporizar. Llamar?an otra vez a Necker y los tres Estados se sentar?an juntos, como demandaba la Asamblea Nacional. Era la m?s completa rendici?n de la fuerza ante la fuerza, el ?nico argumento posible. El rey fue solo a informar a la Asamblea Nacional de aquella resoluci?n de ?ltima hora para gran alivio de sus diputados, que ve?an alarmados el lamentable giro que estaban tomando los acontecimientos en Par?s. «No habr? m?s fuerza que la raz?n y los argumentos», era su lema. Y as? ser?a durante los dos a?os siguientes, durante los que respondieron con paciencia y firmeza a las incesantes provocaciones de los que a?n no hab?an recibido su justo castigo.

Cuando el rey sali? de la Asamblea, una mujer se ech? a sus pies y, abraz?ndole las rodillas, resumi? con estas palabras la pregunta que toda Francia se hac?a:

– ?Oh, se?or! ?Sois realmente sincero? ?Est?is seguro de que no cambiar?is de opini?n?

Pero esa pregunta no se formul? cuando un par de d?as despu?s el rey fue sin escolta a Par?s a ultimar el arreglo de la paz, la capitulaci?n de los privilegiados. La corte estaba aterrorizada. ?Acaso no eran los «enemigos» aquellos amotinados parisienses? ?Era prudente dejar que el rey se metiera en la boca del lobo? Si el rey sent?a aquel miedo -y su pesimismo daba a entender que s?- pudo comprobar que era infundado. Aquellos doscientos mil hombres insuficientemente armados -sin uniforme y con la m?s extraordinaria mezcla de armas nunca vista- lo esperaban, pero para ser su guardia de honor.

El alcalde Bailly, en las barricadas, le recibi? con las llaves de la ciudad y le dijo:

– ?stas son las llaves que fueron presentadas a Enrique IV. ?l hab?a reconquistado a su pueblo. Ahora el pueblo ha reconquistado a su rey.

En el Hotel de Ville, el alcalde Bailly le ofreci? la nueva escarapela, el s?mbolo tricolor de la Francia constitucional, y cuando el monarca hubo dado su conformidad a la formaci?n de la Garde Bourgeoise y a los acuerdos de Bailly y Lafayette, parti? de nuevo hacia Versalles entre aclamaciones de «?Viva el rey!» de su pueblo leal.

Y por fin los privilegiados se sometieron ante las bocas de los ca?ones, esos ca?ones que evitaron un ba?o de sangre, sangre sobre todo azul. El clero y la nobleza se unieron a la Asamblea Nacional para colaborar en la creaci?n de una Constituci?n que regenerar?a a Francia. Pero esa reuni?n fue otra burla, igual que el Te Deum que cant? el arzobispo de Par?s por la ca?da de la Bastilla, que fue el m?s grotesco e incre?ble de todos aquellos acontecimientos. Lo que realmente sucedi? fue que en la Asamblea Nacional se infiltraron quinientos o seiscientos enemigos para estorbar e impedir sus deliberaciones.

Pero ?sta es una historia harto conocida cuyos detalles pueden leerse en otros libros. Aqu? s?lo aparecen los episodios registrados en los escritos de Andr?-Louis, expresados casi con sus mismas palabras y que reflejan la evoluci?n de sus convicciones. Ahora cre?a en todas las cosas en las que no cre?a cuando las predicaba.

Entretanto, junto con su prosperidad econ?mica, tambi?n disfrutaba de un cambio en su situaci?n respecto a la ley, y que era consecuencia de lo que ocurr?a a su alrededor. Ya no ten?a que esconderse. ?Qui?n iba a acusarlo ahora de sedicioso por sus discursos de Breta?a? ?Qu? tribunal iba a enviarle a la horca por haber dicho antes que nadie lo que ahora toda Francia dec?a? En cuanto a la otra posible acusaci?n, por el asesinato del miserable Binet, si realmente lo hab?a asesinado como ?l esperaba, ?qui?n podr?a arrestarlo si hab?a sido en defensa propia?


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