ЛитМир - Электронная Библиотека
A
A

– ?No lo sab?ais?

– Pero ?y c?mo lo sab?is vos?

– ?No os dije que somos casi como hermanos? ?l me lo dijo antes… antes de que vos lo hicieseis imposible.

?l desvi? la mirada, pensativo y cabizbajo, casi aturdido.

– Hay -dijo quedamente- una singular fatalidad entre ese hombre y yo que hace que nuestros caminos se crucen constantemente…

Tras suspirar, volvi? a mirarla frente a frente, y habl? m?s en?rgicamente.

– Se?orita, hasta ahora yo no ten?a conocimiento… no ten?a ni la menor sospecha de eso. Pero… -se interrumpi?, pens? un instante y se encogi? de hombros-: Pero si le hice da?o fue inconscientemente. Ser?a injusto acusarme de lo contrario. La intenci?n es lo que cuenta en nuestros actos.

– Pero el da?o sigue siendo el mismo.

– Eso no me obliga a negarme a lo que irrevocablemente he de hacer. Por otra parte, ninguna justificaci?n podr?a ser mayor que la pena que esto le ocasiona a mi buen amigo, vuestro t?o, y tal vez a vos misma, se?orita.

Ella se levant? de pronto, desesperada, dispuesta a jugar su ?nica carta.

– Se?or -dijo-, hoy me hicisteis el honor de hablarme en ciertos t?rminos, de… de aludir a ciertas esperanzas con las que me honr?is.

?l la mir? casi asustado. En silencio, esper? a que ella continuara.

– Yo… yo… Por favor, comprended, se?or marqu?s, que si persist?s en ese asunto, si… no anul?is ese compromiso de ma?ana en el Bois, no deb?is conservar ninguna esperanza, pues jam?s podr?is volver a acercaros a m?.

Era lo ?ltimo que pod?a hacer. A ?l correspond?a ahora aprovechar la puerta que ella le abr?a de par en par.

– Se?orita, vos no pod?is…

– S? puedo hacerlo, se?or, irrevocablemente… Por favor, os ruego que lo comprend?is.

?l se puso p?lido y la mir? con l?stima. La mano que el marqu?s antes hab?a levantado en se?al de protesta empez? a temblar. La dej? caer para que Aline no advirtiese aquel temblor. As? permaneci? un breve instante, mientras en su interior se libraba una batalla, la lucha entre su deseo y lo que le dictaba su sentido del deber, sin percibir c?mo aquel sentido del honor se transformaba en implacable sed de venganza. Suspender el duelo, se dijo, equivaldr?a a caer en la m?s abyecta verg?enza, y eso era inconcebible. Aline ped?a demasiado. No pod?a saber lo que estaba pidiendo, porque si lo supiera no ser?a tan injusta, tan poco razonable. Al mismo tiempo, sab?a que era in?til tratar de que lo comprendiera.

Era el fin. Aunque a la ma?ana siguiente matara a Andr?-Louis Moreau, como esperaba hacer, la victoria siempre ser?a para aquel intr?pido joven. El marqu?s se inclin? profundamente, con la pena que inundaba su coraz?n reflejada en el rostro.

– Se?orita, os presento mis respetos -murmur? y se volvi? para irse.

Azorada, atolondrada, ella se levant? llev?ndose una mano al coraz?n. Entonces grit? aterrada:

– Pero… ?si a?n no me hab?is contestado!

?l se detuvo en el umbral y se volvi?, y desde la sombra del vest?bulo Aline vio su graciosa silueta recort?ndose contra el resplandor del sol. Esa imagen suya la perseguir?a obstinadamente como algo siniestro y amenazador a lo largo de las horas de pavor que seguir?an.

– ?Qu? quer?is que haga, se?orita? He querido evitarme y evitaros el dolor de una negativa.

Y se fue, dej?ndola acongojada y furiosa.

Aline se dej? caer de nuevo en el gran sill?n carmes? y all? permaneci?, acodada en la mesa y cubri?ndose el rostro con las manos.

Un rostro ardiente de verg?enza y de pasi?n.

?Se hab?a ofrecido y la hab?an rechazado! Aquello era inconcebible. Le parec?a que semejante humillaci?n era una m?cula imborrable en su conciencia.

CAP?TULO XI El regreso de la calesa

Aquel d?a el se?or de Kercadiou escribi? una carta:

Ahijado -empezaba sin ning?n adjetivo que indicara afecto-, he sabido, con pena e indignaci?n, que otra vez has faltado a la palabra que me diste de abstenerte de toda actividad pol?tica. Con mayor pena e indignaci?n todav?a, me he enterado de que, de un tiempo a esta parte, te has convertido en alguien que abusa de la destreza adquirida en la esgrima contra los de mi clase, contra los de la clase a la cual debes todo lo que eres. Tambi?n s? que ma?ana tendr?s un encuentro con mi buen amigo, el se?or de La Tour d'Azyr. Un caballero de su alcurnia y abolengo tiene ciertas obligaciones que, por su nacimiento, le impiden suspender un compromiso de esa naturaleza. Pero t? no tienes esa desventaja. Un hombre de tu clase puede negarse a cumplir un compromiso de honor, o bien dejar de asistir a ?l sin que eso entra?e un sacrificio. Los partidarios de tus ideas opinar?n que puedes hacer uso de una justificada prudencia. Por consiguiente, te suplico -y creo que por los favores que has recibido de m?, podr?a orden?rtelo- que te abstengas de asistir a la cita de ma?ana. Si mi autoridad no basta, como se deduce de tu pasada conducta en la que ahora has reincidido, si tampoco puedo esperar de ti un justo sentimiento de gratitud hacia m?, entonces debes saber que en caso de sobrevivir a ese duelo, no quiero volver a verte, pues para m? habr?s muerto. Si todav?a te queda una chispa del afecto que alguna vez me demostraste, o si para ti significa algo mi afecto que, a pesar de los pesares, me hace escribir esta carta, no te negar?s a hacer lo que te pido.

Ciertamente no era una carta diplom?tica. El se?or de Kercadiou carec?a de tacto. Cuando Andr?-Louis la ley? el domingo por la tarde, s?lo vio en aquella carta preocupaci?n por la posible muerte del se?or de La Tour d'Azyr, su buen amigo, como le llamaba, y futuro sobrino pol?tico.

El mozo que hab?a tra?do la carta de su padrino y que ahora aguardaba la respuesta, tuvo que esperar una hora mientras Andr?-Louis la redactaba. Aunque breve, le cost? mucho escribirla. Finalmente, la carta dec?a:

Padrino,

Hac?is que me resulte extraordinariamente duro tener que negarme a lo que me suplic?is en virtud del afecto que os profeso. Si algo he deseado toda mi vida, ha sido tener una oportunidad de demostraros ese afecto. De ah? que me sienta tan desolado al ver que no puedo daros la prueba que ahora me ped?s. Es demasiado grave lo que ocurre entre el se?or de La Tour d'Azyr y yo. tambi?n me ofend?is, a m? y a los de mi clase -cualquiera que ?sta sea- al decir injustamente que no estamos obligados por compromisos de honor. Hasta tal punto me obligan, que, aunque quisiera, no puedo retroceder.

Si en el futuro persist?s en vuestra anunciada intenci?n, tendr? que seguir sufriendo. Y pod?is estar seguro de que sufrir?.

Vuestro afectuoso y agradecido ahijado,

Andr?-Louis

Entreg? el billete al mozo del se?or de Kercadiou y supuso que con esto quedaba zanjado el asunto. Se sent?a herido en lo m?s hondo; pero actuaba con ese externo estoicismo que tan bien sab?a afectar.

Al otro d?a por la ma?ana, vino Le Chapelier a desayunar con ?l. Pero a las ocho y cuarto, cuando se levantaban de la mesa para dirigirse al Bois, su ama de llaves le sobresalt? anunci?ndole la visita de la se?orita de Kercadiou.

Andr?-Louis consult? su reloj; aunque su cabriol? ya estaba a la puerta, a?n dispon?a de unos minutos. Se excus? con Le Chapelier, y sali? r?pidamente a la antesala. La joven avanz? a su encuentro, impaciente, casi febril. -No ignoro a qu? has venido -dijo ?l r?pidamente para abreviar-. Pero tengo prisa, y te advierto que s?lo una raz?n contundente me har?a detenerme un solo instante.

Ella se sorprendi?. Aquello era ya una negativa antes de que ella hubiera podido abrir la boca, y era lo ?ltimo que esperaba de Andr?-Louis. Adem?s, not? en ?l cierto distanciamiento que no era habitual en su trato con ella. Y el tono de su voz era tajante y fr?o.

Esto la hiri?. Aline no pod?a adivinar el motivo de aquella reacci?n. El motivo era que Andr?-Louis comet?a con ella el mismo error que la v?spera hab?a cometido con la carta de su padrino. Pensaba que tanto ?l como ella s?lo estaban preocupados por la suerte del marqu?s de La Tour d'Azyr en aquel lance. No era capaz de concebir que el motivo de tanta inquietud fuera ?l. Tan absoluta era su convicci?n de que saldr?a victorioso de aquel encuentro que no se le ocurr?a pensar que alguien pudiera temer por su vida.

Creyendo que su padrino estaba angustiado por su predestinada v?ctima, se sinti? irritado al leer su carta; del mismo modo que ahora la visita de Aline le enfurec?a. Sospechaba que la joven no hab?a sido franca con ?l; que la ambici?n la impulsaba a considerar como un honor casarse con el se?or de La Tour d'Azyr. Y eso -aparte de vengar el pasado- era lo que m?s le acicateaba para batirse con el marqu?s: salvarla de caer en sus garras.

La joven le contempl? boquiabierta, asombrada de su serenidad en aquel momento.

– ?Qu? tranquilo est?s, Andr?! -exclam?.

– Yo nunca pierdo la calma, de lo cual me enorgullezco.

– Pero… ?Oh, Andr?! Ese duelo no debe tener lugar -dijo acerc?ndose a ?l y poni?ndole las manos en los hombros mientras le sosten?a la mirada.

– ?Conoces alguna raz?n de peso para que no tenga lugar? -dijo ?l.

– Podr?as morir -contest? ella y sus pupilas se dilataron.

Aquello era tan distinto de lo que ?l esperaba que, por un momento, s?lo atin? a mirarla asombrado. Entonces crey? comprender. Se ech? a re?r mientras apartaba las manos de la joven de sus hombros y retroced?a un paso. Aquello no era m?s que una trivial estratagema, una ni?er?a indigna de ella.

– ?Realmente pens?is, tanto t? como mi padrino, que conseguir?is vuestro prop?sito tratando de asustarme? -y se ech? a re?r burlonamente.

– ?Oh! ?Est?s loco de atar! Todo el mundo sabe que el marqu?s de La Tour d'Azyr es el espadach?n m?s peligroso de Francia.

– Esa fama, como sucede en la mayor?a de las ocasiones, es injustificada. Chabrillanne era tambi?n un espadach?n peligroso, y est? bajo tierra. La Motte -Royau era todav?a m?s diestro con la espada, y est? en manos de un cirujano. Y as? son todos esos espadachines, que no son m?s que matarifes que sue?an con descuartizar a este abogado de provincia como si fuera un carnero. Hoy le toca el turno al jefe de todos ellos, ese mat?n de capa y espada. Tenemos que arreglar una vieja cuenta pendiente. Y, ahora, si no tienes otra cosa que decir…

Era el sarcasmo de Andr?-Louis lo que la dejaba perpleja. ?C?mo pod?a estar tan seguro de que saldr?a ileso de aquel duelo? Al desconocer su maestr?a como espadach?n, Aline lleg? a la conclusi?n de que toda aquella entereza no era m?s que otra de sus comedias. Y en cierto modo era verdad que Andr?-Louis estaba actuando.

– ?Recibiste la carta de mi t?o? -le pregunt? ella cambiando de t?ctica.

56
{"b":"37770","o":1}