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– Entonces, ?lo sabes todo, hijo m?o? -susurr?.

– S? que la se?ora es mi madre.

La severidad, la sutil mezcla de despiadada burla y reproche con que pronunci? esa frase no hizo mella en la se?ora de Plougastel. Volvi? a pronunciar el nombre de su hijo. Para ella, en aquel momento, el tiempo y el mundo se hab?an detenido. El peligro que corr?a en Par?s, como esposa de un intrigante instalado en Coblenza, hab?a desaparecido junto con todas las dem?s consideraciones. S?lo pensaba en el hecho de que su ?nico hijo ya la conoc?a, aquel hijo del adulterio, nacido furtiva y vergonzosamente en un remoto pueblo de Breta?a, hac?a veintiocho a?os. Nada pudo distraerla en aquel instante supremo, ni tan siquiera la conciencia de que su inviolable secreto hab?a sido traicionado o las consecuencias que eso pudiera acarrear.

Dio un par de pasos vacilantes hacia Andr?-Louis. Abri? los brazos, y se le anud? la voz al decir:

– ?No me das un abrazo, Andr?-Louis?

Por un momento, ?l titube?, sorprendido por aquel gesto maternal, casi irritado por la respuesta de su coraz?n, donde los sentimientos luchaban a brazo partido con la raz?n. Su raz?n le dec?a que aquello era irreal, pero la emoci?n que ella demostraba y que ?l experimentaba era fant?stica. Y se dej? llevar. Ella lo abraz? y su h?meda mejilla oprimi? fuertemente la de Andr?-Louis, que sent?a c?mo aquel cuerpo, que conservaba su gracia a pesar de los a?os, se estremec?a en una tormenta de pasi?n.

– ?Oh, Andr?-Louis, hijo m?o, no sabes cu?nto he anhelado este abrazo! ?Si supieras cu?nto he sufrido neg?ndomelo a m? misma! Kercadiou no debi? dec?rtelo nunca, ni siquiera ahora. Era un mal para nosotros dos, quiz? m?s para ti. Hubiera sido mejor dejarme abandonada a mi destino, cualquiera que fuera. Y, a pesar de todo, cualesquiera que sean las consecuencias, poderte abrazar, saber que ya me conoces, o?rte llamarme madre, ?oh, Andr?-Louis!, eso es algo de lo que no puedo arrepentirme. No pod?a… no pod?a ser de otra manera, aunque ya no sea un secreto.

– ?Y por qu? tiene que dejar de ser un secreto? -pregunt? ?l, despoj?ndose de su estoicismo-. Nadie tiene que saberlo. Esto es s?lo por esta noche. Esta noche somos madre e hijo. Ma?ana cada uno volver? a ocupar su lugar y, al menos en apariencia, olvidaremos lo sucedido.

– ?Olvidar? ?No tienes coraz?n, Andr?-Louis?

Esta pregunta volvi? a recordarle su actitud ante la vida, esa actitud histri?nica que para ?l era la verdadera filosof?a. Tambi?n record? la situaci?n en que se encontraba, y comprendi? que no s?lo ?l deb?a sobreponerse, sino tambi?n ella, ya que dejarse llevar por las emociones, en aquellas circunstancias, pod?a ser desastroso para todos.

– Eso me lo han preguntado tantas veces que estoy por creer que es verdad -dijo-. Mi pasado tiene la culpa.

Ella lo estrech? m?s contra su pecho, como si intuyera que ?l quer?a zafarse de su abrazo.

– ?Me est?s culpando de todo lo pasado? Conociendo los hechos, como los conoces, no puedes culparme del todo. Debes ser misericordioso conmigo. Debes perdonarme. No ten?a elecci?n.

– Cuando lo sabemos todo no se puede sino perdonar, se?ora. ?sta es la verdad m?s profundamente religiosa que se ha escrito jam?s. De hecho, esa frase es una religi?n por s? misma, la religi?n m?s generosa que puede guiar a los hombres. Lo digo para consolaros, madre.

Ella se separ? de ?l lanzando un grito de espanto. Detr?s de Andr?-Louis, en la penumbra de la puerta, se dibujaba vagamente una silueta fantasmal. Avanzando hacia la luz, la figura se dej? ver: era Aline. Ven?a en respuesta a la llamada, ya olvidada, que la se?ora le hab?a hecho por medio de Jacques. Al entrar, hab?a reconocido la voz de Andr?-Louis al verlo en brazos de la dama llam?ndole «madre». Y ahora no sab?a qu? le asombraba m?s: si su presencia all? o lo que acababa de o?r por casualidad.

– ?Lo hab?is o?do, Aline? -exclam? la se?ora de Plougastel.

– No he podido evitarlo, se?ora. Me mandasteis a buscar. Lamento si… -se interrumpi? para mirar perpleja a Andr?-Louis. Estaba p?lida, pero serena. Le tendi? su mano diciendo-: Al fin has venido, Andr?. Pod?as haberlo hecho antes.

– He venido cuando hac?a falta, que es cuando estamos seguros de ser bien recibidos -contest? sin amargura y, tras besarle la mano a la joven, a?adi? amablemente, como suplicando-: Espero que sabr?s perdonar lo pasado, pues, despu?s de todo, fracas? en mis prop?sitos. No pod?a presentarme ante ti pretendiendo que fue algo intencionado. No fue as?. Y sin embargo, seg?n parece, no te has aprovechado de esa circunstancia, pues a?n est?s soltera.

Ella le volvi? la espalda, diciendo:

– Hay cosas que jam?s entender?s.

– La vida, por ejemplo -dijo ?l-. Te confieso que es algo desconcertante. Las explicaciones que tratan de simplificarla no hacen sino complicarla m?s -y mientras dec?a esto miraba a la se?ora de Plougastel.

– Supongo que est?s tratando de decirme algo -dijo la se?orita.

– ?Aline! -exclam? la condesa, que conoc?a el peligro de las revelaciones a medias-. S? que puedo confiar en ti y que Andr?-Louis no pondr? ninguna objeci?n.

Cogi? la carta para entreg?rsela a Aline, pero antes interrog? a su hijo con una mirada.

– Oh, se?ora, yo por mi parte no me opongo -asegur? ?l-. Es asunto vuestro.

Aline los miraba a los dos extra?ada y vacilando en tomar la carta que la se?ora le ofrec?a. Cuando la hubo le?do de punta a cabo, pensativa, volvi? a dejarla sobre la mesa. Por un momento permaneci? inm?vil, agachando la cabeza, mientras madre e hijo la contemplaban. Entonces, impulsivamente, abraz? a la se?ora de Plougastel.

– ?Aline! -fue un grito de asombro, casi de alegr?a-. ?No me aborreces?

– ?Querida amiga! -dijo Aline besando el rostro ba?ado en l?grimas que parec?a haber envejecido en las ?ltimas horas.

Manteni?ndose en segundo plano, Andr?-Louis luchaba contra la emoci?n, y habl? con la voz de Scaramouche:

– Ser?a aconsejable, se?oras, que dej?ramos las efusiones para otro momento, cuando tengamos m?s tiempo y mayor seguridad. Se hace tarde. Si queremos salir de este infierno, hay que hacerlo ahora mismo.

Era una advertencia tan clara como necesaria. Las dos mujeres volvieron a la realidad, y enseguida fueron a hacer los preparativos del viaje.

Dejaron solo a Andr?-Louis en el sal?n, y durante un cuarto de hora pudo soportar su impaciencia ?nicamente porque ten?a la cabeza como una olla de grillos. Cuando al fin volvieron las mujeres, las acompa?aba un hombre alto, con un sobretodo verde de largos faldones y un sombrero con el ala vuelta hacia abajo. El individuo permaneci? respetuosamente junto a la puerta, en la sombra.

Entre las dos lo hab?an acordado as?, o m?s bien fue la condesa quien lo hab?a decidido cuando Aline le previno de que Andr?-Louis no mover?a un dedo para salvar al marqu?s tomando en cuenta el odio que le ten?a.

A pesar de la estrecha amistad que un?a al se?or de Kercadiou y a su sobrina con la se?ora de Plougastel, hab?a ciertos detalles que ella ignoraba. Uno era el proyecto de matrimonio que alguna vez existi? entre Aline y el marqu?s de La Tour d'Azyr. Aline, tomando en cuenta la confusi?n de sus emociones, jam?s se lo hab?a comunicado a su amiga, ni tampoco el se?or de Kercadiou, pues desde su llegada a Meudon ya ve?a que aquel enlace ser?a muy dif?cil de realizar. Por otra parte, el se?or de La Tour d'Azyr se mostr? tan discreto respecto a Aline la ma?ana del duelo, cuando la encontr? desvanecida en el carruaje de la se?ora de Plougastel, que ?sta no se dio cuenta de nada. Tampoco sab?a la condesa que la hostilidad entre el marqu?s y Andr?-Louis no fuera simplemente de car?cter pol?tico, pues pensaba que aquel duelo era otro de los tantos que el palad?n del Tercer Estado hab?a entablado en el Bois en aquellos d?as. Aline no le hab?a dicho nada al respecto para no afligir a la dama m?s de lo que estaba. Sin embargo, la condesa se daba cuenta de que, aunque el rencor de Andr?-Louis fuera estrictamente pol?tico, aquel duelo inconcluso era causa suficiente para motivar los temores de Aline.

Por eso la se?ora de Plougastel hab?a concebido el plan m?s obvio, del que Aline ser?a c?mplice pasiva. Pero ambas hab?an cometido el error de no prevenir ni persuadir al se?or de La Tour d'Azyr. Hab?an confiado enteramente en su ansia por escapar de Par?s para que hiciera el papel que le impon?an. Es decir, el que ya le hab?an propuesto: que ocupara el lugar de Jacques, el lacayo. Pero no hab?an contado con el exagerado sentido del honor de hombres como el marqu?s, educados en falsos preceptos.

Volvi?ndose para mirar al hombre disfrazado, Andr?-Louis avanz? desde el fondo obscuro del sal?n. La tr?mula luz de las velas ilumin? brevemente su delgado y p?lido rostro y el fingido lacayo se sobresalt?. Entonces tambi?n ?l se adelant? hacia la mesa donde estaba el candelabro y se quit? el sombrero. Andr?-Louis observ? que su mano era fina y blanca, y que un diamante rutilaba en uno de sus dedos. Al darse cuenta de qui?n era aquel hombre, por un momento se qued? sin habla.

– Se?or -dec?a en ese momento el orgulloso y altanero marqu?s-, no puedo aprovecharme de vuestra ignorancia. Si estas damas han podido convenceros de que me salv?is, por lo menos deb?is saber a qui?n vais a salvar.

Permanec?a junto a la mesa, envarado y digno, dispuesto a morir como hab?a vivido si es que era preciso, sin miedo ni enga?ifas.

Andr?-Louis camin? lentamente hasta llegar al otro lado de la mesa, y entonces los m?sculos de su cara se aflojaron y se ech? a re?r.

– ?Os re?s? -dijo el se?or de La Tour d'Azyr frunciendo el ce?o, ofendido.

– ?Todo esto es terriblemente divertido! -coment? Andr?-Louis.

– Ten?is un extra?o sentido del humor, se?or Moreau.

– ?Oh, s?, lo admito! Lo inesperado siempre me ha parecido c?mico. Desde que nos conocemos, he descubierto en vos muchas cosas. Y lo que esta noche he descubierto es lo ?nico que no pod?a esperarme: un hombre sincero.

El se?or de La Tour d'Azyr se estremeci?. Pero no trat? de replicar.

– S?lo por eso, se?or, estoy dispuesto a ser clemente -dijo Andr?-Louis-. Probablemente cometo una estupidez. Pero vuestra honradez me ha cogido por sorpresa. Os doy tres minutos para que abandon?is esta casa y os las arregl?is por vuestros propios medios para salvar el pellejo. Lo que os pueda ocurrir despu?s, all? afuera, no es asunto m?o.

– ?Oh, no, Andr?! Escucha… -comenz? a decir angustiada la se?ora de Plougastel.

– Perd?n, se?ora, pero es todo lo que puedo hacer, y ya estoy faltando a mi deber. Si el se?or de La Tour d'Azyr sigue aqu?, no s?lo ser? su fin, sino el vuestro tambi?n. Si no se va enseguida, tendr? que acompa?arme al cuartel general del barrio, y dentro de una hora su cabeza estar? en la punta de una pica. Este se?or es un notorio contrarrevolucionario, un Caballero del Pu?al a quien el populacho enfurecido est? dispuesto a exterminar. Ahora, se?or, ya sab?is lo que os aguarda. Decidios, y enseguida, aunque s?lo sea en consideraci?n a estas damas.

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