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Epílogo

El estudiante se quedó plantado a la orilla del andén, como si nunca hubiera visto un hombre con sotana. Pero no era la sotana lo que le había dejado estupefacto, sino lo que el sacristán le dijo al oído mientras se abrazaban por el gusto de encontrarse libres:

Ando vestido así por orden superior…

Y allí se queda aquél, de no ser un cordón de presos que entre fila y fila de soldados traía media calle.

– ¡Pobre gente… -murmuró el sacristán, cuando el estudiante se hizo a la acera-, lo que les ha costado botar el Portal! ¡Hay cosas que se ven y no se creen!…

– ¡Que se ven -exclamó el estudiante-, que se tientan y no se creen! Me refiero a la Municipalidad…

– Yo creí que a mi sotana…

– No les bastó pintar el Portal a costillas de los turcos; para que la protesta por el asesinato de el de la malita no dejara lugar a dudas, había que echar abajo el edificio…

– Deslenguado, vea que nos pueden oír. ¡Cállese, por Dios! Eso no es cierto…

Y algo más iba a decir el sacristán, pero un hombre pequeñito que corría por la plaza sin sombrero, vino, plantificóse entre ellos, y les cantó a gritos:

– ¡Figurín, figurero,

qién te figuró,

que te hizo figura

de figurón!

– ¡Benjamín!… ¡Benjamín!… -lo llamaba una mujer que corría tras él con máscara de romper a llorar.

– ¡Benjamín titiritero,

no te figuró…;

¿quién te fizo jura

de figurón?

– ¡Benjamín!… ¡Benjamín!… -gritaba la mujer ya casi llorando-. ¡No le hagan caso, señores, no le pongan asunto, que está loco; no se le quiere hacer a la cabeza la idea de que ya no hay Portal del Señor!

Y mientras la esposa del titiritero lo excusaba con el sacristán y el estudiante, don Benjamín corrió a cantarle el alabado a un gendarme de malas pulgas:

– ¡Figurín, figurero,

quién te figuró,

que te fizo figura

de figurón!

– ¡Benjamín titiritero,

no te figuró…;

¿quién te fizo jura

de figurón?

– ¡No, señor, no se lo lleve, no lo está haciendo de intento, sospeche que está loco -intervino la mujer de don Benjamín entre la policía y el titiritero-; vea que está loco, no se lo lleve…, no, no le pegue!… ¡Figúrese cómo estará de loco que dice que vio toda la ciudad tumbada por tierra como el Portal!

Los presos seguían pasando… Ser ellos y no ser los que a su paso se alegraban en el fondo de no ser ellos… Al tren de carretillas de mano sucedían el grupo de los que cargaban al hombro la pesada cruz de las herramientas y atrás, en formación, los que arrastraban el ruido de la serpiente cascabel en la cadena.

Don Benjamín se le fue de las manos al gendarme, que alegaba con su mujer cada vez más recio, y corrió a saludar a los presos con palabras sacadas de su cabeza.

– ¡Quién te ve y quién te vio, Pancho Tanancho, el de la cuchilla como cuero y punta con ganas en dormitorio de corcho!… ¡Quién te vio y quién te ve hecho un Juan Diego, Lolo Cusholo, el del machete colipavo!… ¡Quién te ve a pie y quién te vio a caballo, Mixto Melindres, agua dulce para la daga, mamplor y traicionero!…

¡Quién te vio con la plomosa cuando te llamabas Domingo y quién te ve sin el chispero triste como día entre semanas!… ¡La que les pegó las liendres que les destripe los piojos!… ¡La tripa bajo los trapos que no es pepián pa’la tropa!… ¡El que no tenga candados para callarse la boca, que se ponga los condedos!…

Empezaban a salir los empleados de los almacenes. Los tranvías iban que no cabía una gente. Alguna vez un carruaje, un automóvil, una bicicleta… Repentín de vida que duró lo que tardaron el sacristán y el estudiante en atravesar el atrio de la Catedral, refugio de mendigos y basurero de gente sin religión, y en despedirse a la puerta del Palacio Arzobispal.

El estudiante burló los escombros del Portal del Señor a lo largo de un puente de tablas sobrepuestas. Una ráfaga de viento helado acababa de alzar espesa nube de polvo. Humo sin llama de la tierra. Restos de alguna erupción distante. Otra ráfaga hizo llover pedazos de papel de oficio, ahora ocioso, sobre lo que fue salón del Ayuntamiento. Retazos de tapices pegados a las paredes caídas se agitaban al paso del aire como banderas. De pronto surgió la sombra del titiritero montado en una escoba, a su espalda las estrellas en campo de azur y a sus pies cinco volcancitos de cascajo y piedra.

¡Chiplongón!… Zambulléronse las campanadas de las ocho de la noche en el silencio… ¡Chiplongón!… ¡Chiplongón!…

El estudiante llegó a su casa, situada al final de una calle sin salida y, al abrir la puerta, cortada por las tosecitas de la servidumbre que se preparaba a responder la letanía, oyó la voz de su madre que llevaba el rosario:

– Por los agonizantes y caminantes… Porque reine la paz entre los Príncipes Cristianos… Por los que sufren persecución de justicia… Por los enemigos de la fe católica… Por las necesidades sin remedio de la Santa Iglesia y nuestras necesidades… Por las benditas ánimas del Santo Purgatorio…

Kyrie eleison.

Guatemala, diciembre de 1922

París, noviembre de 1925, 8 de diciembre de 1932

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