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No me quedo a escuchar lo que viene. La interminable seguidilla. Le va a arruinar la tarta a mi padre, como me suprimió la mía.

Salgo al patio del Gran Hórreo y deambulo con los puños crispados en los bolsillos. En Malejac dicen que mi padre es bueno como el buen pan. Justamente. Demasiada miga, y poca cascara.

En medio de mi rabia y de mi amargura, medito. Imposible tener una conversación en serio con esta idiota (es la palabra que empleo). Me rebaja, me convierte en el hazmerreír de esas tontas y, para colmo, me castiga. Se me había quedado atragantado lo de la tarta. No por la tarta en sí, sino por la humillación. Con los puños en los bolsillos, camino de un lado para otro, bien erguido, con mis espaldas ya anchas. ¡Dejar sin postre al primero del curso en la entrega del Certificado de Estudios!

Es la famosa última gota y estoy que desbordo. Estoy furioso. Y treinta años más tarde, me veo de nuevo furioso. Retrospectivamente me parece que no fui un Edipo demasiado bueno. Yocasta no arriesgaba nada, ni siquiera en el pensamiento. Yo "tuve" mi complejo, pero no con ella, sino con Adelaida, nuestra tendera. Además de que tiene la risa alegre y el bombón fácil, es una opulenta rubia con una pechera de ensueño. También "hice" -¡qué jerigonza!- una buena identificación, no con mi padre sino con mi tío. Quien -pero entonces yo no lo sabía- está a partir un piñón con Adelaida. Sin saberlo, pues, tengo una verdadera familia, paralela a la que repudio.

Y además otra que me es muy querida y que yo mismo me fabriqué: el "Círculo". Sociedad archisecreta de siete miembros, fundada por mí en el colegio de Malejac (401 habitantes, iglesia del siglo XII), y de la cual soy a mi vez el padre, desplegando por todos lados mi espíritu empresario faltante en mi progenitor, y enérgico, enérgico, bajo mi aterciopelada apariencia.

Mi decisión está tomada: es en el seno de esa familia adonde, ultrajado en esta, voy a refugiarme. Espero que mi padre suba para dormir la siesta, y que mi madre se ocupe de lavar los platos, con sus dos hijitas pegadas a la pollera. Me voy a mi entrepiso, lleno mi bolso de camping (regalo de mi tío) y cuando está cerrado, lo tiro por la ventana sobre un montón de leña. Antes de escaparme, dejo una nota sobre mi mesa. Muy ceremoniosamente está dirigida al señor Simón Comte, cultivador, el Gran Hórreo, Malejac.

Querido Papá,

Me voy. En esta casa no se me trata como lo merezco. Un abrazo,

Emanuel.

Y mientras que, detrás de los postigos cerrados, mi padre duerme sin siquiera saber que su granja ha dejado de tener sucesor, pedaleo bajo el caliente sol, bolso al hombro, dirección Malevil.

Malevil es un gran castillo del siglo XIII, casi en ruinas, encaramado a mitad camino de un abrupto acantilado que domina un pequeño valle, el del Rhunes. Su propietario lo abandonó a su destino, y desde que una vez un bloque de piedra, desprendido de los matacanes del torreón, mató a un turista, se prohibió su entrada. Los Monumentos Históricos han colocado dos carteles y el alcalde de Malejac ha clausurado la única ruta de acceso por el flanco de la ladera con cuatro hileras de alambre de púa. Sumado a esos alambrados, pero sin que nada tenga que ver la alcaldía, cincuenta metros de impenetrables zarzas se espesan más cada año a lo largo del antiguo camino entre el acantilado y el precipicio, el que separa al vertiginoso Malevil de la colina en donde campean las Siete Hayas de mi tío.

Ahí es. Bajo mis inspiradas directivas, el Círculo ha violado todos los tabúes. Se ha practicado en las alambradas una puerta invisible, se ha cavado y conservado entre las zarzas gigantescas un túnel en el que un ingenioso codo oculta su vista desde el camino. En el primer piso del torreón, reconstituyendo en parte un suelo desaparecido, se ha construido un pasaje, viga por viga, con la ayuda de viejos tirantes recuperados en el depósito de mi tío. Así es como se pudo llegar, en el fondo de la inmensa sala, a una piecita, a la que Meyssonnier, que en el taller de su padre ha aprendido a hacer esos trabajos muy bien, ha cerrado con una ventana y una puerta con cadena.

El torreón está fuera del agua. La cúpula con nervaduras ha resistido al tiempo. Y nuestra guarida tiene además una chimenea, un viejo somier cubierto de bolsas, una mesa y unos banquitos.

El secreto se ha mantenido. Hace ya un año que el Círculo se ha acondicionado ese local ignorado por los adultos. Cuento con retirarme aquí hasta el comienzo de las clases. Por el camino, le avisé a Colin, que lo trasmitirá a Meyssonnier, que lo trasmitirá a Peyssou, quien se lo pasará a los demás. No me embarco sin dejar rastros.

Paso la tarde en mi celda, y la noche y el día siguiente. Es menos delicioso de lo que hubiera creído. Estamos en julio, mis compañeros ayudan en el campo, no los veré hasta la noche. Y no me atrevo a salir de Malevil. En el Gran Hórreo, deben haberme puesto a los gendarmes en los talones.

A las siete golpean en la puerta del Círculo. Espero al buen Peyssou, que es el encargado de abastecerme. He sacado la cadena a la puerta y desde mi duro somier, donde estoy recostado, con un libro de cruentas aventuras en mis manos, grito con toda mi voz: "¡Entra, cuernos!"

Es el tío Samuel. Es protestante, de ahí su nombre bíblico. Ahí está, de tamaño natural, vestido con una camisa a cuadros abierta sobre su musculoso cuello y unas viejas bombachas militares (hizo su servicio en caballería). Y encuadrado por la puerta baja, con la frente tocando el dintel de piedra, me mira sonriente y con la frente arrugada.

Inmovilizo esa imagen. Porque el chico recostado en el somier soy yo. Y el tío, de pie en el umbral, también soy yo. El tío Samuel tenía entonces, año más, año menos, la edad que tengo ahora, y todo el mundo está de acuerdo en decir que soy muy parecido a él. Y en aquella escena, en la que se cambiaron muy pocas palabras, me parece ver al chico que fui confrontado al hombre en que me he convertido.

Al hacer el retrato del tío Samuel hago también el mío. Es de una altura por encima de la media, muy fornido pero de caderas estrechas, la cara cuadrada, la tez curtida, las cejas como el carbón y los ojos azules. En Malejac, la gente se rodea de la mañana a la noche de un tranquilizador ronroneo de palabras. Pero mi tío no dice nada cuando no tiene nada que decir. Y cuando habla, habla breve, sin palabras ociosas, derecho a lo esencial. Y la misma economía en los gestos.

Lo que me gusta en él es esa firmeza. Porque en casa, padre, madre, hermanas, todo es blando. Confusas las ideas. El hablar enrevesado.

También admiro en mi tío el espíritu de empresa. Ha desmontado totalmente su propiedad. Ha dividido en tramos uno de los brazos del Rhunes que la atraviesa y ha puesto un criadero de truchas. Ha instalado una veintena de colmenas. Hasta se compró de ocasión un contador Geiger para detectar uranio en las rocas volcánicas que afloran en una de las laderas de su colina. Y cuando los "ranchos" y los clubes hípicos comenzaron a proliferar por todos lados, vendió sus vacas y las reemplazó por caballos.

– Sabía que te iba a encontrar aquí -dice mi tío.

Lo miro, con el pico cerrado. Pero nos comprendemos muy bien, él y yo. Y contesta a mi mutismo:

– Las tablas -dice-. Las tablas que descubriste el verano pasado en mi depósito. No las pudiste cargar. Las arrastraste. Te seguí las huellas.

¡Entonces, hacía un año que lo sabía! Y nunca se lo dijo a nadie, ni a mí.

– Lo he verificado -dice tío-. Los matacanes del torreón aguantan el peso, no habrá otro desprendimiento.

Me siento invadido de gratitud. Tío ha velado por mi seguridad, pero de lejos, sin decírmelo, sin molestarme. Lo miro, pero esquiva mi mirada, no quiere enternecerse. Se apodera de uno de los banquitos y, después de haber verificado su solidez, se sienta con las piernas separadas, como a caballo. Y entonces, larga al galope y derecho al bulto.

– Escúchame, Emanuel, no le han dicho nada a nadie y no han prevenido a los gendarmes.

Una sonrisita.

– Ya la conoces, por miedo al qué dirán. Esto es lo que te propongo. Te vienes a vivir conmigo hasta el fin de las vacaciones. Cuando empiecen las clases, ningún problema, vas pupilo a La Roque.

Un silencio.

– ¿Y los sábados y domingos? -digo yo.

La mirada de mi tío se ilumina. Como él, he empleado medias palabras. Si en la mente me veo ya "de nuevo" en el colegio, es que acepto terminar las vacaciones en su casa.

– En casa, si quieres -dice, con gesto decidido y voz rápida.

Un corto silencio.

– Con una comida de vez en cuando en el Gran Hórreo.

Lo suficiente, tierna madre, como para salvar las apariencias. Me doy cuenta muy bien de que todo el mundo gana con este arreglo.

– Bueno -dice tío incorporándose con un movimiento ágil-. Si aceptas, cierras el bolso y vienes a encontrarte conmigo en los Rhunes donde estoy recogiendo pasto para mis animales.

Acaba de irse y yo ya tengo cerrado el bolso.

Una vez pasado el túnel entre las zarzas y el alambrado trucado, corro sobre mis dos ruedas por el lecho del viejo arroyo que separa el abrupto acantilado de Malevil de la redondeada colina del tío. Muy contento de salir de mi antro. Los árboles, que han crecido por todos lados entre los muros en ruinas, los oscurecen, y respiro cuando desemboco en el luminoso valle de los Rhunes.

Es el último sol, el sol entre las seis y las siete y el más lindo. Lo sé, desde el momento en que mi tío me lo hizo observar. El aire tiene algo de suave. Las praderas más verdes, las sombras más alargadas, y la luz dorada. Me dirijo hacia el tractor rojo de mi tío. Detrás, el remolcador y su enorme parva de pasto amarillento. Y más lejos, en líneas paralelas, los álamos todo a lo largo del Rhune, con sus hojas gris-plata que bailan. Me gusta el ruido que hacen; parecería una lluvia finita.

El tío, sin una palabra, se apodera de mi bicicleta y la iza con una cuerda hacia la cúspide de la parva. Se instala al volante y yo me siento sobre el guardabarro del tractor. Ni una palabra. Ni siquiera una mirada. Pero por su mano, que tiembla un poco, adivino qué feliz se siente, él que no tuvo hijos de mi flaca tía, de llevarse un hijo a su casa de las Siete Hayas.

La Menou me espera en el umbral, con sus brazos esqueléticos cruzados sobre su ausente pechera. Una sonrisa arruga su pequeña calavera. Su debilidad por mí se ve multiplicada por el fastidio que le tiene a mi madre. Y que también tenía contra mi tía, mientras vivió. No vayan a creer que… No, la Menou no se acuesta con mi tío. No es tampoco su sirvienta. Ella tiene sus bienes. Él le siega sus campos, ella le cuida la casa, él la alimenta.

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