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VIII

¡Esa vuelta a Malevil a la caída de la noche! Yo cabalgaba a la cabeza, en pelo sobre Amaranta, con mi carabina en bandolera, el cañón cruzándome el pecho, Miette rodeándome la cintura por detrás, porque a último momento me había dado a entender con su mímica que le gustaba ir a la grupa. Iba al paso, porque Malabar, que hubiera seguido a mi potranca hasta el fin del mundo, se ponía a trotar cuando ella se adelantaba demasiado, imprimiendo a la carreta un movimiento demasiado vivo. Esta, además de la Falvina, del Jacquet y de Thomas, acarreaba un increíble amontonamiento de colchones y bienes perecederos. Y además de todo esto, atada detrás con una cuerda, marchaba dando tumbos, una vaca preñada con un enorme vientre y que la Falvina no había querido dejar en El Estanque, ni siquiera una noche, porque estaba por depositar, según me dijo ella.

Tomamos por la planicie y la ex granja de Cussac, reducida a cenizas, porque no era cuestión, con el remolque, de pasar los muros de piedra seca que cortaban la pequeña llanura bajando hacia los Rhunes. Por otra parte Jacquet me aseguró que el camino, aunque más largo, no estaba repleto de troncos calcinados. Lo había tomado varias veces cuando por orden del padre venía hasta la proximidad de Malevil para espiarnos.

Cuando el remolque hubo franqueado, no sin trabajo, la pradera en cuesta que ascendía hasta lo de Cussac, nos encontramos en el camino asfaltado y como ya era de noche, tuve la tentación de adelantarme para tranquilizar a mis compañeros de Malevil. Pero cuando vi, o mejor dicho cuando escuché a Malabar que se ponía a trotar detrás de Amaranta sobre el macadam, y a la vaca mugir detrás del remolque porque el cabestro tendido la estrangulaba, retuve mi animal y volví a ponerme al paso. La pobre vaca tardó mucho en reponerse de su emoción, a pesar de los consuelos que le prodigaba la Falvina, peligrosamente asomada por la trasera del remolque. Acoto que se llamaba Marquesa, lo que la colocaba dentro de la escala nobiliaria muy por debajo de nuestra Princesa. Mi tío insistía que fue en tiempos de la Revolución, cuando comenzó la caza de los ex nobles, cuando los campesinos de nuestros alrededores, por irrisión, les pusieron a sus animales esos títulos. Era lo menos que podían hacer, concluía la Menou, después de todo el mal que nos han hecho, que hasta bajo Napoleón III, no lo podrás creer, Emanuel, hubo un conde de La Roque que colgó a su cochero porque le había desobedecido, y ni siquiera mereció un día de cárcel.

Me remontaba mucho más allá en el tiempo de la Revolución cuando divisé a lo lejos, iluminado por las antorchas, el torreón del castillo. Se me calentó el corazón de volver a verlo. Y supe exactamente lo que sentía el señor de la Edad Media cuando, después de haber guerreado a lo lejos, volvía a su casa, indemne y victorioso, trayendo a su guarida carretas repletas de botín y de cautivos. Claro es que no era del todo igual. Yo no había violado a Miette y ella no era mi cautiva. Por el contrario, la había liberado. Pero el botín era considerable y compensaba con creces las tres bocas de más para alimentar: dos vacas, una, la Marquesa, próxima a parir, otra en plena lactancia dejada provisoriamente en El Estanque en compañía de un toro, un verraco y dos marranas (no cuento el cerdo convertido en chacinado), dos o tres veces más gallinas que las de la Menou, y sobre todo, trigo en cantidad, puesto que el Wahrwoorde tenía la costumbre de hacer su pan. Su granja pasaba por ser pobre porque el Wahrwoorde no gastaba nada. En realidad, como ya he dicho, tenía algunas tierras buenas sobre la meseta del lado de Cussac. Y esta noche no llevaba conmigo ni la décima parte de las riquezas del Estanque. Calculaba que haría falta todo el día siguiente y pasado mañana y varios viajes con los dos remolques para acarrear todo, cosas y animales.

Es curioso cómo la falta de auto cambiaba el ritmo de la vida: de Cussac a Malevil, a paso de caballo, necesitamos una hora en tanto que, con mi coche, hubiera puesto diez minutos. Y qué de pensamientos en ese lento balanceo-contoneo en pelo sobre Amaranta, de la que sentía el calor y el sudor, y detrás de mí, Miette, con sus dos brazos alrededor de mi cintura, con la cara apretada contra mi nuca y sus pechos contra mi espalda. ¡Qué de regalos me hacía! ¡Y qué sabia lentitud! Por primera vez después del día del acontecimiento, me sentía feliz. Bueno, no, no del todo feliz. Pensaba en Wahrwoorde bajo el suelo, con la boca y los ojos llenos de tierra que también llenaba su pecho. ¡Un astuto sire! ¡Un enérgico paria! Viviendo según su ley, no aceptando ninguna otra. Coleccionando machos, también. Porque era un lujo excepcional encontrarlos reunidos en una granja tan chica: un verraco, un padrillo, un toro, y eso en una región donde todos los cultivadores no crían más que hembras, todas nuestras vacas eran vírgenes inseminadas; en cambio el Wahrwoorde respetaba el principio masculino. No era únicamente un caso de autarquía el suyo. Adivinaba un culto casi religioso por el animal viril y dominador. Él mismo era el supermacho de la aparcería humana del Estanque considerando que todas las mujeres de la familia le pertenecían, nueras incluso, desde la pubertad.

Nos acercamos a Malevil y me cuesta ahora retener a Amaranta que, a cada rato, se pone al trote. Pero a causa de esa pobre Marquesa que camina detrás de la carreta con su abultado vientre bamboleando entre sus cortas patas, la retengo con mano firme, con los codos pegados al cuerpo. Me pregunto qué pensará mi potranca de la jornada que ha pasado. Secuestrada, desflorada y devuelta al redil. Claro, ahora me doy cuenta por qué ha seguido al raptor: ha sentido en él el olor del padrillo. Y ahora, Lindo Amor también ha debido sentir nuestra llegada, porque un relincho lejano llega hasta nosotros, al que responden Amaranta, y pasado el momento de sorpresa (¡cómo, una segunda yegua!) la fuerte voz de Malabar. La noche que cae está llena de olores animales que viajan, se llaman y se contestan. Sólo nosotros no sentimos nada. Al menos por la nariz, porque Miette se amolda todo a lo largo de mi cuerpo, pegados contra mí sus muslos, su vientre y sus pechos. Cuando Amaranta apura el trote, Miette se aprieta más contra mí, se prende con toda su alma con sus dos manos enlazadas una con otra sobre mi vientre. Sin duda es la primera vez que monta en pelo. No lo olvidará. Yo tampoco. Todas esas curvas detrás de mí viven, palpitan y me tienen al calor. Me siento hundido, acolchado, hospedado. Si por lo menos pudiera relinchar, yo también, en lugar de pensar. Y no tener miedo del futuro en el seno de mi felicidad presente.

Han sido pródigos en antorchas, en Malevil. Dos sobre el torreón y dos clavadas en las troneras del castillete. Mi corazón golpea, miro mi maravilloso castillo, tan fuerte, tan bien guardado. Y mientras subimos la empinada cuesta que va a llevarnos hasta él, admiro en segundo plano, en el claroscuro de las antorchas, el inmenso torreón vertical y delante de mí el castillete de entrada, y siguiendo, la muralla sobre la cual de inmediato, tendiendo el cuello entre las almenas, aparecen unas sombras que todavía no identifico. Alguien blande una antorcha por encima del parapeto. Alguien grita:

– ¿Eres tú, Emanuel?

Lamento no tener estribos. Me levantaría sobre Amaranta.

– ¡Soy yo! ¡Es Thomas! ¡Traemos gente!

Exclamaciones. Palabras confusas. Oigo el sordo crujido de los dos batientes de la pesada puerta de roble que giran. Los gruesos goznes están bien aceitados, es la madera la que se queja al ser desplazada. Franqueo el umbral, reconozco al porta-antorcha: Momo.

– ¡Momo, cierra la puerta detrás de la vaca!

– ¡Emanouel! ¡Emanouel! -grita el Momo en el colmo de la excitación.

– ¡Una vaca! -grita la Menou riendo de contento-. ¡Y fíjense que nos trae una vaca!

– ¡Y un padrillo! -grita Peyssou.

¡Parezco un héroe! ¡Qué de palabras a mi alrededor! Veo negras siluetas que se agitan. Todavía no distingo las caras. Y Lindo Amor que de su box, ahora a pocos metros de nosotros, ha sentido cómo el padrillo relincha a todo lo que da, golpea los cascos contra su puerta, mete un ruido infernal, y Malabar y Amaranta le contestan por turno. Delante de La Maternidad me detengo para que Lindo Amor, viendo nuestros caballos, se calme. No sé si los distingue, pero en todo caso se calla. En cuanto a mí, no veo ni jota, porque Momo, el porta-antorcha, está cerrando la pesada puerta y la Menou, que detenta la linterna eléctrica (la primera vez que la usa desde que se la he confiado) inspecciona la vaca al final del convoy. Los compañeros se han reunido alrededor de Amaranta y distingo ahora a Peyssou por el vendaje blanco que le envuelve la cabeza. Alguien, Colin me parece, dado su tamaño, ha tomado las riendas de la yegua, y como ésta baja la cabeza, paso mi pie derecho por encima del cogote y me bajo de volteo, costumbre que no me gusta nada porque me parece teatral, pero no había otro modo de hacerlo, con Miette a la espalda, de la que acabo de desanudar las manos. Apenas en tierra, Peyssou me agarra bruscamente y sin ningún pudor, me besa. ¡Basta, babosa! ¡Acábala de babearme encima! Risas, alboroto, palmadas, insultos, grandes codazos. Por fin me acuerdo de Miette. La bajo tomándola por la cintura. ¡Vale lo que pesa! Digo: esta es Miette.

En ese momento vuelve Momo, blandiendo la antorcha, y Miette, de golpe, surge de la oscuridad, con todos sus relieves, aureolada con su larga cabellera negra. Silencio de muerte. Los tres petrificados. Momo también, cuya antorcha sin embargo tiembla en el extremo del brazo. Miradas brillantes y fijas. Ningún otro ruido salvo el de las respiraciones. Y a algunos metros de nosotros el monólogo de la Menou que, al final del convoy, recibe a la vaca extraña con cariño y en dialecto. Ah, mi linda, ah, mi bonita, ah mi gorda, ya estás lista a parir, y toda sudada también, ¡mi pobrecita, cómo te han hecho trotar en el estado en que te ves, con tu ternero tan bajo ya!

Como el silencio de los compañeros continúa y ninguno de ellos aún no ha movido ni brazos ni piernas, tomo el partido de presentarlos uno después de otro. Éste es Peyssou. Éste es Colin. Éste es Meyssonnier. Éste es Momo. A cada uno, Miette le tiende la mano y la aprieta. Ni una palabra. La petrificación persiste. Salvo que de golpe Momo, bailando, se pone a gritar: ¡Mémienne! ¡Mémienne! (deformación de Miette, se me ocurre), y blandiendo la antorcha, nos deja en la oscuridad para prevenir a su madre. Aquí viene. Y como la antorcha se ha ido con Momo no se sabe adónde, quizás a contemplar la vaca, la Menou asesta su lámpara sobre Miette y la inspecciona de arriba a abajo. Los redondos hombros, la pechera curva, las fuertes caderas, las piernas musculosas, todo pasa.

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