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IX

Fulbert nos trajo dos buenas noticias. Marcel Falvine, hermano de nuestra Falvina, estaba vivo, también Cati, la hermana mayor de Miette. Por otro lado, el negocio de plomería y de cerrajería de Colin en el atajo estaba intacto.

Menos por honrarlo que por observar a gusto su asombroso rostro, coloqué a nuestro huésped frente a mí en la mesa, corriendo a Miette un puesto y separándola de Peyssou, con gran disgusto de este último.

Tenía, este recién llegado, abundantes y dóciles cabellos negros, sin el menor rostro de tonsura en la coronilla. Blanqueaban con formalidad sobre las sienes, recaían en amplios y nobles bucles sobre la parte anterior de la cabeza, formando una especie de casco o de melena que hacía realzar su vasta frente, y unos ojos magníficos, brillando de vida y de astucia. Por desgracia, las pupilas un poco descentradas infligían a su mirada una bizquera inquietante. Lástima también que la parte baja del rostro terminara en hocico, acentuando aún más ese aire de falsedad que su estrabismo daba ya a sus ojos.

Pero no era este en Fulbert el único contraste. Sus manos, por ejemplo. Grandes y fuertes con dedos como espátulas. Manos de obrero, que no parecían pertenecer a la misma persona que su bella voz untuosa y su estudiada dicción.

Y su delgadez, también, tan asombrosamente distribuida. Debajo de los ojos, ese abultamiento gemelo, deliciosos de ver en un niño, a los que llamamos cachetes, pero que los médicos designan con menos poesía, como las bolas grasosas de Bicbat; esos cachetes o esas bolas, como se quiera, se habían fundido totalmente, dejando de cada lado de la nariz un dramático hueco que evocaba la idea de una tuberculosis en su último grado y le prestaba un rostro engañador de enfermo o de asceta. Y digo engañador por esto: en el momento de dejar Malevil, Fulbert, como hombre acostumbrado a vivir con los recursos de la región, me rogó "fraternalmente" (en nombre, supongo, de nuestro padre común) que le cediera (fue esa su palabra) una de mis camisas, porque la suya estaba gastada. De todos modos un poco asombrado de tener que soportar solo los gastos de esa fraternidad, lo hice. Y Fulbert, al punto, hizo el cambio revelando en esta ocasión un torso desarrollado, musculoso, bien en carnes y hasta regordete, que no parecía pertenecer al mismo cuerpo que su cabeza descarnada.

Asceta y enfermo, en el transcurso de su primera comida, Fulbert pretendió ser los dos a la vez. Nos confió al empezar que "siempre había vivido con poco", que no tenía "necesidades", y que se había "acostumbrado a la pobreza". Instantes después, llegó más allá en la confidencia. Estaba "minado por un mal sin esperanzas" pero felizmente no contagioso (esto supongo para tranquilizarnos). Ya tenía, dijo, con simplicidad, "un pie en la tumba". Sin embargo, comía como cuatro, y discurría sin parar con su bella voz de barítono, vibrante de vitalidad. También de vez en cuando, entre dos bocados, deslizaba miraditas a su vecina de la izquierda. Y su interés pareció redoblar cuando se enteró que era muda. Y yo, yo comencé a hacerme a propósito de Fulbert unas cuantas preguntas. De acuerdo a lo que contaba de su vida antes del día del acontecimiento -y en apariencia al menos nos confiaba mucho, aunque siempre con cierta vaguedad- había recorrido todo el centro y todo el sudoeste de Francia, viviendo tan pronto en lo del Padre Fulano, tan pronto en lo de la señora Fulana de Tal, tan pronto en lo de los buenos Padres en Z, y siempre como invitado. Cuando el día J lo había sorprendido, vivía desde hacía ocho días en lo del buen padre de La Roque, que ante sus ojos había entregado su alma a Dios.

¿No tenía pues presbiterio, nuestro amigo Fulbert, ni casa propia? ¿Y de qué vivía? No se trataba más, de acuerdo a sus dichos, que de damas caritativas, que subvenían a sus "necesidades" (esas necesidades que él no tenía) y que le hacían mil regalos, disputándose su compañía. En eso, me pareció, que el bello Fulbert no hablaba sin coquetería y parecía consciente de sus encantos.

Estaba vestido con un traje color antracita bastante gastado, pero cuando le hubo cepillado el polvo, muy limpio, una camisa cuyo cuello, de ningún modo eclesiástico, mostraba en efecto la trama, y con una corbata de lana gris oscura. Y sobre todo, colgando sobre su pecho al extremo de un cordón negro, lucía una soberbia cruz pectoral de plata que en mi opinión ningún sacerdote, al menos de ser obispo, se hubiera permitido usar.

– Si eres originario de Cahors -dije (había tomado partido, a pesar de su majestad, de seguir tuteándolo)- debes haber hecho tus estudios en el seminario mayor.

– Pero sí -dijo Fulbert, con sus pesados párpados velando sus ojos estrábicos.

– ¿Y en qué año entraste?

– ¡Me preguntas cada cosa! -dijo Fulbert, con los ojos siempre bajos, ron una risita bonachona-. ¡Hace tanto tiempo de eso! Porque ya no soy un muchacho -agregó con coquetería.

– Vamos, haz un esfuerzo para recordar. Con todo, el año en que se entra al seminario mayor, para un sacerdote, debe importar.

– En efecto -dice Fulbert con su bella voz grave-. Es una fecha.

Y como yo me callaba, forzado en sus reductos por mi silencio, siguió:

– A ver… Debe ser en el 56… Sí -confirmó después de un nuevo esfuerzo mental-, en el 56…

– Justo lo que yo pensaba -dije al punto con aire feliz-. Entraste en el seminario mayor de Cahors al mismo tiempo que mi amigo Serrurier.

– Es que… éramos muchos en el seminario mayor -dijo Fulbert con una sonrisita-. No conocía a todo el mundo.

– Pero no en primer año -proseguí yo-. Y además, un tipo como Serrurier no pasa inadvertido. Un metro noventa y cuatro y pelirrojo como el fuego.

– Ah, claro, seguro, ahora que lo describes -dijo Fulbert.

Había hablado con reticencia y pareció muy aliviado cuando le pedí que nos hablara de La Roque.

– Después de la bomba -dijo con tristeza-, tuvimos que hacer frente a una situación muy dolorosa.

Anoté, al pasar, esa palabra "dolorosa". No lo he oído más que en boca de sacerdotes o de los que los imitan. Entre ellos, es casi un término de oficio. Y a pesar de su desagradable connotación, parece darles una suerte de contentamiento. He oído decir que los sacerdotes jóvenes no lo usaban más. En ese caso, tanto mejor. Es una palabra que me repugna por su complacencia. El dolor -sobre todo el de los demás- no es con todo algo que se paladea o que puede servir de ornamento a las almas bellas.

Pero él, Fulbert, se deleitaba con ello, con su "situación muy dolorosa". Había consistido, para los sobrevivientes, en enterrar lo que quedaba de los muertos. Nosotros también habíamos conocido eso, y no hablábamos jamás de ello.

Como no nos ahorraba ningún detalle, le pregunté, para cambiar de tema, cómo vivía la gente en La Roque.

– Bien y mal -dijo meneando la cabeza y paseando sus bellos ojos melancólicos alrededor de la mesa-. Bien desde el punto de vista espiritual, bastante mal desde el punto de vista material. Desde el punto de vista espiritual -prosiguió cerrando a medias los ojos y poniéndose en la boca un buen pedazo de jamón- debo decir que tengo grandes satisfacciones. La asiduidad a los oficios llama la atención.

Notando en Meyssonnier y yo un cierto asombro (porque en La Roque tenían una alcaldía socialista-comunista), siguió: -Quizá voy a sorprenderlos, pero en La Roque, todo el mundo asiste a la misa y todo el mundo comulga.

– ¿Y a qué atribuyes eso? -dijo Meyssonnier con voz contrariada y frunciendo el ceño.

Como estaba sentado a mi izquierda, di vuelta la cabeza para mirarlo. Me impresionó la severidad de su largo perfil. Sin duda alguna, estaba desquiciado por lo que acababa de escuchar. Aunque el día del acontecimiento hubo reducido a la nada sus esperanzas, Meyssonnier seguía aún pensando al mundo como en términos de alcaldías a conquistar por la unión de las fuerzas de izquierda. Le di una patadita por debajo de la mesa. Hay un momento para ser franco y un momento para serlo menos. Mi desconfianza con respecto a Fulbert crecía minuto a minuto. No dudaba de su ascendiente sobre los sobrevivientes de La Roque y me parecía inquietante.

– Después de la bomba -dijo Fulbert con su bella voz que parecía gozar de sí misma-, las gentes han vuelto a entrar en ellos mismos y han hecho su examen de conciencia. Sus sufrimientos físicos y sobre todo sus sufrimientos morales han sido tales que se han preguntado si no pesaría una maldición sobre ellos en razón de sus errores, de sus pecados, de su indiferencia hacia Dios, del olvido de sus deberes y, en particular, de sus deberes religiosos. Y además, huelga decirlo que nuestra existencia, la de todos, se ha convertido en tan precaria que nuestro instinto es el de dirigirnos hacia el Señor para pedirle su protección.

Al escuchar estas palabras, sospeché que Fulbert había hecho todo lo posible para intensificar el sentimiento de culpabilidad de sus parroquianos a fin de canalizarlos después hacia las ruedas de su molino. Sentí que Thomas se agitaba a mi derecha. Temí una explosión y a él también, por debajo de la mesa, le hice llegar una advertencia. Sobre un punto era categórico: nada de lío con Fulbert sobre la cuestión religiosa. Tanto menos cuanto que con sus ojos aterciopelados, aunque un poco bizcos, su bella cabeza de asceta y la voz profunda de un hombre con "un pie ya en la tumba" (pero el otro, por cierto, bien prendido a la tierra con todos sus dedos), Fulbert, en menos de dos horas, había seducido a las tres mujeres y producido una profunda impresión sobre Jacquet, Peyssou y hasta Colin.

Después de la comida, con los comensales sentados alrededor del fuego, Fulbert insistió sobre las dificultades materiales de La Roque.

Al principio, los larroquenses habían encarado el futuro con optimismo porque la gran tienda de comestibles y la de embutidos, pegadas al pequeño negocio de Colin, habían escapado al incendio que el día del acontecimiento había devastado la ciudad baja. Pero se habían dado cuenta que esas reservas se agotarían un día y que La Roque no podría renovarlas porque todas las granjas de alrededor del burgo habían sido destruidas con sus bienes semovientes. En el castillo, cuyos propietarios vivían en París y podían ser considerados como muertos, quedaban algunos cerdos, un toro y cinco caballos de silla, además del forraje para alimentarlos. En Courcejac, pequeño caserío entre La Roque y Malevil, que también se había salvado y que constaba de seis personas, todas las vacas, salvo una que alimentaba a una ternera, habían muerto. Esta pérdida era tanto más desgraciada por cuanto había en La Roque dos bebés y una huérfana de doce años, pero cuya salud necesitaba cuidados. Hasta ahora, para alimentarlos se habían abastecido con la leche condensada del almacén, pero esa reserva tocaba ahora a su fin.

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