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A principios de agosto recibimos la visita del viejo Pougès, que saliendo de La Roque para su pequeño paseo cotidiano había llegado hasta nosotros. Aplaudo la hazaña de este hombre de setenta y cinco años: treinta kilómetros de ida y vuelta por caminos accidentados para beber dos vasos de vino. A mi entender, se los tiene bien ganados. Pero no se puede decir que la Menou lo reciba con los brazos abiertos. Le tomo la botella de las manos y la mando a la casa. ¿Qué le he hecho?, me pregunta el viejo Pougès lamentándose y tirando de las dos puntas de su largo bigote. ¡Pero nada, le digo, no hagas caso, ocurrencias de vieja! En realidad, lo que Menou le reprocha, no lo ignoro, es haber arrastrado a su difunto marido, hace cuarenta y siete años a lo de Adelaida, con las consecuencias sabidas para la paz de su hogar y los nombres de sus marranas. Medio siglo no ha amortiguado el rencor de la Menou. Y bueno, tienes coraje, me dice a la noche antes de cenar, de recibir eso en tu casa. Un haragán, un borracho, un tipo que corre tras las mujeres. Vamos, Menou. Vamos Menou ¡ya no corre mucho, el Pougès, salvo en bici! Y para beber, no más que tú.

Pougès me da noticias de La Roque. El domingo en la capilla, en medio del sermón, el Fulbert ha denunciado mi duplicidad, es así como ha dicho, y por cierto una palabra no muy fina con respecto a Cati. Yo pensé en seguida: está provocando. Felizmente, Marcel estaba al lado de la Judith, con quien creo que se entiende bien. Bueno, cuando vio que él se ponía todo colorado, colocó su manaza sobre el brazo, se dio vuelta hacia Fulbert y en pleno sermón, le dijo: "Señor Cura, discúlpeme, pero yo vengo para oír hablar del buen Dios, y no para escuchar el relato de sus disputas personales con el señor Comte respecto de una chica". Y ya sabes cómo habla: pinchuda y seca. Educada, pero con la voz como un sargento. ¡A tu salud! ¡A tu salud!

– A tu salud.

– Al día siguiente le ha disminuido su ración. Entonces ella dio la vuelta al pueblo con su ración para mostrársela a la gente, y le dijo a Fabrelâtre: señor Fabrelâtre, le dirá al señor cura que le agradezco que me haga ayunar. Pero que si mañana no tengo una ración normal, iré a mendigar a Malevil. Y bueno, no lo creerás, Emanuel, pero al día siguiente, tenía como todo el mundo.

– Lo que prueba que hay que tener bolas para que le lleven a uno el apunte -digo mirándolo.

– ¡Y sí!, ¡y sí! -dice evasivamente el viejo Pougès extrayendo su pañuelo del bolsillo y limpiando con cuidado, de los dos lados, su largo bigote de un blanco amarillento.

No es solamente, si puedo decirlo, preocupación de limpieza. Es para hacerme comprender que su vaso está vacío. Se lo lleno por segunda vez hasta el borde. Luego entierro el corcho en el cogollo con un golpe seco. Para que no queden dudas.

Mientras chupa el primer vaso, el Pougès me da conversación. Pero para el segundo, debe considerar que ya estoy bien pago. Se calla. El segundo es, por así decir, el vaso gratuito, como en lo de Adelaida. Necesita recogimiento. Y yo aprovecho su silencio para escribir una carta a Marcel que él pondrá en el buzón de la torre previniendo al interesado con una palabra. Eso le evitará comprometerse. Aconsejo a Marcel en esa carta, que organice dos campañas de oposición: una abierta y cortés, llevada por Judith contra Fulbert. Y la otra, contra Fabrelâtre, clandestina e injuriosa.

De todos nosotros, fue Peyssou el que tuvo razón cuando dijo que el trigo de los Rhunes tenía la "voluntad" de recuperarse. El 15 de agosto, es verdad que con mucho retraso, las espigas se han formado, y para el 25, están casi maduras, y es otra vez Peyssou quien, una tarde, en el más cercano linde de los Rhunes ve tallos pisoteados, espigas comidas y huellas de patas.

– Esto -dice- es un tejón, y uno grande, no tienes más que fijarte en la separación de las patas.

– El tejón come el maíz -dice Colin-, o las uvas.

Encogimiento de hombros de Peyssou.

– Ni siquiera contesto -dice contestando-. ¡A falta de maíz, imagínate!… Este cochino animal, el día de la bomba debía estar en su cueva. Escarba profundo un tejón.

– ¿Y cómo ha comido, desde entonces? -dice Jacquet.

Reencogimiento de hombros de Peyssou.

– No ha comido, ha dormido.

Creo que Peyssou tiene razón. Es verdad que en nuestras regiones donde el frío es moderado y el alimento fácil, el tejón no entra más en hibernación. Pero, sin embargo, ha debido en caso de hambre conservar la facultad de restringir su actividad en el fondo de su agujero y vivir con economía de sus reservas de grasa, esperando días mejores.

Consejo de guerra. Antes, uno se contentaba con prender un fuego lento en los bordes del terreno para apartar al tejón. Pero el procedimiento no nos parece bastante vengativo. No queremos solamente apartarlo, queremos su pellejo. El odio del paisano por el dañino que le disputa su cosecha nos sube al corazón, más fuerte que nunca.

Sobre la pendiente de la colina, del otro lado de los Rhunes, a unos veinte pasos del terreno de trigo, se construye un pequeño abrigo cavado en el suelo y cubierto de un techo de fajinas apoyado sobre cuatro postes. El techo no se ha concebido solamente para esconder al cazador, sino para protegerlo de la lluvia y del viento. Y Meyssonnier, a quien debemos el plan de este puesto, ha llevado su refinamiento hasta disponer en el fondo de la trinchera un enrejado rústico para aislarnos del suelo. Porque, dice, a través de las botas de caucho tan gruesas como quieras, la humedad te sube por el cuerpo.

Se forman equipos para vigilar por turno, de noche, en la pequeña casamata, y no se excluye a las mujeres, las dos jóvenes por lo menos, a las que hemos enseñado a tirar en estos dos meses y que se desenvuelven muy bien. Cati, desde luego, va a hacer equipo con Thomas. Y Miette, de la que esperaba ser elegido, eligió a Jacquet. Lo que lleva a Peyssou, a falta de Jacquet, a tomar a Colin, y yo, a Meyssonnier. Al momento, Evelina -y esto Miette ha debido preverlo- me hace una escena para ser también de mi equipo, y ante mi resistencia, hasta comienza una huelga de hambre que me obliga a capitular.

Pasan ocho días. Nada de tejón. Aunque maloliente él mismo, debe tener el olfato sensible y ha sabido descubrirnos. Es verdad que, desde su punto de vista, quizá seamos nosotros los que apestamos. No importa, continuamos el acecho.

Así el tiempo pasa, lento como un río. Me despierto al alba por la claridad del día. Dejo la ventana abierta desde que está tan lindo. Me gusta, cuando me despierto, vigilar sobre la colina de enfrente, los progresos de la vegetación. Es increíble. Quién hubiera pensado, hace dos meses, que veríamos tanta hierba y tantas hojas, éstas no sobre los árboles -muy pocos han sobrevivido- pero sí sobre un número inaudito de pequeños arbustos que han aprovechado de la ruina de sus grandes vecinos para proliferar. Miro también a Evelina, dormida sobre el canapé de Thomas. El sistema de los días de hospitalidad por bocados de pan y tragos de leche le ha valido quedarse en mi cuarto dos meses después de haber sido admitida por una noche Pero no me animo a poner fin a nuestras convenciones, la han beneficiado mucho. Ahora tiene colores, mejillas y músculos. Y si su pecho se ha quedado chato a pesar de mis predicciones, por lo menos parece una gimnasta. Ha aprendido a montar a caballo, más rápido que nadie, pues monta con una impavidez total, con alegría, con sus piececitos golpeando los flancos para poner la montura al galope, y sus trenzas rubias volando tras ella. Para la equitación le he impuesto las trenzas desde el día que, montada en Morgane al levantar la mano derecha para echar sus largos cabellos hacia atrás, desencadenó una serie de saltos de carnero que la hicieron aterrizar sobre un pequeño arbusto, felizmente salva.

En el mismo momento que Evelina, sintiendo mi mirada sobre ella, abre los ojos, estalla un tiro. Luego un segundo, luego, un cuarto de segundo más tarde, un tercero. Paso en un abrir y cerrar de ojos de la estupefacción a la inquietud. Peyssou y Colin han pasado la noche al acecho en los Rhunes, pero a esta hora se preparan a volver.

Ya de día, el tejón no se va a arriesgar en los trigales. Y si estaba, por otra parte, Colin y Peyssou no necesitarían tres cartuchos para obtenerlo. Me levanto, y enfilo rápido mi pantalón.

– Evelina, corre al castillete de entrada a decirle a Meyssonnier que agarre su escopeta, abra y me espere.

Desde hace un mes, he decidido, en efecto, que las armas serían personales y que cada uno guardaría la suya en su cuarto. En caso de sorpresa nocturna habría pues tres fusiles en el castillete de entrada, tres en el torreón y uno, el de Jacquet, en la casa, salvo cuando Jacquet está en el cuarto de Miette, lo que es el caso.

Evelina corre, con los pies desnudos y en camisón, y cuando salgo de mi habitación apenas abrochado, la de Thomas se abre y aparece en pijama, con el torso desnudo.

– ¿Qué pasa?

– Tomen sus fusiles los dos y vayan a apostarse en el castillete de entrada. No se muevan de ahí. Se quedarán para cuidar Malevil: ¡Ligero, ligero! ¡Inútil vestirse!

Bajo de cuatro en cuatro la escalera caracol y me encuentro cara a cara con Jacquet, que sale del cuarto de Miette. Su reacción ha sido más rápida que la de Thomas: tiene un pantalón, tiene su arma. No cambiamos una palabra. Corremos el uno al lado del otro.

Cuando llegamos al medio del primer recinto un quinto tiro estalla en los Rhunes. Me paro, cargo mi fusil y tiro al aire. Espero que comprenderán que eso quiere decir que llegamos. Prosigo mi carrera. Veo delante de mí a Meyssonnier, con su arma en la mano, abriendo la puerta. Le grito de lejos:

– ¡Vamos, vamos, te alcanzo!

Jacquet, que ha seguido corriendo mientras yo me detenía a cargar mi arma, está ahora delante de mí. Franqueo detrás de él el portal de entrada, emprendo la bajada, oigo a mi espalda el ruido de un aliento, me doy vuelta, es Evelina, descalza, en camisón y corriendo a todo lo que da para alcanzarme.

Una rabia loca me asalta, me paro, la tomo del brazo, la sacudo y le grito: -¡Pero por Dios! ¡Qué estas haciendo aquí! ¡Vuélvete, vuélvete!

Ella grita, con los ojos fuera de las órbitas:

– ¡No, no; no quiero dejarte!

Yo chillo:

– ¡Vuélvete!

Y pasando mi fusil de la mano derecha a la mano izquierda, le doy dos bofetadas al vuelo. Obedece como un animal golpeado, camina retrocediendo hacia el portón, y luego con una lentitud exasperante mirándome con ojos aterrorizados. Yo chillo:

– ¡Vuélvete!

¡Pierdo segundos preciosos! ¡Y Cati y Thomas que no están todavía aquí! ¡Y a quién puedo confiársela! Ni a la Menou, que por otra parte veo bajo el portón abierto luchar con Momo al que retiene con las dos manos de la camisa.

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