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XV

Dos días después de la visita del viejo Pougès, hice hacer al alba un reconocimiento bajo los muros de La Roque. Adquirí la convicción que Fulbert se resguardaba mal y que la toma del burgo sería fácil. Las dos puertas estaban vigiladas, pero entre las dos puertas corría una larga muralla, sin ninguna defensa y que no era tan alta como para que no se pudiera escalar con una escalera, o mejor, con una cuerda armada de un arpón.

Fijé para el día siguiente la expedición contra La Roque, pero en contra de la opinión general, ordené que la vigilancia nocturna de los accesos de Malevil continuaría hasta el alba. Después de la cosecha, no teniendo ya nada que cuidar en los Rhunes, la guardia nocturna se había replegado hacia una casamata que habíamos cavado en la colina de las Siete Hayas y de donde se tenía una excelente vista sobre el camino de Malevil y su empalizada.

Como había habido entre los compañeros cierta reticencia a asegurar la vigilancia exterior de noche, la víspera de la expedición contra La Roque, pensando que debían conservarse frescos para el gran día, decidí para dar el ejemplo, ir ese día con Meyssonnier.

Nada es más desmoralizante que una guardia nocturna. Es rutina y disciplina en el estado puro. Uno está ahí esperando que pase algo, y la mayoría de las veces no pasa nada. Thomas y Cati tenían por lo menos el recurso de hacer el amor durante la noche de guardia, aunque la casamata no fuera muy propicia para éso a pesar de todo el cuidado que Meyssonnier había puesto en arreglarla.

Como en los Rhunes, las paredes de la zanja estaban sostenidas por fajinas. Y el suelo, además de su piso de enrejado de madera, había recibido una inclinación y una rejilla que evacuaba el agua de lluvia hacia afuera, sobre la pendiente, por medio de un elemento de canalización. El techo no estaba solamente hecho de ramas, sino recubierto de una placa de chapa, a su vez recubierta de una capa de tierra, salpicada aquí y allá de matas de pasto tal como estaba la maleza después de la explosión tardía de la primavera. Y habíamos trasplantado en sus inmediaciones pequeños arbustos frondosos que, sin molestar la vista, camuflaban tan bien la casamata que desde el camino que llevaba a Malevil era difícil distinguirla, aun con anteojos de larga vista, de su entorno de troncos calcinados y de arbustos verdes.

Para permitir la vigilancia y el tiro en dirección de la empalizada, la casamata estaba abierta a la altura del pecho en dirección al norte y al este. Desgraciadamente era también del norte y del este de donde venían las lluvias y los vientos dominantes, tanto que a pesar del avance del techo, igual uno se mojaba con las tormentas, pareciendo que éstas eligieran de preferencia la noche para desatarse.

Había alternado los momentos de vigilia y de sueño con Meyssonnier, de manera de reservarme el alba, a mi modo de ver el período más peligroso, puesto que era absolutamente necesario que el enemigo distinguiera algo de su objetivo para poder acercarse a él.

No oí absolutamente ningún ruido. Todo sucedió como en una película muda. Creí ver dos formas acercarse a la empalizada por el camino de Malevil. Digo "creí", precisamente porque comencé por no creerlo. A una distancia de setenta metros un hombre es en verdad una muy pequeña imagen y cuando esa imagen, gris ella misma, se desplaza en silencio contra la grisalla del acantilado con tiempo brumoso en la media luz del amanecer, es como para preguntarse si no se trata de una ilusión. ¿Acaso no estaría un poco somnoliento por añadidura? Creo que sí, porque el contacto de los gemelos contra mis ojos me hizo sobresaltar y de pronto mientras trataba de ponerlo a punto -y no era fácil, sobre algo tan borroso y con tanta bruma- comencé a transpirar, a pesar del fresco del alba. La tierra, sin embargo, tenía que calentarse. De ahí que todos los vapores salían del suelo y se amontonaban en los huecos y se deshilachaban sobre el acantilado. Conseguí sin embargo acomodar los lentes a mi vista guiándome por la empalizada y de ahí, desplacé lentamente el ocular hacia el oeste siguiendo el acantilado.

Fueron traicionados por sus caras. Vi dos pequeñas manchas redondas cortando el gris ambiental. Era extraordinario cómo esas dos manchitas se veían con nitidez, a pesar de la bruma y la media luz, mientras que los cuerpos, vestidos de colores neutros, se confundían mucho más con el acantilado. Con todo, adivinaba sus contornos, ahora que tenía las manchas rosadas para guiarme.

Progresaban con lentitud a lo largo del camino que llevaba a Malevil pegándose, así me parecía, lo más posible contra la pared rocosa. Ahora distinguía sus tamaños. Uno parecía mucho más alto y atlético que el otro. Ambos balanceaban un fusil al extremo de sus brazos y esos fusiles me llamaron la atención, no se parecían a las escopetas. Sacudí a Meyssonnier y en el instante en que sus ojos se abrieron, le puse apurado la mano en la boca y le dije en voz baja:

– Cállate. Hay dos tipos delante de la empalizada.

Pestañeó, luego retiró mi mano de su boca y dijo en un soplo:

– ¿Armados?

– Sí.

Le pasé los gemelos. Meyssonnier los ajustó a su visión y dijo en voz baja algo que no oí.

– ¿Qué dices?

– No tienen petates -dijo devolviéndome mis gemelos.

En el momento, su comentario no me llamó la atención. No me volvió a la mente sino al cabo de un rato. Volví a acomodar los gemelos a mi visión. La media luz se había aclarado y veía las caras rosadas de los merodeadores no ya como manchas, sino con precisos contornos. No tenían nada de descarnados, nada de común con los saqueadores de los Rhunes. Esos dos hombres eran jóvenes, vigorosos y bien alimentados. Vi al más alto acercarse a la empalizada y por la posición de su cuerpo, supe lo que estaba haciendo. Leía el cartel que habíamos clavado para los visitantes. Era un gran cuadrado de madera enchapada pintado de blanco en donde Colin había escrito con pintura negra el siguiente texto:

Si sus intenciones son amistosas, toque la campana. Tiraremos sobre cualquier persona sorprendida al escalar la empalizada.

Malevil

Como obra, era lo refinado. Colin había dibujado todas las letras con lápiz antes de pintarlas, y había afilado su pincel con la tijera para estar seguro de no chorrear. Debajo de Malevil, hubiera querido dibujar una calavera con unas tibias, pero yo me opuse. Me parecía que el texto, dentro de su sobriedad, bastaba.

Los dos hombres, cada uno por su lado, buscaban y buscaban en vano una hendidura que les permitiera ver del otro lado de la empalizada. Incluso uno sacó un cuchillo de su bolsillo y trató de atacar el viejo roble endurecido. Meyssonnier tenía en ese momento los gemelos y me los tendió diciendo en voz baja con cara de lástima:

– Pero fíjate en ese estúpido.

Miré, pero en el momento en que los acomodé, el hombre renunciaba a su tentativa. Se reunió con su compañero, y cabeza con cabeza parecieron concertarse. Tuve la impresión de que no estaban de acuerdo, y por varios gestos que hizo en dirección al camino, me pareció entender que el alto quería retirarse y que el bajo, por el contrario, quería seguir. ¿Pero seguir qué? Ahí estaba lo que no era claro. ¿No pretenderían de todos modos, ellos dos solos, asaltar a Malevil?

En todo caso, una decisión pareció ser tomada, porque los vi, uno después de otro, poner el fusil en bandolera. (Otra vez, la forma del arma me intrigó.) Después el alto se adosó a la empalizada y uniendo sus dos manos al nivel de su bajo vientre le hizo un escalón al bajito. En ese momento la observación de Meyssonnier señalándome que ninguno de los dos tenía sus petates me volvió de golpe a la mente. La evidencia me cegó. Esos hombres no vivían aislados. Tampoco tenían la intención de asaltar a Malevil, ni siquiera introducirse en él. Pertenecían a una banda, y como ayer nosotros en La Roque, venían a reconocer el terreno antes del ataque.

Posé mis gemelos y dije a Meyssonnier en voz baja y rápida:

– Voy a voltear al bajito y tratar de capturar al alto.

– Esa no es la consigna -dijo Meyssonnier.

– Modifico la consigna -digo al punto con tono cortante.

Lo miré y aunque el momento no se prestara a bromas, de golpe tuve ganas de reírme. Porque sobre la honesta cara de Meyssonnier se pintaba un penoso dilema entre el respeto debido a la consigna y la obediencia debida al jefe. Agregué con el mismo tono:

– Tú no tirarás. Es una orden.

Encaré el arma. En el visor del Springfield vi distintamente de perfil la cara rosada del más bajo, en tanto que con sus pies sobre los hombros de su compañero, con sus manos aferradas en lo alto de la empalizada, levantaba su cara centímetro a centímetro para poner sus ojos al nivel del travesaño. A esa distancia, y con un visor telescópico, era un juego. Me vino a la mente que ese muchachito, joven y sano, no tenía ante él más que uno o dos segundos de vida. No porque intentara franquear la empalizada, no tenía tal intención, sino porque ahora llevaba en su cabeza informaciones útiles a un agresor. Esa cabeza que la bala del Springfield iba a hacer estallar como una avellana.

Mientras que el muchachito reconocía los lugares, largamente, cuidadosamente, y sin saber hasta qué punto los datos que acumulaba eran ya inútiles, dirigí la cruz del visor a la altura de su oreja e hice fuego. Pareció saltar en alto y hacer una especie de peligroso brinco antes de aplastarse en el suelo. Su compañero se inmovilizó durante un buen segundo, luego girando sobre sí mismo, corriendo se puso a bajar por el camino de Malevil. Grité:

– ¡Para!

Prosiguió. Aullé con todos mis pulmones:

– ¡Para, eh, tú, grandote!

Y encaré el Springfield. Justo cuando la cruz estaba al nivel de su espalda, a mi gran sorpresa, se detuvo.

Grité:

– ¡Pon tus dos manos detrás de la nuca! Y vuelve a la empalizada.

Volvió sobre sus pasos lentamente. Su fusil seguía en bandolera. Era a él a quien vigilaba, listo para hacer fuego ante cualquier movimiento sospechoso.

No pasó nada. Vi que el hombre se detenía a cierta distancia de la empalizada y me di cuenta que no tenía ganas de volver a ver el cráneo estallado de su compañero. En ese momento, la campana del castillete de entrada se puso a tocar a vuelo. Esperé a que hubiera terminado y grité:

– Ponte frente al acantilado y no te muevas más.

Obedeció. Pasé mi Springfield a Meyssonnier, tomé su carabina 22 y dije apurado:

– Lo sigues apuntando hasta que yo llegue del otro lado. Y cuando esté ahí, te vienes.

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