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Por otra parte, comprar Malevil no era una locura sino una necesidad si pretendía ampliar el negocio de mi tío, porque las desavenencias familiares me habían obligado a vender el Gran Hórreo para darle a mis hermanas su parte de la herencia. Además, en las Siete Hayas no tenía suficiente espacio para el número sin cesar en aumento de mis caballos: los que yo criaba, los que compraba para revender y los que tenía en pensión. Al comprar Malevil mi intención fue la de dividir en dos mi caballería, una parte alojarla en el castillo junto con la Menou, Momo y yo, y la otra parte, bajo el cuidado de mi ayudante Germain, que quedara en las Siete Hayas.

Así pues, la restauración de Malevil no fue del todo el salvamento desinteresado de una obra maestra de la arquitectura feudal.

Por otra parte no tengo ninguna dificultad en reconocer que, por más impresionante que sea, y por más que me sea terriblemente querido, Malevil no llama la atención por su belleza. Precisamente es por eso que se distingue de los castillos de la región, todos de agradables proporciones, de contornos redondeados y que se integran infinitamente mejor que él al paisaje.

Porque aquí, el paisaje es risueño, con frescos arroyos, prados en pendiente, verdes colinas coronadas de castaños. En medio de esas suaves redondeces surge Malevil, salvaje y vertical.

A la orilla de los Rhunes, que en la Edad Media debió ser un ancho río, se yergue a media altura de un abrupto acantilado que lo domina por el norte con su masa a pique. Este acantilado es inaccesible de todos lados y estoy seguro de que el único camino de acceso por el oeste fue construido en terraplén para poder llegar a la plataforma rocosa donde se había proyectado construir el castillo y su burgo.

Del otro lado de los Rhunes, frente a Malevil, se levanta el castillo de Rouzies, también feudal, pero feudal con elegancia, con medida, defendido pero también embellecido por torres redondas, bien distribuidas, de poca elevación, agradables a la vista y en donde hasta los matacanes parecen un ornamento.

Al mirar a Rouzies se ve al primer golpe de vista que su opuesto, Malevil, no es de aquí. Es verdad que las piedras con que fue construido son de las canteras de la región, pero su estilo arquitectónico es importado. Malevil es inglés. Fue construido por nuestros invasores durante la guerra de Cien Años, y sirvió de guarida al Príncipe Negro.

Los ingleses, lejos de sus brumas, debían de estar a gusto en este país, con su alegre sol, su vino, sus muchachas morenas. Trataron de afincarse en él. Aquí, esta intención es manifiesta en todos lados. Malevil fue concebida como una plaza fuerte inexpugnable donde un puñado de hombres armados podía tener a raya a un gran país.

Nada curvo ni elegante. Todo es útil. El castillete de entrada, por ejemplo. En Rouzies es una entrada abovedada que flanquea dos torrecitas redondas: obra elegante en su línea y mesurada en sus proporciones. En Malevil, los ingleses no hicieron más que abrir una puerta en medio punto en las murallas almenadas, y al lado levantaron un edificio rectangular de dos pisos, cuyo alto muro, liso y desnudo, está horadado por largas troneras. Es grande, es cuadrado, y es, estoy seguro, militarmente muy eficaz. AI pie de las murallas y del castillete, cavaron en la roca unos fosos dos veces más anchos que los de Rouzies.

Cuando uno franquea la puerta del castillete de entrada, se encuentra no en el castillo, sino en un primer recinto de cincuenta metros por treinta donde se levantaba el burgo. Era una astuta medida: es cierto que el castillo protegía al burgo, pero también se hacía proteger por él. Un enemigo que hubiera conseguido superar el castillete de entrada y el primer recinto, debería afrontar un combate incierto en sus estrechas callecitas.

Si el enemigo ganaba ese combate, no había terminado con sus penurias. Iba a romperse la nariz contra un segundo recinto, incrustado, como el primero, entre el acantilado y el abismo, y que defendía -defiende todavía- al castillo propiamente dicho.

Esa muralla almenada es mucho más alta que la primera, los fosos son más profundos y no ofrecen al agresor, como los del primer recinto, la comodidad de un puente, sino el obstáculo de un puente levadizo coronado de una torrecilla cuadrada.

Esa torrecilla cuadrada tiene su elegancia, pero, según mi opinión, los constructores ingleses no lo hicieron a propósito. No tuvieron más remedio que hacer un local para alojar la maquinaria del puente levadizo. Tuvieron suerte: las proporciones resultaron buenas.

Cuando se baja el puente levadizo (lo he hecho restaurar), uno se siente aplastado, a la izquierda, por la masa de un formidable torreón de cuarenta metros de alto, flanqueado de una torre también cuadrada. Esta torre no es solamente defensiva, sirve también de tanque de agua, porque capta una fuente que brota del acantilado y cuyo excedente -nada se pierde- a su vez llena los fosos.

A la derecha, se ven unos escalones que conducen a esa inmensa bodega que había seducido a mi tío y al frente, en el medio, en escuadra con el torreón, después de tanta austeridad, qué sorpresa da el descubrir una linda casa de un piso, flanqueada de una encantadora torre redonda donde encuentra su lugar una escalera. Esa casa no existía en los tiempos del Príncipe Negro. Fue construida mucho más tarde, durante el Renacimiento, en tiempos más tranquilos, por un señor francés. Pero tuve que restaurar su armazón de madera y su pesado techo de piedras chatas, porque habían resistido peor al tiempo que la bóveda de piedra del torreón.

Así es Malevil, inglés y angular. Lo amo así. Para mi tío y para mí, desde la época del Círculo, tuvo el encanto suplementario de haber servido de asilo, durante las guerras de religión, a un capitán protestante que, en vida, mantuvo a raya con sus compañeros a los poderosos ejércitos de la Liga. Ese capitán que defendió con tanta ferocidad sus principios y su independencia contra el poder fue el primer héroe con quien me identifiqué.

Ya dije que del burgo del primer recinto no quedaban más que piedras. Pero esas piedras -de las que todavía tengo montones- me fueron muy útiles. Gracias a ellas pude construir en voladizo contra la muralla sur -defendiendo un abismo que ya solo se defendía muy bien- y contra el acantilado del lado norte, unos boxes para mis caballos.

Casi en el centro del primer recinto, en el acantilado, se abre una amplia y profunda cavidad. Se encuentran en ella huellas de ocupación prehistóricas, no lo suficientes como para clasificar la gruta, pero lo bastante como para probar que muchos milenios antes de que el castillo fuera edificado, Malevil servía ya de refugio a los hombres.

Arreglé la gruta; a media altura la separé con un piso y sobre ese piso apilé lo más importante de mis reservas de heno. Debajo, construí boxes para los animales que deseaba aislar: un caballo que padece tiro, un torito indócil, una cerda, vaca o yegua a punto de parir. Como las futuras madres eran muchas en esos boxes de la gruta -frescos, aireados, y sin moscas -Birgitta, de la que hablaré luego y que yo no hubiera creído capaz de tener ese humor, llamó al conjunto "La Maternidad".

El Torreón, obra maestra de solidez inglesa, no me costó más que poner unos pisos y, para cerrar las aberturas a bastidor tardíamente horadadas por los franceses, unas ventanas a cuadritos engastadas en plomo. El plano de los tres niveles es idéntico -planta baja, primero y segundo-: un gran rellano de diez por diez que abre sobre dos salas de cinco metros por cinco. En la planta baja, instalé una calefacción y unas "piecitas" para guardar de todo. En el primero, un cuarto de baño y una habitación. En el segundo dos habitaciones.

Mi dormitorio-escritorio lo instalé en el segundo por la razón de que al este tenía una preciosa vista sobre el valle de los Rhunes y, pese a su incomodidad, puse el cuarto de baño en el primero, en el antiguo local del Círculo. Colin me aseguró que el agua recogida en la torre cuadrada no podría subir hasta el segundo por simple gravitación, y quería evitarle a Malevil el desagradable ruido de una motobomba.

Fue en la habitación del segundo piso del torreón, al lado de la mía, donde alojé a Birgitta durante el verano de 1976. Se trata de mi penúltimo hito, y en mis noches de insomnio a menudo vuelvo a él.

Birgitta había trabajado para mi tío en las Siete Hayas algunos años antes y, en la Pascua del 76, recibí de ella una carta urgente ofreciéndome sus servicios para julio y agosto.

Quiero decir aquí, como explicación preliminar, que mi verdadera tendencia, creo, hubiera sido formar con una afectuosa compañera una pareja estable. Pero fracasé por este camino. Es posible, por supuesto, que los dos matrimonios que tuve cerca cuando niño -el de mi padre y el de mi tío- hayan contribuido a este fracaso. En todo caso, por lo menos tres veces, las cosas llegaron suficientemente lejos camino al matrimonio, luego se rompieron. Las dos primeras veces por mi culpa, la tercera, en 1974, por culpa de la elegida.

1974: ese también fue un hito, pero lo he arrancado. Durante un tiempo esa monstruosa muchacha hasta me hizo tomar asco a las muchachas y no quiero ni recordarlo.

Total, desde hacía dos años estaba atravesando un desierto cuando Birgitta apareció en Malevil. No es que me enamoré de ella. ¡Oh, no! ¡Muy lejos de eso! Yo tenía cuarenta y dos años, era demasiado experimentado y al mismo tiempo afectivamente demasiado frágil para albergar esa clase de sentimiento. Pero fue justamente porque ese tal asunto con Birgitta se situó en un nivel humilde, que me hizo bien. No sé quién dijo que se puede curar el alma por medio de los sentidos. Pero lo creo, por haberlo comprobado.

No tenía para nada en mente ese tipo de curación cuando acepté el ofrecimiento de Birgitta. En ocasión de su primera estada en las Siete Hayas, le hice ciertos avances que ella desdeñó. Por otra parte no hice llegar más lejos esas escaramuzas cuando me di cuenta que estaba cazando en el coto de mi tío. Sin embargo, cuando en la Pascua del 76 me escribió, le contesté que se la esperaba. Probablemente me sería de gran ayuda. Era una amazona dotada de una cierta sensibilidad para el caballo, y que aportaba a la doma paciencia y método.

Me asombró, debo reconocerlo: desde la primera comida me envolvió en sus coqueterías. Eran tan evidentes que al mismo Momo le llamaron la atención. Hasta se olvidó de abrir la ventana para llamar a su yegua preferida Lindo Amor con su afectuoso relincho y cuando la Menou, llevándose la sopera, murmuró en dialecto: "Después del tío, el sobrino", Momo exclamó muerto de risa: Memima, Emamonel ! (¡desconfía, Emanuel!).

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