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Yo no hubiera empleado esta expresión, por encontrarla demasiado dramática, pero en el fondo, es exacta. Un sacerdote de oficio hablaría de recogimiento. A pesar de que el machaqueo lo haya deslucido, es una linda palabra. Casi se puede ver lo que describe: después de haberse dispersado se entra en sí mismo y se concentra. Cati, por ejemplo, en general tan petulante, no piensa por el momento en todas las ventajas que puede obtener de su cuerpo y del de los otros. Piensa. Punto. Y como no tiene costumbre de hacerlo, tiene aspecto bastante cansado.

Existe alrededor de esta mesa seriedad y preocupación por los demás. También valor. Y primeramente el de callarnos y el de mirar de frente a nuestra invitada de esta noche. Nadie tiene ganas de nombrarla, pero ahí está.

Thomas, que tenía todos sus colores cuando nos hizo su relato, está ahora un poco pálido. El matar a Bebella lo ha sacudido. Quizá piense que por unos centímetros más o menos, la punta del cuchillo hubiera podido alejarlo también de esta mesa en derredor de la cual estamos sentados, tan frágiles y tan mortales, y sin contar con otra fuerza que nuestra amistad.

Apenas la Menou ha comulgado, la mando a buscar a Jacquet a la muralla. Está muy sorprendida porque no es asunto de ella el relevarlo. Sin embargo, consiente, y apenas se va le pido a Thomas, que en ese momento tiene el plato en sus manos, que tome un pedazo de pan de más. Le pido también que en cuanto llegue Jacquet, lo reemplace.

Cuando todo ha terminado, decidimos que fuera de los no-combatientes -Falvina, Evelina y la Menou-, que se irán a dormir esta noche al primer piso, esta noche nos quedaremos todos en el castillete de entrada. Hay cinco camas: no necesitamos más, porque Colin y Peyssou se van -en la oscuridad de la noche- otra vez a ocupar su puesto en la casamata y no me parece necesario tener más de un centinela en la muralla. Evelina encuentra muy amargo el estar separada de mí, pero obedece sin una palabra.

Esta doble partida: de los dos hombres hacia la casamata y de los tres no-combatientes hacia la casa, se efectúa rápido, en orden, con un mínimo de ruido. Cuando nos quedamos los cinco: Miette, Cati, Jacquet, Meyssonnier y yo; Thomas ya en la muralla, confío el orden de los relevos a un pedazo de papel que coloco bajo el pie de la lámpara después de haber bajado la llama. Me he reservado la guardia de las cuatro de la mañana y he exigido también que en cada relevo, el que regresa me despierte. Esta obligación me será penosa, pero cuento con que mantendrá despierto al centinela. Le pedí a Jacquet que me bajara un colchón y me tiendo en un rincón de la cocina. Los otros cuatro se distribuyen en los dos pisos del castillete, cada cual con su arma en la cabecera de la cama y durmiendo vestido.

En cuanto a mí, duermo poco esa noche o creo dormir poco, lo que viene a ser lo mismo. Tengo sueños tipo Bebella. Me defiendo contra individuos que me acosan y una y otra vez la culata de mi fusil pasa a través de sus cráneos sin herirlos. En mis momentos de insomnio, en los que por lo menos al principio tengo la impresión de descansar mejor, me doy cuenta que he cometido graves omisiones: en caso de zafarrancho de combate no he asignado a cada uno su puesto en las murallas o en el castillete. Ni definido los objetivos.

Otro problema que no he encarado: la comunicación entre la casamata de las Siete Hayas y las murallas. Es indispensable que la casamata que ve acercarse una tropa a la empalizada pueda prevenirnos con una señal que no pueda ser sorprendida por los agresores: ganaríamos así segundos preciosos para la ubicación de los combatientes.

Agito ese problema en mi cabeza durante la segunda parte de la noche, sin encontrarle solución. Sé que es la segunda porque Miette, según las consignas, me ha despertado, y también Meyssonnier al terminar la suya, y durante todo ese tiempo maquino absurdos proyectos de alambres deslizándose entre anillos y uniendo la casamata a las murallas. Debí adormecerme quizás y hasta soñar, porque lo absurdo continúa. En un primer momento, se me ocurre con alegría que un talkie-walkie sería la solución, pero en un segundo momento, pienso con decepción que nunca lo he tenido.

Sin embargo debe haberme vencido el sueño, porque me sobresalto cuando Cati, inclinada sobre mí, me sacude por los hombros y me dice en voz baja que es mi turno y me mordisquea un poco la oreja en la que acaba de hablarme.

Cati ha dejado abierto uno de los vanos de la muralla y no sé quién, quizá Meyssonnier, ha traído aquí uno de nuestros banquitos. Por suerte, porque la abertura es demasiado baja como para que uno pueda apostarse cómodamente sin estar sentado. Hago algunas inspiraciones profundas, el aire tiene una deliciosa frescura y tras esta noche agitada tengo una muy asombrosa sensación de juventud y de fuerza. Estoy seguro de que Vilmain va a atacar. Le han matado a su Bebella, va a querer castigarnos. Pero no tengo ninguna seguridad que se lance al asalto sin hacer una última tentativa para sondear nuestro despliegue. Conociendo por Hervé la existencia de la empalizada debe preguntarse, no sin necesidad, lo que ésta disimula. Si he entendido bien la mentalidad de ese matón, el honor le ordena vengar a Bebella, pero el oficio le manda no atacar a lo ciego.

La noche clarea rápido y es apenas si distingo delante de mí, a cuarenta metros, la presencia de la barricada, tanto más que la madera estacionada con que está hecha tiende a confundirse con el entorno. Esta tensión de los ojos por la mala visibilidad es cansadora al extremo y varias veces paso los dedos de mi mano izquierda sobre los párpados y hago gestos.

Como tengo tendencia a dormirme, me levanto, doy algunos pasos por las murallas y recito en voz baja todas las fábulas de La Fontaine que sé. Bostezo. Me vuelvo a sentar. Un relámpago ilumina el cielo en dirección a las Siete Hayas. Me sorprendo, porque el tiempo no está tormentoso y necesito dos o tres segundos para comprender que Peyssou y Colin me han hecho desde la casamata una señal óptica con la tea. En ese preciso instante, la campana de la empalizada suena dos veces.

Me incorporo con el corazón golpeándome las costillas, latiéndome las sienes, las palmas húmedas. ¿Habrá que ir ahí? ¿Es un ardid? ¿Una trampa de Vilmain? ¿Va a disparar su bazooka en el momento en que abriré la mirilla de la empalizada?

Meyssonnier aparece en la puerta del castillete de entrada, con el arma en la mano.

Me mira y su mirada, que me pide que actúe, me devuelve toda mi sangre fría. Digo en voz baja:

– ¿Todo el mundo está despierto?

– Sí.

– Llámalos.

No hay necesidad de llamarlos. Me doy cuenta de que están todos ahí, atraídos por la campana, con el arma en la mano. Estoy contento de su silencio, de su calma, de la rapidez de su reacción. Digo en voz muy baja:

– Miette y Cati, a las dos troneras del castillete. Meyssonnier, Thomas y Jacquet, sobre la muralla, detrás de los merlones. El tiro, bajo las órdenes de Meyssonnier. Tú, Jacquet, abres el portal del castillete y lo vuelves a cerrar detrás de mí.

– ¿Vas allá solo? -dice Meyssonnier.

– Sí -digo con tono cortante.

Se calla. Ayudo a Jacquet a descorrer el cerrojo del portal sin ruido. Meyssonnier me toca el hombro. En la penumbra me tiende un objeto, lo agarro, es la llave del candado de la gatera. Me mira. Me propondría ir en mi lugar, si se atreviera…

– Despacito, Jacquet.

A pesar de todo el aceite del mundo, los goznes del portal siempre han chirriado, desde el momento que el batiente en su desplazamiento sobrepasa los cuarenta y cinco grados. Lo entreabro apenas y me escurro, hundiendo la barriga, por la abertura.

A pesar de que la noche está fresca, el sudor corre a lo largo de mis mejillas. Atravieso el puentecito, paso entre la pared y los fosos, y me detengo para sacarme las botas. En medias, recorro con lentitud la distancia que me separa de la empalizada tratando, a medida que me aproximo, de ahogar el ruido de mi respiración. A último momento, en vez de levantar la mirilla, con el aliento en suspenso, miro por el visor de seguridad que Colin nos ha instalado. Es Hervé y otro muchacho más bajo. No hay nadie más. Abro la mirilla.

– ¿Hervé?

– Soy yo.

– ¿Quién está contigo?

– Mauricio.

– Bueno. Escúchenme. Voy a abrir la gatera. Pasen primero los fusiles. Después Hervé entrará solo. Digo solo. Mauricio esperará.

– De acuerdo -dice Hervé.

Abro el candado de la gatera, levanto la coliza y la engancho. Digo con tono breve:

– Más lejos, los fusiles. Primero el cañón. Empújenlos al interior.

Obedecen y dejo caer la coliza. Abro las culatas una después de la otra. Ninguna bala en el cañón ni en la recámara. Apoyo las dos armas paradas contra la empalizada y pongo a mano el Springfield que llevaba en bandolera.

Hecho esto, dejo entrar a Hervé, vuelvo a cerrar la gatera, conduzco a Hervé a la puerta del castillete de entrada y cuando la puerta se ha cerrado tras él, solamente entonces vuelvo a buscar a su compañero.

Antes de esa mañana no me había dado cuenta con exactitud cómo debíamos utilizar la ZDA. En realidad, debe funcionar como una esclusa. Nos da la posibilidad de admitir los visitantes de a uno, después de haberlos desarmado. De vuelta al castillete de entrada, tomo el papel sobre el cual había redactado la víspera la orden del relevo y atrás, con lápiz, antes de volver a interrogar a Hervé, consigno la nueva regla que acabo de poner a punto.

Mientras termino de redactarla, la Menou, Falvina y Evelina aparecen. La primera se pone en seguida a encender el fuego y con tono seco, ordena a la segunda, que de buena gana quisiera rezagarse, ir a ordeñar. En cuanto a Evelina, se pega a mi flanco y como no la echo, toma mi brazo izquierdo y lo pasa alrededor de su cintura sujetando mi mano con firmeza por el pulgar. Se queda callada y sin movimiento, mirándome escribir, temiendo que tal beneficio le sea retirado si lo exagera demasiado. Cuando dudo sobre una palabra y levanto los ojos del papel veo a los visitantes que miran a Miette y a Cati con interés. Interés recíproco, de lo que me aseguro echándole una ojeada a Cati. Ésta está parada, muy guerrera, apoyándose con la mano izquierda sobre el caño de su arma, el pulgar derecho enganchado en su cartuchera. Se contonea, con el ojo fijo sin ninguna vergüenza en Hervé.

Estamos lejos de estar completos; Peyssou y Colin aún están de guardia en la casamata de las Siete Hayas y Jacquet en las murallas. Thomas, lo noto, no mira a Cati y se ha sentado en la otra punta de la mesa. Meyssonnier, de pie detrás de mí, lee por encima de mi hombro lo que escribo. Pone de manifiesto así a los ojos de todos que por algo es mi adjunto.

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