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XVII

Esta noche, como la noche precedente, me reservo el alba. Un solo cambio: Evelina está autorizada a compartir mi colchón del piso de la cocina del castillete de entrada y a participar de mi ultima vigilia.

Tiene dos misiones: apenas le apriete el hombro, debe alertar a los combatientes del castillete y en seguida llegarse a la Maternidad y ensillar a Amaranta y a las dos yeguas blancas, en previsión de la persecución. No llevarse a Malabar. Tengo miedo que mezclado con las yeguas, nos traicione con sus relinchos. Todos los puestos están distribuidos. La Menou en el puente levadizo. Y la Falvina, en la bodega de la casa, donde su presencia debe, en principio, tranquilizar a las vacas y al toro, a los que hemos atado. Es lo mejor que se me ha ocurrido encontrar para alejar su parloteo.

He numerado las troneras del 1 al 7, yendo del sur al norte. Al llamado de Evelina, cada uno debe ir a la suya, lo más rápido posible y sin ruido. A la Nº 1, Jacquet. A la Nº 2, Peyssou. A la 3ª, Thomas, a la 4ª, yo. A la 5ª, Meyssonnier. Miette y Cati, a las 6ª y 7ª. Estas dos últimas troneras en el interior del castillete de entrada. Ellas dos están con mucha astucia acodadas, permitiendo a nuestras guerreras tirar, pero no ser alcanzadas por la réplica del adversario: estamos todos muy de acuerdo en esto, no nos podemos permitir perder a nuestras mujeres, el porvenir de nuestra comunidad reposa en ellas.

En el exterior, Hervé y Mauricio se han ubicado en la casamata. Colin, en el agujero individual. Es él el que debe ordenar el tiro de los otros dos abriendo el fuego a su juicio, pero solamente cuando Vilmain y su banda estén bien metidos en el combate.

– Me llevo también mi arco -dijo Colin la noche anterior.

– ¡Tu arco! ¡Si tienes un fusil!

– Eso -dijo Colin- es todavía alguna de mis ideas. El efecto de terror, comprendes. Nada de ruido ni humo, y ¡paf! ¡una flecha en el cofre! Eso los va a sacudir. Y después, solamente después, tiro con mi 36.

Está tan feliz con su idea que lo dejo hacer. Y a la noche, lo miramos ir desde lo alto de la muralla con su 36 en la correa, y su inmenso arco en bandolera. Meyssonnier alza los hombros y Thomas está furioso: -Le permites todo -me dice con reproche.

He dormido poco pero como la noche precedente, en mi última vigilia al alba, sentado sobre el banquito de Meyssonnier detrás de la tronera nº 4, me encuentro muy dispuesto. El caño de mi Springfield descansa sobre la piedra centenaria del merlón y su culata sobre mi muslo. ¿No es extraño que yo esté ahí, hombre del siglo XX, allí donde tantos arqueros ingleses o protestantes montaron guardia con su cota de malla? Si Evelina no estuviera a mi lado, si los compañeros no durmiesen en el castillete, no me tomaría tanto trabajo para sobrevivir en condiciones tan precarias. ¿Este combate contra las bandas, esta vida embrutecida de guarnición siempre alerta, vamos a llevarla durante cuántos años?

Evelina está sentada a mi lado en el banquito que a ella le gusta tanto. Su espalda está apoyada sobre mi pantorrilla izquierda y su cabeza descansa sobre mi rodilla. Tan liviana, su cabeza, que apenas la siento. No duerme. De vez en cuando, con la mano izquierda, le acaricio el cuello y la mejilla. En seguida, su manito se reúne con la mía. Se ha convenido que ni una palabra será dicha.

Sé muy bien que mis relaciones con Evelina chocan a mis compañeros, aunque ellos mismos admiran mi paciencia para cuidarla, para hacerle practicar gimnasia, para instruirla. En el fondo, si yo hiciera de ella mi mujer, tal vez lo desaprobaran. Pero lo comprenderían mejor. Es verdad que yo mismo he renunciado a comprenderme. Mis relaciones con Evelina son platónicas aunque estén penetradas de elementos sensuales. No me siento tentado de poseerla, y sin embargo, su pequeño cuerpo me encanta. Y sus ojos límpidos, y sus largos cabellos. Si Evelina se convierte un día en una bella adolescente es probable que siendo el hombre que soy, no me resistiría a ella. Sin embargo, me parece que perdería mucho. Me gustaría cien veces más que siguiera siendo como es y que nuestras relaciones no cambiasen.

Esta tarde, en el cajón de mi escritorio que ella "arreglaba" mientras yo dormía una corta siesta, encontró un pequeño puñal afilado y cortante que el tío me había dado como cortapapel. Al fin de mi sueño, me lo pidió.

– ¿Para qué lo quieres?

– Lo sabes muy bien.

Lo sé, en efecto. Y no quiero oírselo repetir. Le hago que sí con la cabeza.

Y en seguida, ata un piolín en la argolla de la vaina y se lo cuelga de la cintura. A la noche, todo Malevil le hace cumplidos y bromas sobre su pequeña daga. Hasta yo le he preguntado si pensaba con ella "pasarlo a cuchillo" a Vilmain. Aparentaba, como los otros, dejarme engañar con su juego pueril. Pero yo sé muy bien la resolución que se esconde detrás de ese juego.

La noche está fresca y la grisalla acaba apenas de suceder al negro tinta. Por la tronera del merlón veo poca cosa. Estoy sobre todo "atento del oído". Es una frase de Meyssonnier, que debe de haberla sacado de su preparación militar. Con los pájaros muertos, el alba está extrañamente silenciosa. Y Cra mismo me pone mala cara. Espero. Este cretino belicoso va seguramente a atacar. Porque habiendo dicho que lo haría, no sabrá cómo arreglárselas para volver sobre su decisión. Y también porque tiene una confianza ciega en su superioridad tecnológica, representada por un bazooka de un modelo antiguo.

Lo que hay de nauseabundo en este tipo de hombre es que se puede saber de antemano cómo va a funcionar su mente. Porqué soy yo el que tiene el bazooka, soy yo el que hace la ley. Y su ley, eso, consiste en masacrarnos a todos. Le han matado dos "tipos". Él quiere "cobrarse Malevil".

No se cobrará nada. He tenido accesos de miedo todo el día, se acabó. La ruta está clara. Y aparte, digamos de una cierta dosis de febrilidad residual, estoy tranquilo. Espero de un segundo al otro el ulular de Colin.

Lo espero y cuando llega, me sorprende al punto de paralizarme. Hace falta que Evelina me toque la mano para recordar que debo apretarle el hombro. Lo que hago, bastante cómicamente a mi modo de ver, puesto que ella sabe que lo voy a hacer.

Evelina se va llevándose, como lo habíamos convenido, su taburete para que nadie se lo lleve por delante y yo, yo me encuentro de rodillas delante del banquito donde estaba sentado con el codo izquierdo apoyado sobre él y la mejilla contra la culata de mi arma. Oigo detrás de mí y los veo con el rabo del ojo pues la noche se aclara segundo a segundo, a los compañeros ubicarse en sus puestos. Todo esto se realiza con un silencio y una rapidez sobresalientes.

Después de lo cual pasa un tiempo infinito. Vilmain no se decide a abrir fuego contra la empalizada y cosa absurda, siento una viva contrariedad al ver la poca premura que pone en cumplir con el rol que le he asignado en mi escenario. No tengo conciencia de haber dicho nada, pero Meyssonnier me aseguró luego que no paraba de protestar en voz baja: ¿pero qué carajo hace, por Dios, qué carajo hace?

Por fin, la detonación que todos esperábamos estalla. En un sentido nos decepciona, pues es mucho menos fuerte de lo que me había imaginado. Debe decepcionar también a Vilmain, porque el obús no arranca toda la empalizada y no saca de sus goznes a los dos batientes. Se contenta con hacer trizas el centro abriendo un agujero de un metro cincuenta de diámetro, pero dejando subsistir, trizadas, pero aguantando igual, la parte alta y la parte baja. ¿Qué sucede entonces? Debo dar con un silbido prolongado la orden de abrir fuego. No la doy. Y sin embargo, todos nos ponemos a tirar, incluso yo mismo, pensando cada uno sin duda que el otro ha visto algo. En realidad, nadie ve nada, porque no hay nada que ver. El adversario no está en la brecha.

Los testimonios de nuestros prisioneros serán sobre esto bien formales: en el momento en que nosotros tiramos, los muchachos de Vilmain están a unos doce metros más abajo, completamente fuera del alcance de nuestras balas, por estar protegidos por la saliente del acantilado. Se dirigen precisamente hacia la brecha que el bazooka ha hecho en la empalizada cuando el tiro prematuro y totalmente sin objeto de nuestros fusiles los detiene en su progresión. No porque los alcance, sino porque tomando en enfilada lo que queda de la empalizada hace volar fragmentos y tanto como el plomo de nuestras escopetas, crepita sin parar sobre el bosque. Entonces los asaltantes se acuestan y tirotean. En realidad, la misma saliente del acantilado que nos impide alcanzarlos también les impide a ellos vernos. Así, los dos ejércitos frente a frente hacen un fuego infernal sobre objetivos nulos.

Acabo por comprenderlo, y Meyssonnier también, porque me dice:

– Hay que parar esto, es idiota.

Estoy muy de acuerdo, pero para parar esto, me hace falta mi silbato (el de Peyssou) y reviso todos mis bolsillos, con el sudor en la frente, sin conseguir encontrarlo. Me doy cuenta, mientras lo hago, y por más angustiado que esté, hasta qué punto soy ridículo. ¡El general en jefe no puede comandar sus tropas, porque ha extraviado su silbato! Hubiera podido aullar: ¡Cesen el fuego! Hasta Miette y Cati, en el castillete de entrada, me habrían oído. Pero no, no sé por qué, me parece muy importante, en este momento, hacer las cosas según las reglas.

Al fin la encuentro a esa preciosa reliquia. No hay ningún misterio, estaba donde yo la había puesto, en el bolsillo del pecho de mi camisa. Toco tres silbidos breves que, repetidos a algunos segundos de intervalo, consiguen hacer callar a nuestros fusiles. Sin embargo, mi silbato ha debido despertar un eco en el alma militar de Vilmain, porque desde la muralla donde estoy agachado, lo oigo aullar a sus hombres: ¿Tiran sobre qué, banda de sonsos?

Después de esto, de una parte y de otra, el silencio sucede al desencadenamiento. Silencio de muerte sería mucho decir, porque nadie ha sido herido. Esta primera fase del combate termina en la farsa y en la inmovilidad, No sentimos la necesidad de salir de Malevil a la búsqueda del enemigo, y éste no tiene ninguna gana de salir al encuentro de nuestras balas presentándose en una brecha de un metro cincuenta de diámetro.

Lo que sigue, no lo he visto, fue el comando exterior el que me lo contó.

Hervé y Mauricio están desesperados. Se ha cometido un error en el emplazamiento de la casamata. Porque da una buena vista sobre el flanco de las gentes que circulan por el camino de Malevil cuando circulan parados. Pero cuando están acostados, y éste es el caso, desaparecen. El talud herboso del camino los oculta del todo. Entonces Hervé y Mauricio no pueden tirar. Por otra parte, aun suponiendo que un enemigo se incorpore, no saben si deberían hacer fuego, pues el fusil de Colin sigue mudo.

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