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Se lo contamos a Jane. Husmeó el aire y dijo:

– Me parece una tontería.

Luego siguió barriendo la cocina. Bull fue al cuarto de baño para meterse el fije de la tarde.

Fuera, en la carretera, Dean y Ed Dunkel jugaban al baloncesto con un balón de Dodie y un cubo clavado a un poste de la luz. Me uní a ellos. Luego nos dedicamos a hacer proezas atléticas. Dean me dejó totalmente asombrado. Hizo que Ed y yo sostuviéramos una barra de hierro a la altura de nuestra cintura y saltó por encima con toda facilidad y los pies juntos.

– Subidla más -dijo.

Seguimos subiéndola hasta la altura del pecho. Seguía saltando por encima con toda facilidad. Luego probó con el salto de longitud y alcanzó por lo menos seis metros y medio. Luego echamos una carrera por la carretera. Soy capaz de hacer los cien metros lisos en 10,5. Me dejó atrás sin esfuerzo. Mientras corríamos tuve una loca visión de Dean corriendo así toda su vida: su rostro huesudo tendido hacia adelante, sus brazos bombeando aire, sus piernas moviéndose rápidamente como las de Groucho Marx y gritando:

– ¡Sí! ¡Sí! tío, ¡vamos! ¡vamos!

Pero nadie podía seguirle; ésa era la verdad. Entonces Bull vino con un par de cuchillos y empezó a enseñarnos cómo se podía desarmar a un supuesto atracador en una oscura callejuela. Por mi parte le enseñé un truco que consiste en dejarse caer hacia atrás delante de tu adversario, sujetarle con los tobillos y hacerle caer sobre sus manos cogiéndole en seguida por las muñecas con una doble nelson. Bull dijo que aquello estaba muy bien. Nos hizo una exhibición de jujitsu. La pequeña Dodie llamó a su madre diciéndole que saliera al porche.

– Mira a esos tontos -le dijo. Era una niña tan guapa y traviesa que Dean se la comía con los ojos.

– ¡Vaya! ¡Vaya! Espera a que crezca. Ya le estoy viendo pasear por la calle Canal y causando estragos con esos ojazos -siseó entre dientes.

Pasamos un día enloquecido en el centro de Nueva Orleans paseando con los Dunkel. Dean estaba aquel día más loco que nunca. Cuando vio los trenes de carga quiso enseñármelo todo una vez más.

– Haré de ti un estupendo guardafrenos.

Él y yo y Ed Dunkel cruzamos las vías y saltamos a un tren de carga en tres puntos diferentes; Marylou y Galatea esperaban en el coche. Fuimos en el tren un kilómetro, hasta los muelles, saludando con la mano a los guardagujas y guardavías. Me enseñaron el modo adecuado de bajarse de un tren en marcha; primero con el pie de atrás, luego uno se deja caer, se hace un giro, y se apoya el otro pie. Me enseñaron los vagones refrigeradores, los compartimentos del hielo, muy cómodos para viajar las noches de invierno si se da con una hilera de coches vacíos.

– ¿Te acuerdas de lo que te dije del viaje de Nuevo México a LA? -gritó Dean-. Era así cómo iba…

Volvimos junto a las chicas una hora más tarde y naturalmente estaban enfadadas. Ed y Galatea habían decidido alquilar una habitación en Nueva Orleans, quedarse allí y trabajar. Eso le parecería muy bien a Bull, que estaba aburrido y cansado de todo el grupo. Originalmente me había invitado a mí solo. En la habitación de adelante, donde Dean y Marylou dormían, había manchas de mermelada y café y tubos vacíos de anfeta por todo el suelo; pero además era el cuarto de trabajo de Bull que no podía ocuparse de sus estantes. La pobre Jane estaba cansada de los constantes saltos y movimientos de Dean. Esperábamos mi próximo cheque de veterano de guerra para seguir; mi tía iba a mandármelo. Entonces los tres nos largaríamos: Dean, Marylou y yo. Cuando llegó el cheque me di cuenta que no me apetecía dejar tan repentinamente la maravillosa casa de Bull, pero Dean estaba lleno de energías y dispuesto a seguir.

Por fin, un melancólico y rojizo atardecer nos vimos sentados en el coche, con Jane, Dodie, el pequeño Roy, Bull, Ed y Galatea a nuestro alrededor sonriendo sobre la yerba. Era la despedída. En el último momento Dean y Bull tuvieron un roce a causa del dinero; Dean le había pedido algo prestado y Bull dijo que de ningún modo. Era algo que se remontaba a los días de Texas. El taleguero de Dean apartaba de sí a la gente de un modo gradual. Seguía riéndose maniáticamente y no le importaba; se frotó la bragueta, metió la mano bajo el vestido de Marylou, le acarició la rodilla, echó espuma por la boca y dijo:

– Guapa, sabes lo mismo que yo que todo anda perfectamente entre nosotros, por lo menos más allá de la más abstracta de las definiciones en términos metafísicos o cualquier otro término que intentes especificar o imponer suavemente o subrayar -y Así siguió, y salimos zumbando y de nuevo íbamos rumbo a California.

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¿Qué se siente cuando uno se aleja de la gente y ésta retrocede en el llano hasta que se convierte en motitas que se desvanecen? Es que el mundo que nos rodea es demasiado grande, y es el adiós. Pero nos lanzamos hacia adelante en busca de la próxima aventura disparatada bajo los cielos.

Dejamos atrás la sofocante luz de Algiers, subimos al ferry de nuevo, estábamos otra vez entre los barcos fluviales hoscos, viejos y manchados de barro, luego de vuelta al canal, y después salimos de la ciudad. Íbamos por una autopista de dos carriles camino de Baton Rouge bajo la oscuridad púrpura; doblamos hacia el Oeste y cruzamos el Mississippi en un sitio llamado Port Allen: donde el río era todo lluvia y rosas en una nebulosa oscuridad y donde seguimos un camino circular bajo la amarillenta luz de la niebla y de repente vimos el gran cuerpo negro debajo del puente y cruzamos de nuevo la eternidad. ¿Qué es el río Mississippi? Es un pedazo de tierra lavada en la noche lluviosa, un suave chapoteo desde las chorreantes orillas del Missuri, una disolución, un movimiento de la marea por el eterno cauce abajo, un regalo a las espumas pardas, un viaje a través de innumerables cañadas y árboles y malecones, abajo, siempre hacia abajo, por Memphis, Greenville, Eudora, Vicksburg, Natchez, Port Allen y Port Orleans y Port de los Deltas… por Portash, Venice y el Gran Golfo de la Noche, y fuera.

Oyendo en la radio un programa de misterio, miraba por la ventanilla y vi un letrero que decía USE PINTURAS COOPER, y me dije: «De acuerdo, así lo haré»; rodábamos a través de la nublada noche de las llanuras de Louisiana: Latwell, Eunice, Kinder y De Quincy, destartalados pueblos del Oeste que se hacían más parecidos a los del delta a medida que nos acercábamos a Sabine. En Old Opelusas fui a una tienda a comprar pan y queso mientras Dean comprobaba la gasolina y el aceite. Era una sencilla cabaña; podía oír a la familia cenando en la trastienda; hablaban. Cogí el pan y el queso y me escurrí silenciosamente por la puerta sin que se enteraran de que había estado allí. Teníamos muy poco dinero para llegar a Frisco. Mientras tanto, Dean robó un cartón de pitillos en la estación de servicio y quedamos equipados para el viaje: gasolina, aceite, cigarrillos y comida. Los paletos no se enteraron. El coche se lanzó carretera adelante.

Cerca de Starks vimos hacia delante un gran resplandor rojo en el cielo; nos preguntamos qué sería; un momento después pasábamos por allí. Era un incendio detrás de los árboles; había muchos coches aparcados en la autopista. No parecía tener importancia, aunque quizá la tuviera. La comarca se hizo extraña y oscura cerca de Deweyville. De repente estábamos en los pantanos.

– Tío, ¿te imaginas lo que sería si nos encontráramos con un club de jazz en estos pantanos lleno de negros amistosos tocando blues y bebiendo licor de serpiente y haciéndonos señas?

– ¡Sí!

Todo era misterioso alrededor. El coche seguía una sucia carretera que se elevaba sobre los pantanos que se extendían a ambos lados. Pasamos ante una aparición; era un negro con camisa blanca que caminaba con los brazos levantados hacia el oscuro firmamento. Debía de estar rezando o maldiciendo. Pasamos zumbando a su lado; miré por la ventanilla trasera para verle el blanco de los ojos.

– ¡Vaya! -dijo Dean-. No lo mires. Será mejor que no nos detengamos en esta zona.

En un determinado punto nos encontramos con un cruce y detuvimos el coche a pesar de todo. Dean apagó los faros. Estábamos rodeados por un bosque con árboles cubiertos de enredaderas en el que casi podíamos oír al deslizarse de un millón de serpientes venenosas. Lo único que veíamos era el rojo botón de los amperios del salpicadero del Hudson. Marylou gritó asustada. Empezamos a reírnos como maníacos para asustarla aún más. También nosotros teníamos miedo. Queríamos salir de estos dominios de la serpiente de las cenagosas tinieblas, y zumbar hasta tierra americana conocida y los pueblos de vaqueros. En el aire olía a petróleo y a aguas estancadas. Era un manuscrito de la noche que no podíamos leer. Ululó un búho. Probamos por una de las sucias carreteras y en seguida cruzamos el maldito río Sabine responsable de todos aquellos pantanos. Vimos con asombro que delante de nosotros se levantaban grandes estructuras luminosas.

– ¡Texas! ¡Es Texas!. ¡Beaumont, el pueblo petrolero! -grandes tanques de petróleo y refinerías parecían ciudades en el fragante aire aceitoso.

– Me alegro de haber dejado atrás todo aquello -dijo Marylou-. Ahora podemos volver a oír otro programa de misterio.

Zumbamos a través de Beaumont, cruzamos el río Trinity en Liberty, y nos dirigimos a Houston. Ahora Dean hablaba de su época en Houston de 1947.

– ¡Hassel! ¡Ese loco de Hassel! Lo buscaba por todas partes y nunca lo encontraba. Se nos perdía a cada paso por este maldito Texas. íbamos a hacer la compra con Bull, y Hassel desaparecía. Teníamos que andar buscándolo por todos los billares de la ciudad -entrábamos en Houston-. Teníamos que buscarle casi siempre en la zona negra. Tío, se enrollaba con todos los tipos locos que se encontraba. Una noche lo perdimos y cogimos habitación en un hotel. Nuestra intención original era llevar hielo a Jane porque la comida se estaba pudriendo. Nos costó encontrarle un par de días. Incluso yo me metí en líos. Intentaba ligar con las mujeres que andaban de compras por la tarde, justo aquí, en los supermercados del centro -íbamos como flechas por la noche vacía- y me encontré a una chica que estaba realmente ida, una auténtica idiota que andaba vagabundeando y trataba de robar una naranja. Era de Wyoming. Su hermoso cuerpo sólo era comparable a su idiota cabeza. La encontré diciendo tonterías y me la llevé a la habitación. Bull estaba borracho y trataba de emborrachar a un chaval mexicano que se había ligado. Carlo se había picado heroína y escribía poesía. Hassel no apareció por el jeep hasta medianoche. Lo encontramos durmiendo en el asiento de atrás. El hielo se había deshecho. Hassel dijo que había tomado cinco pastillas para dormir. Tío, si mi memoria funcionara tan bien como el resto de mi mente, os podría contar todos los detalles de lo que hicimos. Pero sabemos cómo es el tiempo. Todas las cosas se cuidan de sí mismas. Podría cerrar los ojos y este viejo coche se ocuparía de sí mismo.

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