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No lograba conciliar el sueño. El libro estaba allí cerca. Callado. Sobre el diván. Algo fino, muy fino. Sorprendente. En el interior de dos delgadas tapas de cartón se ocultaban ruidos, puertas, gritos, caballos, personas. Todos muy juntos. Aplastados unos contra otros. Reencarnados en pequeños signos negros. Cabellos, ojos, alaridos, llamadas, voces, uñas, pies, puertas, muros, sangre, barbas, cascos, órdenes. Sometidos, plenamente sometidos a los signos negros. Las letras corren a una velocidad endiablada, unas veces a un lado, otras a otro. Corren las aes, las efes, las equis, las y griegas, las leas. Se agrupan, crean el caballo o el granizo. Vuelven a correr. Es preciso componer el cuchillo, la noche, la muerte. Después el camino, la llamada, el silencio. Corred. Corred. Continuamente. Sin descanso.

Dormí un sueño muy turbio. Como si estuviera febril. A través del sueño percibía confusamente una especie de quejido constante que llegaba del exterior, un movimiento atormentado de las calles y de los edificios, como si la ciudad se rascara lentamente. Era el tormento de la metamorfosis. Las calles se hinchaban, se deformaban. Las paredes de las casas se ensanchaban convirtiéndose en los muros de un castillo escocés. Aquí y allá brotaban almenas tenebrosas.

Por la mañana, la ciudad parecía agotada por el esfuerzo. Había cambiado, aunque no tanto.

Estuve leyendo casi todo el día.

Anochecía. Miraba ensimismado al exterior. Los contornos de los muros y las fachadas de las casas eran más libres que nunca. Se podía esperar cualquier cosa de ellos ahora.

Por la calle de Varosh bajaba arrogante Aqif Kaxahu con sus dos hijos. Torció por nuestra calle. Doña Pino asomó la cabeza por la ventana y volvió a ocultarse. El portón majestuoso de Bido Sherif estaba abierto de par en par. Aqif Kaxahu se dirigía hacia allí. Estaba todo claro. Aquella era su noche. Bido Sherif salió personalmente a recibir al honorable invitado. La mujer de Bido Sherif se asomó a la ventana y volvió a ocultarse. Doña Pino hizo lo mismo. Los signos eran certeros. Aquif Kaxahu y sus herederos penetraron en el interior. El enorme portón se cerró con chirriar de hierros, resonar de trompetas.

– Has estado todo el día encerrado. Sal a jugar con tus amigos.

– Calla, abuela.

Yo esperaba escuchar el grito de muerte de Aqif Kaxahu. Todo se había cumplido ya sin duda. Una llamada. Otra más. Apareció en la ventana la mujer de Bido Sherif. Pretendía lavarse las manos ensangrentadas. Las sacudió. Se desprendió una nube de harina. Estaba ensangrentada.

La abuela me puso la mano en la frente.

De la planta baja llegó de nuevo un sonido de trompetas.

– Vete a ver el alambique que están sacando del sótano -dijo la abuela-. Yo no tengo valor para verlo.

Se había estado hablando varios días de la venta del formidable alambique de cobre. Parecía que habían llegado los mozos de cuerda. Al salir de la casa, el gran alambique lanzaba mensajes de despedida. Sonaban las trompetas.

Había caído la noche. La ciudad, repleta de pronto de almenas, nombres extraños y lechuzas, era negra.

– Te ha embobado ese libro -dijo la abuela-. Vete mañana a casa del babazoti y espabílate un poco.

– Bien, iré.

Margarita.

Estaba muy cansado. Se me iba la cabeza sobre el alféizar de la ventana.

Al día siguiente partí a casa del abuelo. En cuanto crucé el Puente de las Disputas y tomé el camino de la fortaleza, la ciudad se liberó al instante de almenas y lechuzas. La última parte del trayecto la recorrí casi corriendo.

– ¿Dónde está Margarita? -pregunté a la abuela, que estaba haciendo tortas.

– ¿Qué quieres de Margarita? -dijo ella-. No preguntas siquiera cómo están el abuelo, los tíos y las tías, sino directamente: ¿dónde está Margarita?

– ¿Es que se ha ido?

– No, no se ha ido -dijo ella burlona y continuó amasando la harina, murmurando para sí.

– Estuve un buen rato dando vueltas por la casa y después, como no sabía qué hacer, subí al tejado, donde me gustaba pasar horas enteras, sentado sobre las inclinadas placas blancas, junto a la vieja buhardilla. Desde allí el mundo parecía distinto. Miraba un poste de teléfono medio podrido cuando de pronto me acordé de la caja que había llenado de tabaco, recogido de las colillas del abuelo, y que había escondido en el desván junto con un libro escrito en turco y una caja de cerillas con dos o tres fósforos dentro. Me encantaba fumar en lo alto del tejado con el libro turco de páginas amarillentas, como enfermas, sobre las rodillas.

Decidí fumarme un cigarrillo y fui hasta la ventana de la buhardilla; metí la mano entre los cristales rotos y llenos de polvo y saqué primero el libro, después la caja de tabaco y por fin las cerillas. La portada del libro estaba enmohecida y las hojas se habían pegado al mojarse. Arranqué un pedazo de la última y, aunque el tabaco me pareció también mohoso, lié un cigarrillo al modo en que yo sabía hacerlo, me lo puse en la boca y traté de encenderlo, pero la cerilla estaba húmeda y no prendía.

Volví a ponerlo todo encima de una viga ennegrecida dentro del desván y, mientras me sacudía el brazo que se me había llenado de polvo, tuve una nueva idea.

La vieja buhardilla quedaba sobre la habitación de Margarita. Antes, su ventana había iluminado el largo pasillo, pero luego una parte de éste fue convertido en habitación y el tragaluz dejó de tener utilidad.

La idea de poder observar lo que hacía Margarita me desentumeció. Quité los pedazos de cristal roto que quedaban, metí una pierna, apoyé la otra sobre una viga, después introduje todo el cuerpo bajo el tejadillo y comencé a bajar, agarrándome a las vigas que se extendían en todas direcciones. Un minuto después estaba sobre el techo de su habitación. Avancé lentamente para no hacer ruido y me tumbé boca abajo junto a una grieta. Arrimé un ojo y miré.

En el cuarto no había nadie.

¿Dónde estaría Margarita? La gran cama estaba cubierta por una colcha y sobre ella se veían prendas de ropa interior dobladas. Escuché un chapoteo y comprendí que se estaba lavando.

Esperé mucho tiempo hasta que salió del baño. Iba toda cubierta con un albornoz y tenía el cabello mojado y suelto. Se acercó al espejo, cogió el peine y comenzó a peinarse. Mientras lo hacía, cantaba en voz baja.

Allá en Holanda

En el país de los molinos…

Después cogió la caja de polvos de la cómoda, la abrió ante sí y comenzó a hacer algo con la esponja.

Cuando se quitó el albornoz y se inclinó para coger la muda, cerré los ojos. Al abrirlos, los encajes parecían mariposas blancas que se posaban sobre su cuerpo formando ribetes en torno a las piernas, bajo las ingles, sobre el pecho, como las mariposas blancas de los prados que aparecen en primavera y que yo había perseguido a menudo sin lograr atrapar ninguna.

Mientras permanecía allí tumbado, en mi perturbación oí la voz de la abuela que me buscaba por la casa y tras ella la de la tía desde el fondo del patio. Me incorporé con cuidado y arrastrándome por las vigas volví a salir al tejado, para bajar después por el muro trasero de la casa.

– ¿Dónde estabas? -me interrogó la abuela-. ¿Cómo te has ensuciado así?

– En el tejado.

– ¿Y qué hacías en el tejado, hombre de Dios? Otra vez nos vas a llenar de goteras toda la casa.

– No, abuela, ando con cuidado.

– Anda, cuidadoso -respondió-. Ven a comer.

La abuela siempre olía a pan tierno y cuando tenía hambre me acordaba de ella, con su cuerpo pesado y blanco que hacía crujir quejumbrosamente las viejas maderas de la casa, como si dijeran: «Crac, crac, crac, nos aplastas, abuela querida, nos asfixias».

El abuelo pronunció aquellas palabras en turco que me parecían tan mágicas y todos comenzamos a comer. Noté que la abuela estaba enfadada, pues hacía mucho ruido con las sartenes y los cucharones. Es lo que hacía siempre que la martirizaba algún conflicto. Hasta que no pudo contenerse más y dijo furiosa:

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