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Uno de aquellos días sin gobierno apareció en el cielo un aeroplano desconocido, procedente de una dirección de la que nunca procedían los aviones. Quizá se tratara del mismo piloto despistado que una semana antes había arrojado sobre la ciudad unas hojillas escritas en alemán que comenzaban con el siguiente llamamiento: «¡Ciudadanos de Hamburgo!».

Los aeroplanos desorientados, que daban vueltas sin objeto alguno sobre la ciudad, se habían convertido últimamente en algo común. Sin duda extraviaban el rumbo tras algún enfrentamiento, o fingían hacerlo, de camino hacia el frente. Seguramente no querían dirigirse hacia el lugar preestablecido y por eso, en cuanto se presentaba la ocasión, sobre todo si hacía mal tiempo, se separaban de sus compañeros y emprendían paseos caprichosos por el cielo, esperando a que transcurriera el tiempo de servicio. Hacían poco más o menos lo mismo que nosotros cuando alguna mañana, en lugar de acudir a la escuela, nos íbamos corriendo al campo y regresábamos a casa a la hora de comer.

El aeroplano desconocido volaba con lentitud, cansinamente, como con desgana. Debía de regresar de alguna confrontación, aunque procedía de una dirección sumamente sospechosa. Más tarde, intentando comprender por qué el piloto despistado -con toda probabilidad el mismo que arrojara días atrás las octavillas de Hamburgo- había dejado caer de pronto una bomba sobre la ciudad, la gente pensó que quizás había comprobado durante el vuelo que le sobraba una y se preguntaba dónde podría deshacerse de ella. (Normalmente, los pilotos despistados arrojaban las bombas en el interior de los bosques o sobre las montañas.) En ese momento había visto a sus pies nuestra ciudad y se había dicho: «Pues tiraré la bomba sobre esta ciudad de la que no conozco ni el nombre». Y la había dejado caer. Pero en aquella ocasión la ciudad no se resignó. Hacía tiempo que el largo cañón del antiaéreo excitaba su fantasía en aquellos días de aburrimiento. El deseo de volver a entrometerse en los asuntos del cielo estaba a punto de despertarse. La tentación de castigar el cielo se tornaba especialmente intensa cuando pasaban aviones desconocidos.

Era uno de aquellos raros días en que habíamos salido a jugar. Nos habíamos alejado mucho, hasta el pie de la fortaleza, allí donde se alza la casa solitaria del artillero Avdo Babaramo. En la bodega o en el café, el viejo Avdo solía contar historias de guerras y, aunque nosotros no habíamos visto en sus manos más que pepinos y calabazas y nunca balas de cañón, ello no impedía que gozara del respeto de todos.

Cuando se oyó el ruido del motor estábamos jugando precisamente a la puerta del viejo Avdo. Algunos transeúntes se detuvieron y, haciendo visera con la mano para defenderse de la luz, buscaban con los ojos el aeroplano.

– ¡Mira dónde está! -dijo uno.

– Parece un avión italiano.

El viejo Avdo y su anciana mujer salieron a la ventana. Otras personas se detuvieron en el camino, poniéndose también las manos sobre la frente.

El avión volaba lento. El ruido llegaba ondulante, ronco, solitario. Entre la multitud se hizo el silencio. De pronto, alguien volvió la cabeza hacia las ventanas de Avdo Babaramo y le gritó:

– ¡Viejo Avdo, ¿por qué no disparas de una vez con el antiaéreo desde allá arriba? Sacúdele bien a ése que viene a fastidiar.

La multitud murmuró. A nosotros se nos salía el corazón por la boca.

– ¡Tírale, viejo Avdo! -gritamos dos o tres.

– Dejad en paz a ese diablo -dijo el viejo Avdo con severidad desde la ventana-. Que se vaya a donde quiera.

– Derríbalo, viejo Avdo -gritamos todos los chavales.

– ¡Basta ya, diablillos! -dijo alguien-. Guardad silencio.

– ¿Por qué se van a callar? Tienen razón. Dispárale, Avdo. Mira dónde está el cañón, sin servir para nada.

– ¿Qué falta nos hace meternos en líos? -dijo Harilla Lluka apareciendo entre la multitud-. Mejor será dejar que siga su camino, no vaya a ser que se enfade y la emprenda con nosotros…

– Bastante hemos aguantado ya, muchacho.

El rostro de Avdo Babaramo comenzó a ensombrecerse, después se iluminó. Una vena fina, azul, se le abultaba en la frente. Encendió un cigarrillo.

– ¡Tírale, viejo Avdo! -gritó Uir, casi con un gemido.

De pronto, el avión dejó caer algo negro por la cola y poco después se oyó el estallido de una bomba.

Sucedió entonces algo maravilloso que a nosotros nos pareció imposible. Prácticamente toda la multitud gritó encolerizada:

– ¡Dispara a ese perro, viejo Avdo!

Había salido a la puerta. Sus ojos centelleaban y no paraba de tragar saliva. Su mujer salió tras él, alarmada. El aeroplano volaba lentamente sobre la ciudad. Sin comprender cómo, el viejo Avdo se encontró en medio del gentío, que ascendía por el empinado camino en dirección a la entrada de la fortaleza.

– ¡Tírale, dispara a ese perro! -se oía por todas partes.

La torre del antiaéreo estaba justo sobre el camino. El viejo Avdo, al frente de la turba enfurecida, atravesó el umbral de la fortaleza.

– ¡Rápido, viejo Avdo! -gritaban todos-. ¡Se marcha! ¡Se marcha!

No se nos permitió entrar en la fortaleza. Nos quedamos fuera, aplaudiendo de impaciencia, ya que el avión se alejaba hacia las montañas. Todo el mundo volvió a gritar:

– ¡Se marcha! ¡Se marcha!

Pero de pronto el aeroplano dio un giro y comenzó a aproximarse de nuevo. Desde luego volaba sin objeto alguno.

Se oyeron voces a lo lejos:

– ¡Las gafas, las gafas!

– ¡Rápido, las gafas!

– ¡Las gafas del viejo Avdo!

Alguien corrió como un poseso hacia abajo y con idéntica velocidad volvió a subir, llevando en la mano las gafas del viejo Avdo.

– Ahora disparará -gritó alguien.

– El avión viene hacia aquí.

– Se acerca como un cordero que va al matadero.

– ¡Dale, viejo Avdo, que salga humo!

El cañón disparó. Nuestros gritos no eran más débiles que su estampido. Nos estallaba el corazón de alegría. Ahora gritábamos todos: los hombres, las mujeres, las viejas y, por supuesto, nosotros.

El antiaéreo disparó otra vez. Esperábamos que el aeroplano se desplomara al primer tiro, pero no cayó. Volaba lentamente sobre la ciudad, como si el piloto se hubiera dormido. No tenía ninguna prisa.

Cuando el cañón disparó por tercera vez, el avión estaba justo sobre el centro de la ciudad.

– Ahora lo derriba -gritó una voz ronca-. Ahora sí que lo abate, ya que está ante sus mismas narices.

– ¡Dale a ese perro!

– ¡Dale al hijo de puta!

– ¡Dale, hombre, dale!

Pero el aeroplano no caía. Comenzó a alejarse por el norte. El antiaéreo disparó aún varias veces más, antes de que el avión quedara fuera de su alcance.

– ¡Ah, no se da buena maña el viejo Avdo, no! -dijo alguien.

– Él no tiene la culpa; está acostumbrado a los cañones antiguos.

– ¿A los cañones de Turquía? -preguntó Ilir.

– Quizás.

Suspiramos. Teníamos la garganta seca.

El antiaéreo disparó una vez más, pero el avión estaba ya muy lejano. Había una altanería odiosa en su vuelo.

– ¡Se escapa, el muy perro! -dijo alguien.

Ilir tenía lágrimas en los ojos. Yo también. Cuando el antiaéreo disparó el último obús y la gente empezó a dispersarse, una niña pequeña rompió a llorar desconsoladamente.

El gentío descendía de la torre con Avdo Babaramo al frente. Estaba pálido. Las manos le temblaban mientras se enjugaba la frente con un pañuelo. Sus ojos miraban en torno desconcertados, sin detenerse en parte alguna. Su mujer le salió al paso atravesando la multitud.

– Ven, querido -le dijo-. Ven a echarte, que estarás cansado. Estas cosas ya no son para ti. Tú eres un hombre de buen corazón. Ven.

El hombre quiso decir algo, pero no pudo. La saliva se le había secado. Sólo cuando hubo traspuesto el umbral, volvió la cabeza y componiendo una expresión difícil dijo algo con esfuerzo, entre el dolor y la sonrisa.

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