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– Tengo problemas con una flor -dijo el principito.

– ¡Ah!

Y se callaron.

– ¿Dónde están los hombres? -prosiguió por fin el principito. Se está un poco solo en el desierto…

– También se está solo donde los hombres -afirmó la serpiente.

El principito la miró largo rato y le dijo: -Eres un bicho raro, delgado como un dedo…

– Pero soy más poderoso que el dedo de un rey -le interrumpió la serpiente.

El principito sonrió:

– No me pareces muy poderoso… ni siquiera tienes patas… ni tan siquiera puedes viajar…

– Puedo llevarte más lejos que un navío -dijo la serpiente.

Se enroscó alrededor del tobillo del principito como un brazalete de oro.

– Al que yo toco, le hago volver a la tierra de donde salió. Pero tú eres puro y vienes de una estrella…

El principito no respondió.

– Me das lástima, tan débil sobre esta tierra de granito. Si algún día echas mucho de menos tu planeta, puedo ayudarte. Puedo…

– ¡Oh! -dijo el principito-. Te he comprendido. Pero ¿por qué hablas con enigmas?

– Yo los resuelvo todos -dijo la serpiente.

Y se callaron.

XVIII

El principito atravesó el desierto en el que sólo encontró una flor de tres pétalos, una flor de nada.

– ¡Buenos días! -dijo el principito.

– ¡Buenos días! -dijo la flor.

– ¿Dónde están los hombres? -preguntó cortésmente el principito.

La flor, un día, había visto pasar una caravana.

– ¿Los hombres? No existen más que seis o siete, me parece. Los he visto hace ya años y nunca se sabe dónde encontrarlos. El viento los pasea. Les faltan las raíces. Esto les molesta.

– Adiós -dijo el principito.

– Adiós -dijo la flor.

XIX

El principito escaló hasta la cima de una alta montaña. Las únicas montañas que él había conocido eran los tres volcanes que le llegaban a la rodilla. El volcán extinguido lo utilizaba como taburete. "Desde una montaña tan alta como ésta, se había dicho, podré ver todo el planeta y a todos los hombres…" Pero no alcanzó a ver más que algunas puntas de rocas.

– ¡Buenos días! -exclamó el principito al acaso.

– ¡Buenos días! ¡Buenos días! ¡Buenos días! -respondió el eco.

– ¿Quién eres tú? -preguntó el principito.

– ¿Quién eres tú?… ¿Quién eres tú?… ¿Quién eres tú?… -contestó el eco.

– Sed mis amigos, estoy solo -dijo el principito.

– Estoy solo… estoy solo… estoy solo… -repitió el eco.

"¡Qué planeta más raro! -pensó entonces el principito-, es seco, puntiagudo y salado. Y los hombres carecen de imaginación; no hacen más que repetir lo que se les dice… En mi tierra tenía una flor: hablaba siempre la primera… "

XX

Pero sucedió que el principito, habiendo atravesado arenas, rocas y nieves, descubrió finalmente un camino. Y los caminos llevan siempre a la morada de los hombres.

– ¡Buenos días! -dijo.

Era un jardín cuajado de rosas.

– ¡Buenos días! -dijeran las rosas.

El principito las miró. ¡Todas se parecían tanto a su flor!

– ¿Quiénes son ustedes? -les preguntó estupefacto.

– Somos las rosas -respondieron éstas.

– ¡Ah! -exclamó el principito.

Y se sintió muy desgraciado. Su flor le había dicho que era la única de su especie en todo el universo. ¡Y ahora tenía ante sus ojos más de cinco mil todas semejantes, en un solo jardín!

Si ella viese todo esto, se decía el principito, se sentiría vejada, tosería muchísimo y simularía morir para escapar al ridículo. Y yo tendría que fingirle cuidados, pues sería capaz de dejarse morir verdaderamente para humillarme a mí también… "

Y luego continuó diciéndose: "Me creía rico con una flor única y resulta que no tengo más que una rosa ordinaria. Eso y mis tres volcanes que apenas me llegan a la rodilla y uno de los cuales acaso esté extinguido para siempre. Realmente no soy un gran príncipe… " Y echándose sobre la hierba, el principito lloró.

XXI

Entonces apareció el zorro:

– ¡Buenos días! -dijo el zorro.

– ¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vio nada.

– Estoy aquí, bajo el manzano -dijo la voz.

– ¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!

– Soy un zorro -dijo el zorro.

– Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!

– No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.

– ¡Ah, perdón! -dijo el principito.

Pero después de una breve reflexión, añadió:

– ¿Qué significa "domesticar"?

– Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?

– Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?

– Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?

– No -dijo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.

– Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear vínculos… "

– ¿Crear vínculos?

– Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…

– Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor… creo que ella me ha domesticado…

– Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.

– ¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.

El zorro pareció intrigado:

– ¿En otro planeta?

– Sí.

– ¿Hay cazadores en ese planeta?

– No.

– ¡Qué interesante! ¿Y gallinas?

– No.

– Nada es perfecto -suspiró el zorro.

Y después volviendo a su idea:

– Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.

El zorro se calló y miró un buen rato al principito:

– Por favor… domestícame -le dijo.

– Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.

– Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!

– ¿Qué debo hacer? -preguntó el principito.

– Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…

El principito volvió al día siguiente.

– Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.

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